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  • : El blog de Sergio Esteban Vélez
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  • : En este sitio, la cultura es protagonista. Se puede apreciar lo mejor del arte y de la literatura colombiana, a través de entrevistas a sus mayores representantes y de más de un centenar de artículos sobre el trabajo de los mismos. También hay un espacio para la Historia, la Política y la Lingüística, además de una compilación de la obra poética que el autor ha desarrollado desde su niñez, cuando ya publicaba libros y era admirado en su país como "el Niño Poeta".
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El color según los maestros

Guerra, Padura y Manet

2 agosto 2009 7 02 /08 /agosto /2009 14:16

Con la partida de Meira Delmar, el pasado 18 de marzo, Colombia pierde a la más sobresaliente de sus mujeres poetas.

 

SERGIO ESTEBAN VÉLEZ

El Mundo, 27 de marzo de 2009



 

 Meira Delmar, Sergio Esteban Vélez, Leonel Estrada y María Helena Uribe de Estrada.
 Casa de Olga Elena Mattei.  Medellín, 2005

 

“Uno de los grandes poetas de América”.  Así, por encima del factor género, califica el Nobel Gabriel García Márquez a su amiga Olga Isabel Chams, más conocida como Meira Delmar.

Y “Gabito” (como ella cariñosamente lo llamaba) no ha sido el único en exaltar la gloria de esta poeta.  En el mundo de la Literatura, siempre lleno de envidias y discusiones,  su caso ha sido excepcional, pues críticos y conocedores se han rendido unánimes ante el canto marino de Meira, a quien han señalado como la voz femenina más relevante de la Poesía Colombiana, del estilo de Piedra y Cielo.

Y esta altísima estimación de su obra ha sido compartida incluso por quienes podrían haberse llamado “sus rivales”: los otros poetas, hombres y mujeres, integrantes del “cuadro de honor” de nuestras Letras.  Tal vez, esta es la razón por la que, cuando se le preguntaba por su condición de mujer y de provincia, como “inconvenienes” para triunfar en la Literatura, ella respondía diciendo que, en su caso, esto se equilibraba con su “buena suerte con los amigos”. 

Y, si al leerla, uno podría enamorarse de ella; después de conocerla, era imposible no adorarla.  Tales eran su delicadeza, su dulzura y su sencillez, que hacían complemento perfecto con la suavidad de su voz y con esa memoria prodigiosa que le permitió, hasta el final, recitar sus poemas enteros. 

Personalmente, tuve el privilegio de escucharla decir sus versos, una media docena de veces,  y debo asegurar que el plácido oleaje de su voz, sumado a la bella tristeza de sus versos y a su actitud beatífica, con los ojos cerrados y el rostro iluminado, hacían de esta una experiencia mística.  No exagera, por tanto, la ministra de Cultura, Paula Marcela Moreno, cuando asevera que Meira leía sus poemas en trance “como si estuviera haciendo un diálogo interior o le estuviera hablando a Dios”.

El máximo principio de su evangelio fue el de serle fiel a la Poesía, sin dejarse limitar por épocas, modas o invenciones. 

En los tiempos actuales, en que la Poesía ha entrado en un período de “entropía” y la mayoría de los nuevos creadores han optado por alejarse de las manifestaciones del sentimiento, Meira Delmar siempre defendió escribir sobre el amor, el dolor y la nostalgia. “La poesía amorosa es la poesía por excelencia.  Todos sabemos que el amor es el sentimiento que justifica la vida, y cuando el ser humano lo siente y quiere traducirlo en palabras, debe valerse de la emoción que encierran las voces que pertenecen por derecho propio a la poesía”, así lo dejó plasmado ella en el prólogo que escribió (inmerecido e invaluable honor) para mi libro “Historia Cóncava”.

Y esa convicción de que sólo a través del trasfondo vital se puede comulgar con la musa ha logrado que su obra sea apreciada por personas de todas las edades y condiciones sociales.  Su explicación era sencilla:  “Si tú te enamoras, tu corazón va a sentir lo mismo que sintieron tu papá, tu abuelo y tu bisabuelo, cuando se enamoraron”.  

Entre sus admiradores, se encuentra la cantante Shakira (familiar suya), quien envió el siguiente mensaje,  con motivo de su deceso: “Solo del alma de una mujer como Olga Chams pudieron haber brotado versos tan delicados y memorables. Que jamás se olvide Barranquilla de su hija más sensible, Meira Delmar, la más grande poetisa colombiana de todos los tiempos, que se ha quedado para siempre sembrada en nuestros corazones y en el panteón de la poesía de nuestra América Hispana”.

De la tierra antioqueña se llevó agradables recuerdos, como cuando la Universidad de Antioquia le otorgó el Premio Nacional de Poesía por Reconocimiento y publicó una antología suya o cuando la Coral Tomás Luis de Victoria se encargó de musicalizar doce de sus poemas.

La última vez que estuvo en Medellín fue en junio del año pasado, cuando hizo entrega del Premio “Meira Delmar” a la poeta Olga Elena Mattei, durante el Encuentro de Mujeres Poetas de Antioquia. 

En esa oportunidad, le hicimos la siguiente entrevista, inédita hasta el momento:

 

La Poesía, ¿para qué?

Para darle a la vida un toque de belleza, que la haga más deseable.

 

¿Cómo fue, en un comienzo, la posición de una familia tradicional libanesa, como la suya, cuando una de las hijas mujeres decidió dedicarse a la Literatura?

Mis padres eran oriundos del Líbano.  Mi mamá llegó a Colombia, cuando era muy joven, con su familia, y mi papá llegó solo.  Se conocieron en Barranquilla y allí se casaron.  Y de ahí, nacimos los tres hijos.

En mi casa, mi padre tenía su cuarto de dormitorio, que era, al mismo tiempo, su biblioteca: paredes con estantes llenos de libros en árabe, aunque hablaba muy bien el español.

Todas las noches, cuando él llegaba de su almacén, tenía su mesita de mármol blanco, bajo la lámpara; su mecedor, y leía, hasta la madrugada... 

Mi madre también era una lectora apasionada.  Así, que, en mi casa, desde niña, siempre oí hablar de libros y de Poesía.  Mamá me hablaba, por ejemplo, del gran poeta libanés, Jalil Gibran...  Me crié, pues, en ese ambiente de admiración por los escritores.

Yo empecé a escribir, muy niña, poemas de amor (a pesar de que no tenía novio ni enamorado), y, cuando quise publicar, cuando yo estaba todavía en el colegio, envié unos versos a Vanidades, la revista que, entonces, aparecía en La Habana, y era de un carácter más elevado que el de hoy: tenía una página de Poesía y traía novelas excelentes.

Entonces, me busqué el seudónimo, porque no quería que mis compañeras de colegio supieran quién era, si me publicaban, y porque papá era muy severo, y, como yo hablaba de amor en mis poesías, él se iba a intrigar, y me dio miedo del regaño. Y esa es la razón de Meira Delmar.

 

¿Y por qué se puso Meira Delmar?

Empecé a escribir buscando un seudónimo.  Primero, escribí Omaira, pasé a Maira, llegué a Meyra, quité la y, puse i, y quedó Meira, y Delmar, por el mar.

 

Y, como íbamos contando, su poesía se volvió famosa, desde sus primeras publicaciones en Vanidades...

Mandé los poemas sin mi nombre verdadero y, cuando los publicaron, para mí eso fue la fiesta de la vida ¡Publicada en Vanidades!  Todo el mundo se preguntaba en Barranquilla quién sería esa joven de Barranquilla que había sido publicada.  Yo no quería que mi papá supiera que era yo, pero a mamá sí le dije: “¿Tú sabes quién es esta Meira Delmar de esta revista? ¡Tu hija Olga!”.  Entonces, me abrazó, me besó y no me preguntó qué novio ni que nada...

 

¿Cómo ha influido en su obra la riquísima tradición del Líbano, el país de sus padres?

Yo creo que sí ha influido, aunque sin proponérmelo.  Yo no olvido que, cuando era niña, estuve en el Líbano.  Duramos allá menos de un año, y en ese lapso, fui a conocer los famosos cedros del Líbano, y ese espectáculo de aquellos árboles inmensos, milenarios se me quedó siempre en el alma.  Allá, yo conocí los trigales y me impresionó ver aquel mar dorado...  En el Oriente, hay una flor y un perfume que son característicos: el jazmín, y a mí, no sé por qué, siempre me aparecen los jazmines, cuando escribo.  Eso, creo yo, que es una influencia que me viene en la sangre.  He escrito algunos poemas, como uno que se llama “Cedros” y otros, “Ayer” e “Inmigrantes”, que hablan de mis antepasados.

 

Hablemos de las famosas tertulias en su casa, con sus amigos del Grupo de La Cueva, García Márquez y tantos  otros personajes de nuestra cultura...

Carecían de carácter literario.  Nos sentábamos, en la “terraza” de mi casa, hasta las primeras horas de la madrugada, conversando...  Por supuesto, se hablaba de libros y de autores, pero como si esos autores fueran otros amigos, es decir, sin darle carácter de examen o de juicio literario.  Y la amistad con ese grupo era de esas que no se rompen, ni con el tiempo ni con silencio ni con la distancia: nos quisimos toda la vida. Se me fueron muriendo casi seguidos, hace pocos años, y escribí para ellos un poemita que comienza diciendo: “Se fueron los amigos” (a continuación,  recita el poema entero).




                                           Sergio Esteban Vélez y Meira Delmar
 

¿Alguna vez se ha arrepentido de haberse metido a poeta?

No me puedo arrepentir, porque no fue a propósito, yo soy poetisa, “malgré moi” (a pesar de mí), porque yo no me lo propuse.  Yo empecé a escribir, siendo muy niña.  Recuerdo que vivía en “Las Delicias”, en esa época el barrio más alto y alejado de la ciudad (Barranquilla), y había muchas acacias que, en mayo, florecían, y les escribí un poemita... y, sin darme cuenta, seguí escribiendo, insegura. 

Leía mucha Poesía, y, en el colegio, en la biblioteca, lo que buscaba siempre era Poesía.  Adoré a cuatro grandes mujeres sureñas, que fueron Delmira Agustini, Gabriela Mistral, Juana de Ibarbourou y Alfonsina Storni. 

 

Muchos dicen que usted es la representante colombiana en ese ramillete...

¡No me digas eso, porque me voy a volver pretenciosa!

 

¿Pudo conocer a alguna de esas, sus cuatro adoradas poetas latinoamericanas?

No las conocí.  Sólo, por carta, a Juana de Ibarbourou.   Cuando yo era niña, leía, apasionadamente, a esas cuatro diosas de la Literatura en Español, y, un día, cuando publiqué mi primer libro, no sé cómo conseguí la dirección de Juana de Ibarbourou, en Montevideo, y me atreví a mandarle mi libro.  Para dicha mía, me escribió una bellísima carta, en la que me decía algo así: “Pocas veces se inicia un poeta con versos de la calidad de los suyos.  Si usted le es fiel a la Poesía, si no se deja distraer, será usted uno de los grandes poetas de su patria.  No olvide nunca que he sido su Kasandra”, me decía Juana.  Y seguimos escribiéndonos...

Ella tuvo un hijo único, que era un jugador empedernido y  tenía una amiga, la poetisa uruguaya Dora Isella Russell, que era como una hija para ella. Dora me contaba que el hijo de Juana emprendió la tarea de que nadie la visitara, les cerró la casa de Juana a todos los familiares y le cortó el teléfono. No le entregaba la correspondencia.  La misma Dora no podía visitar a Juana, porque el hijo lo impedía.  Él fue un mónstruo.  Vendió todos los objetos de arte que tenía su madre y todas sus condecoraciones.

Cuando murió, llamó a la Presidencia del Uruguay, y dijo: “Ha muerto Juana de Ibarbourou.  Si no vienen de inmediato por su cadáver, la enterraré, y nadie sabrá dónde”.   De inmediato, por supuesto, la Presidencia se encargó del sepelio, el cual, según me decía Dora Isella, fue muy hermoso: seis caballos blancos llevaban el féretro, por las calles de Montevideo, hasta el cementerio. 

Esa es la triste historia del hijo de Juana de Ibarbourou.

 

¿Cree que la inspiración viene sin buscarla?

Creo en la inspiración.  Alguna vez leí que cuando a Dulce María Loynaz le dieron el Premio Cervantes, le preguntaron si creía en la inspiración, y ella dijo que sí, aunque haya algunos que piensen que la obra es cuestión de puro trabajo.

Yo también creo en la inspiración, porque, a veces, me ha pasado que estoy en cualquier parte, pensando en quién sabe qué, hay alguna frase que se me ocurre y que hay que apuntarla, para que no se me olvide. Y de ahí sale un poema.

 

¿Qué mujeres poetas colombianas de su generación soslayadas por la crítica y la prensa, cree que merecerían tanta divulgación como la que usted ha tenido?

Hay una poetisa caldense excelente a la que no se le ha dado la publicidad que merece, que es Carmelina Soto.  Era muy reconocida, pero en Caldas.  De las actuales, te nombraría a Maruja Vieira y a Dora Castellanos, que es excelente y muy fecunda.  Hay muchas otras que se me escapan.

 

¿A qué poeta latinoamericano vivo le daría el Nobel de Literatura?

Hay tantos...  Tengo muchos nombres, que llevo siempre en el corazón y que son para mí luces inextinguibles; por eso, para mí es muy difícil decir que alguno de ellos es el mejor poeta.

 

¿Cómo puede encontrarse la musicalidad en la poética concreta, escueta y árida de nuestros días?

Casi no se encuentra la musicalidad.  La Poesía es siempre la Poesía, y poetas hay hoy y habrá mañana.  No digo “buenos poetas”, porque, para mí, “poeta” es, sencillamente, “poeta”.  Si es un mal poeta, no es poeta. 

La Poesía, como tú, que eres poeta, lo sabes bien, se ha familiarizado con lo cotidiano, con lo antipoético, pero esto es un reflejo de la vida actual.  Creo que, de todas maneras, el poeta, casi sin quererlo y sin buscarlo, suele hablar en una forma en que las palabras combinan musicalmente con las otras que la rodean.  Es como un don que tiene el poeta, que puede, sin proponérselo, conservar la musicalidad en sus poemas, aunque no tengan rima, ni hayan cuidado el acento de la manera formal.  Lo único que tenemos que buscar para poder calificar a algo de Poesía es, sencillamente, lo que trasciende la vida de todos los días.  La Poesía no es lo que está más allá de la vida: es la vida misma mirada con otros ojos.

 

 

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Published by Sergio Esteban Vélez - en Entrevistas
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