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Presentación

  • : El blog de Sergio Esteban Vélez
  • El blog de Sergio Esteban Vélez
  • : En este sitio, la cultura es protagonista. Se puede apreciar lo mejor del arte y de la literatura colombiana, a través de entrevistas a sus mayores representantes y de más de un centenar de artículos sobre el trabajo de los mismos. También hay un espacio para la Historia, la Política y la Lingüística, además de una compilación de la obra poética que el autor ha desarrollado desde su niñez, cuando ya publicaba libros y era admirado en su país como "el Niño Poeta".
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El color según los maestros

Guerra, Padura y Manet

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MADAME BUTTERFLY

(A Yukio Mishima)

 

 

Las simas

submarinas

de los ojos azules

de Pinkerton

eran tus únicos confines,

en ellas

naufragaba tu espíritu,

y en cada noche negra,

cuando te acariciaban

los vientos oceánicos,

te quedabas dormida

recordando esa única

fruición de pensamientos

en que entregaste el nimbo de tu pecho

a aquel capitán gélido.

 

Y soñabas la hora

sublime

en que el furtivo amado

subiría corriendo

por la colina verde,

llamándote agitado,

implorando tu abrazo

indisoluble.

 

Ya lo veías.

Ya podías sentir

su beso entre tus labios

y el gozo de tu sueño

sobre su torso tibio.

 

Preparabas la casa

que albergaría

su delicia

por novecientos noventa y nueve años,

olvidabas la gloria

de tus ancestros,

y renunciabas a tu propia esencia,

ante la dicha eterna

de aquel

anatema.

 

Y llegó el día:

en el paisaje gris

se percibía

la silueta de un par de enamorados

que ascendían veleidosos

hacia su nuevo hogar,

y cuando estaban próximos

a tu morada

pudiste ver

la intemperancia

del que tanto esperabas,

posesionarse de tu estancia

con su “auténtica esposa americana”,

y te ignoraba frío,

como un desconocido.

 

¡Ah! Butterfly,

tu corazón ingenuo

ya no podrá latir jamás;

ningún elíxir milenario,

ninguna planta extraña

del Japón

alcanzará la estación

de florescencia,

para cicatrizar

el loto de tu entraña desgarrada.

 

Con una banda blanca

le cubriste los ojos

al hijo que lloraba,

invocaste tus genes

en samuráis guerreros,

y con la misma fuerza

de su grito

empuñaste el puñal contra tu vientre,

cumpliste el hara-kiri

y descendiste al suelo

para siempre.

 

 

 

  

WILDE:

 

 

Por aquella osadía

de amar a tu manera,

te maldijeron,

condenaron tu cuerpo,

te escupieron,

creyendo que podrían

hacer girar tu esencia,

pero nada alcanzó

a vencer tu genio:

ni el frío

que enrojeció tu piel

y lastimó tus huesos;

ni las jornadas sobrehumanas

que rindieron tus párpados

y sellaron tu aliento;

ni la deshonra

que punzó tu ego;

ni la soledad,

que te causaba abatimiento;

los pseudoespirituales anatemas

tampoco lo pudieron,

ni el desprecio de aquellos que gustaron

de la supraexcelencia

de tu verbo.

 

Ahora ni siquiera,

temiendo el sacrilegio,

podía pronunciarse

tu nombre,

ni repetir tus versos.

 

Tu mente conocía la verdad

y era más libre

que las conciencias atrofiadas,

de enmascarada corrupción

de los sordos borregos,

y los ilógicos ingenuos,

que estaban

afuera.

 

Y floreció

con más impulso

tu grandeza,

y tu alma creció

hacia la inmarcesible

dimensión

eterna.

 

 


 

EL SUICIDIO DE TCHAIKOVSKI

 

 

Corriendo

por las escalinatas

de tu pensamiento,

veo

juegos de fuego

ominosos

creciendo

hasta el Big Bang

lumínico y patético.

 

Tchaikovski,

piedra,

Pedro,

no puedo,

no puedo consolar

el llanto de tus vientos:

salmo de saetas,

puñales negros,

sables cosacos

gimiendo.

 

Esta es la sinfonía del destino

que mendiga un abrazo sempiterno,

pero que,

más allá del falso ensueño,

rosado,

arrullo del pasado,

se encuentra con el frío del Infierno

que quema

como un beso.

 

Lontano

solo el hielo,

tu saudade circunda

un chelo esquizofrénico,

y lloras en el suelo,

vibrando,

trémulo,

mientras tus labios congelados

recitan los compases

del primer movimiento

de tu melancolía enajenante

que no tendrá remedio.

 

Sólo el vuelo,

solamente una fuga hacia el Nirvana,

asido de la mano

del cisne negro,

amainará el desasosiego

ciego:

esa incomodidad

por ser el mundo tan pequeño

para albergar tu genio.

 

 

 

 

PORFIRIO BARBA JACOB

(Para su gran biógrafo, Fernando Vallejo)

 

 

Era una llama al viento.

Era una pira en el desierto

esferoidal

del cóncavo mundo terreno.

 

Una tea en un barco ebrio, 

en el océano más revuelto,

que deambulaba sin cesar.

¡Brasas de libertad!

 

Bocanadas de cierzo

gritaron hedonistas

la distensión de su evangelio,

que se nutría de lo acerbo.

¡Una lumbre impetuosa

contra un helado vendaval!

 

Era un soplete efervescente

de flama indómita indomable,

un caballo de fuego desbocado

por los ígneos senderos de su errancia,

seduciendo jinetes

que amainaran la aguda compulsión de sus crines:

¡verdadero volcán!

 

Era una llama aviesa

ávida por las cimas.

 

Los ojos encendidos de rojo y de abstracción,

demente mente,

llenos de humo los alvéolos,

y el rebelde discernimiento

retozaba en un piélago inestable,

mientras el corazón, ya desahuciado,

iba a la Acuarimántima

a galope pleno.

 

Sus chispas afiladas

se ondulaban convulsas

por el ciclón del pensamiento,

y en un trance beatífico

él abrasaba los secretos

que le dictaba el macrocosmos

inmenso.

 

Levitaba en su fuego

griego

y destilaba el sinsabor constante,

que más avivaba el incendio.

¡Era un crisol de metafísica

encabritado

en el Infierno!

 

Pero esta hoguera indescifrable

no fue apagada por el viento:

crepita aún

en cada verso.

 

 

 

 

 

MARLENE DIETRICH

 

 

Disecada en vida,

Marlene Dietrich

nunca dejó brotar su carcajada,

por no arrugar su piel de porcelana

(no sabemos de qué

color

tenía el alma).

 

Y, para gozo de su ego,

de máscara de hielo

y esmoquin con sombrero

(que camuflaba un duelo incontenible,

más profundo

que el de Berlín en llamas),

sus líneas de expresión no se marcaron

en casi diez decenios

y sus piernas causaron paroxismo

hasta en la Garbo misma. 

 

Hoy de su cuerpo

gélido,

que fue el máximo sueño

de dos generaciones,

se ha fugado el estoico sentimiento...

hacia el silencio,

y ni siquiera resta el remanente

de esas piernas tan bien aseguradas.

 

Todo ya fue banquete

de coleópteros metálicos

y mariposas ocres,

y de himenópteros y dípteros

azules y verdes,

que escuchan con las patas delanteras

y huelen con las antenas.

 

 

 

 

 

LA COPA ESCANCIADA

 

 

San Agustín,

el obispo de Hipona,

el padre de la Iglesia,

el incansable buscador

de la esquiva verdad

inaprensible,

también gustó el amor

en sus papilas

y se hundió inconsolable

cuando sus ojos húmedos

lo vieron escaparse

definitivamente.

 

La juventud ardía,

y aquel mancebo vehemente

lograba que él se alzara en frenesí

y que ascendiera al cosmos

pagano

del éxtasis.

 

Agustín estudiaba,

leía y naufragaba

en mil incertidumbres,

misterios, jeroglíficos,

teoremas cabalísticos

y enigmas maniqueos...

mas toda su sapiencia no podía

detener su conciencia,

que loca se fugaba

a la silueta necia

del terrenal amado.

 

Llegó la muerte,

y fulminante su descarga

se lanzó impertinente

sobre el objeto

de su elación

y salpicó de hieles

las vértebras de su alma.

 

Y su curioso espíritu,

que antes había morado

en los dos cuerpos,

se vio vacío,

vago y torturado.

Sus ojos lo veían

en todas partes,

y cuando incontenible

se abalanzaba

para abrazarlo

sus manos huérfanas

solo palpaban la locura ciega.

 

Y esperaba el regreso,

“ya vendrá”, se decía,

y sólo el aire amargo

lo tocaba, glacial,

mientras las lágrimas rodaban

hacia el desierto

y los suspiros infinitos,

el llanto,

los gemidos,

los gritos de la ausencia

absorbían su ímpetu.

 

Anhelaba el sepulcro,

la vida no era viable

a medias,

el pánico insondable le impedía dormir

y todos los lugares conocidos

le taladraban la memoria.

 

Ni el juego,

ni la música,

ni las fiestas,

ni el gozo de otros lechos

pudieron alejarlo

de aquel recuerdo.

Y escapó de su patria,

y de la omnipresencia de su duelo,

creyendo que en Cartago

confortaría su demencia

pero su esencia estaba dividida

y ya nada podría restaurarla;

entonces se adentró en los planos místicos

con toda la potencia

de su desazón,

a transformar al hombre

en el reo de Dios

y en pecado al amor.

Y, en arrepentimiento

de su propia pasión,

castigó al mundo

y lo sumió en la Edad de las Tinieblas.

 

 

 

 

 

LORCA

 

 

“Que no quiero verla”.

Que no quiero ver tu sangre

filtrándose entre la tierra

ni el rictus de agonía entre tus labios,

como un San Sebastián.

 

Lorca,

¿Cómo habrán sido las estrofas

que te dictaba el numen,

mientras las balas asesinas,

te arrebataban del parnaso?

 

¿Habrán pasado por tu mente

aquellos resplandores

taurinos

de tu tierra,

la fuerza refrescante

del Hudson

en América,

y habrás vuelto a sentir

en tus membranas

los cambiantes sabores

de esos amores

marineros

que las furiosas hordas medievales

actuales

no pueden comprender?

 

Seguramente por tus ojos,

que se mojaban de nostalgia,

pasaban velozmente

aquellos baños en el río

con Dalí, húmedo y altivo;

el azúcar de Cuba,

y el salobre sabor a celuloide

de Buñuel y sus noches.

 

Tanto invocaste el drama

y llamaste a los dioses con tu piano,

y quisiste bruñir gitanamente

los mejores romances andaluces,

poeta en Nueva York,

que ahora se fundían

tus alvéolos,

para escribir los versos

que harán

que entre tus brazos moros

se venza anonadado

Ganímedes,

el olvidado efebo

de un poderoso dios.

 

 

 

 

 

 

 

 

RIMBAUD

 

 

Arthur Rimbaud,

mi consejero espiritual.

 

¿Qué habrá pasado por tu mente

en aquellos momentos

de desenfreno?

 

¿Cómo sentirse libre

en un mundo

de confinamiento,

que amordaza el cerebro?

 

¿Cómo mirar al ágora

y decir con orgullo

que se detesta el establecimiento?

 

Muchachito triste,

que buscabas un pecho

que pudiera llenar

el ideal de tu intelecto,

y que incansablemente

vagaste alucinado

por selvas y desiertos,

esperando encontrar lo verdadero,

pero que sólo hallaste

la sequedad de lo terreno.

 

Dame tu mano,

poeta bohemio,

que nunca conoció

la grandeza de sus versos.

Quiero que seas

mi álter-ego

y que, como un crescente

ensamble eurítmico,

sigamos

atormentando

al público

ciego

con nuestra libertad de pensamiento,

hasta que lleguemos

a les Champs Elysées,

junto a otros dioses

del Infierno.





MANZUR

 

 

Tu azul,

Manzur,

absorta mis pupilas,

me anuda las palabras,

que no pueden hallar ofrenda alguna

que pueda compensar

mi transverberación

cuando llego a la esfera

violeta

de tu aura.

 

Trasciende mi conciencia

la fuerza sideral del Medioevo,

cuando el andante ritmo de tus potros

se adentra entre los mitos

de tu Neira.

Y luego

un unicornio

salta brioso

en el olimpo de mis párpados.

 

En tu mapa genético

resuena el canto de Leví,

se registra la fuerza

guerrera

de Gengis Khan

en las heladas tundras

de Mongolia

y se ondulan los árboles fenicios,

que se tornan en naos

que navegan curiosos

hasta América.

 

Tras recorrer desiertos

y cinco continentes,

las polidimensiones de tu genio

crecen inmensurables

buscando el hombre nuevo

del Renacimiento.

 

En el carbón estético

de tu intelecto

fundes los prismas iónicos

de tu línea omnisciente.

Y yo,

cuando me hundo en tus pasteles,

comulgo

con un millardo de elementos;

los silfos y las sílfides del viento

me llevan a la Arcadia

y siento cómo estalla tu inconsciente

en una antártida

de lienzo.



 

 

ISADORA DUNCAN

 

        “Yo podría bailar ese sillón”

ISADORA DUNCAN

 

I

 

Con la anémica alcurnia de una garza,

abres tus alas,

y soslayas, volatil,

las rocas puntiagudas,

que, acechantes, emergen

en pos de derrumbar

tu arcadia imaginaria.

 

II

 

Sándalo en brasas,

danzan tus ramas,

que parecen inmunes

al dolor que las desavia,

y el ritmo de los vientos,

que se huracanan,

va impulsando la vela de tu túnica,

que se baña en champaña.

 

III

 

Alzas el cuello,

la nave avanza...

y te arrebata el aire

del cuerpo

una bufanda.

 

IV

 

Comulgas íntima

con la galaxia...

El cosmos te designa

su digna

hetaira.

 

 

 

 

ANDY WARHOL

 

Detrás de esa peluca sicodélica,
de esa pose burlesca
que ridiculizaba
tu platinada América,
de ese afán porque el mundo sufriera
por tus frases eléctricas,
por tus fiestas patéticas,
rugía una tormenta:

Exiliado en la Tierra,
no podías hallarle
sentido a esta viandanza,
no encontrabas sosiego
en nada:
ni en los vanos placeres que exaltabas,
ni en la vaga experiencia
vacía
de la fama.

Orabas, como un niño triste,
porque el amor no llegaba,
y ningún barbitúrico
hizo dulces tus lágrimas
violetas
de anilina,
por más que camuflaras
de plástico tu estancia.

Contrario a los poetas,
no veías la luz de las estrellas.
Por eso te embriagaste
en aquellas luminarias
que parpadeaban
en los cielos de Hollywood,
y, entonces, las ungiste
con fucsia y con naranjas.

Y fulgió en tu orfandad
la lucidez necesaria
para cambiar tu hábitat
común de ciudadano del consumo
por la plácida paz del tecnicolor,
que obra como un narcótico
en las mentes concéntricas esclavas.


Tu compatriota Dvorak
transmutó su nostalgia
en dulces remembranzas
acompasadas,
pero tú vislumbraste “El Nuevo Mundo”,
tras cruzar un océano
de Coca Cola dorada
que escanciaba en tu abismo
Marilyn como un sol o como un ángel,
ataviada en Chanel número cinco.

Y como en un ignoto cómic cósmico
(pero no los de Liechtenstein),
con un billete verde que pintaste
dibujaste un avión ultramoderno
de la aerolínea opiácea de Morfeo
y calcaste un tiquete
para hundirte en ti mismo.

 

 

 

 

 

 

 

 

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