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Presentación

  • : El blog de Sergio Esteban Vélez
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  • : En este sitio, la cultura es protagonista. Se puede apreciar lo mejor del arte y de la literatura colombiana, a través de entrevistas a sus mayores representantes y de más de un centenar de artículos sobre el trabajo de los mismos. También hay un espacio para la Historia, la Política y la Lingüística, además de una compilación de la obra poética que el autor ha desarrollado desde su niñez, cuando ya publicaba libros y era admirado en su país como "el Niño Poeta".
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10 agosto 2015 1 10 /08 /agosto /2015 15:07

SERGIO ESTEBAN VÉLEZ

El Mundo, 18 de abril de 2012

 

Hasta la semana pasada, estuve resignado a la idea de nunca haber podido ver en persona ni escuchar en vivo a Charles Aznavour, esa leyenda insoslayable de la canción francesa de los últimos 60 años, apenas comparable con Edith Piaf. Por eso, cuando leí en la prensa que Aznavour se presentaría en Montreal y que había todavía boletas disponibles, no dudé ni un instante en aprovechar tan inusitada y milagrosa oportunidad. Dada la edad avanzada del artista (cumplirá 88 años el 22 de mayo), acudí a su concierto a la espera de colmar el vacío de la experiencia de haberlo visto en escena, pero sin muchas expectativas en cuanto a la calidad vocal ni al vigor vital del venerable bisabuelo, quien, dato poco conocido, es, por lo demás, desde hace algunos años, el embajador oficial en Suiza de la República de Armenia.

El nombre escogido por Aznavour para esta serie de presentaciones, "En toda intimidad", contribuía también a sugerir que habría poco canto y muchas anécdotas de su apoteósica carrera, algo apenas razonable dado que el cuasinonagenario habría de presentar el espectáculo durante cinco noches seguidas. Era también previsible que el gran cantante del amor en París estuviera poco en el escenario y que la mayor parte del show musical corriera por cuenta de jóvenes "teloneros" o artistas de apoyo.

La Maison Symphonique de Montreal, la sofisticada y magnífica nueva sala de la Orquesta Sinfónica de la ciudad, estaba repleta de gente de todas las edades. Desde adolescentes románticas, hasta señoras y señores de la misma generación del ídolo, todos ansiosos por escuchar las canciones llenas de poesía con las que se enamoraron algún día.

Ya sobre las tablas, sin haber mediado presentación de "telonero" alguno, Aznavour, como yo había presentido, comenzó a romper el hielo con comentarios divertidos. Una de las primeras cosas que advirtió fue que a su edad podía cansarse fácilmente, por lo cual una silla negra, que en otros tiempos había mantenido al fondo de la escena, se encontraba ahora justo a su lado.

¿Y se imaginan cuál fue el destino de la pequeña silla durante el concierto? Aznavour la ignoró por completo y no se posó sobre ella durante más de media canción. De pie, durante dos horas y diez minutos ininterrumpidos, el octogenario prodigio cantó y siguió la coreografía con casi tanta energía como en sus mejores tiempos. Y si uno cerraba los ojos, era imposible darse cuenta de la verdadera edad del artista. ¿Cómo es posible, además, que aquella voz pareciera la de alguien tres decenios más joven, cuando, hasta los 47 años de edad, Aznavour fumó diariamente tres paquetes de cigarrillos? ¿Y qué tal si pensamos, como habíamos mencionado, en que el célebre cantante debería repetir la proeza durante cuatro noches consecutivas adicionales? ¿Y si tenemos en cuenta que anualmente está ofreciendo unos 50 conciertos alrededor del mundo? "Eso sólo quiere decir que ya estoy viejo", respondería seguramente Aznavour, quien antes se presentaba en los escenarios hasta 250 veces en el año. "Pero, por supuesto, esto no durará mucho. ¡Cómo extrañaré este oficio!", declaró, hace unos días, al periódico La Presse.

"Comenzaré cantando las canciones nuevas, seguiré con las de ayer; más tarde, las de antier, y, por último, con las de trasantier, con las que ustedes realmente quieren oír", anunció Aznavour, al inicio de la velada. Y fuimos muchos los sorprendidos al escuchar sus nuevas producciones, que aprovechan al máximo, como siempre, las bellas y musicales sonoridades de la lengua francesa. Aunque el amor y las relaciones de pareja siguen siendo el gran blanco de su canto, se desliza también por los senderos de la filosofía, del sentido de la vida, de la juventud perdida y hasta del dolor y el odio que hubo de conocer a causa del genocidio que sufriera su pueblo armenio. "Hay cosas que no pueden olvidar", afirmaría él.

El momento cumbre para muchos fue cuando, por fin, entonó "La Bohème" (La Bohemia), su himno, su insignia, por encima de sus más de mil canciones en 150 discos que han vendido más de cien millones de copias. "La Bohème" es ya parte del más alto patrimonio inmaterial de los franceses.

"Yo soy más viejo que mis canciones", afirmó en el concierto este gigante. Sin embargo, el "remanente" de Aznavour que tantos esperábamos resultó ser una estrella tan fulgente como sólo puede ser la de un verdadero inmortal. Este es uno de los escasos momentos en que uno puede hablar de que además de la obra y del genio de un artista, la fuerza física de este último es también inmarcesible.

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Published by Sergio Esteban Vélez - en Columnas de Opinión
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