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  • : El blog de Sergio Esteban Vélez
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  • : En este sitio, la cultura es protagonista. Se puede apreciar lo mejor del arte y de la literatura colombiana, a través de entrevistas a sus mayores representantes y de más de un centenar de artículos sobre el trabajo de los mismos. También hay un espacio para la Historia, la Política y la Lingüística, además de una compilación de la obra poética que el autor ha desarrollado desde su niñez, cuando ya publicaba libros y era admirado en su país como "el Niño Poeta".
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El color según los maestros

Guerra, Padura y Manet

23 mayo 2010 7 23 /05 /mayo /2010 10:07

 

SERGIO ESTEBAN VÉLEZ

Libro "El Color en el Arte Moderno Colombiano".  Págs. 66 a 71

 

 

Manuel Hernández nació en Bogotá, en 1928.  Realizó sus estudios en la Escuela de Bellas Artes de la Universidad Nacional de Colombia, en la Academia de Bellas Artes de la Universidad de Chile, la Academia de Bellas Artes de Roma y en el Arts Students League, de Nueva York.   Profesor y decano de la Escuela de Bellas Artes de la Universidad Nacional de Colombia.  Cofundador y director de la Escuela de Bellas Artes de Ibagué. 

 

Ha realizado más de 70 exposiciones individuales y 120 colectivas, en Colombia y en ciudades como París, Nueva York, Londres, Roma, Madrid, Washington, Milán, Bonn, Sevilla, Friburgo, Nagoya, Osaka, Boston, Buenos Aires, Río de Janeiro, Lima, Caracas, Panamá y Quito.

 

Ha participado por Colombia en las bienales de Barcelona (1955), Venecia (1958), México (1959), Córdoba (Argentina, 1980) y Sao Paulo (1991) y en la Exposición Internacional de París (1956) y el Festival Internacional de Pintura, de Cannes (1976).

 

Entre las distinciones que ha logrado, en el medio pictórico, se encuentran el Primer Premio en Salón de la Asociación de Escritores y Artistas de Colombia (1955); mención honorífica de la Fundación Guggenheim, de Nueva York (1956); primer premio en el XIII Salón de Artistas Colombianos (1961); primera mención de honor en la Primera Bienal Iberoamericana de Pintura de Medellín (1968); mención de honor en la Segunda Bienal de Lima (1968); ser declarado fuera de concurso en el XX Salón de Artistas Colombianos (1969, y ser seleccionado para participar en la exposición “L´Art Colombien a travers les siécles”, en Petit Palais, en París (1975). 

 

Ha recibido numerosos homenajes, entre los que sobresalen la Orden de la Cruz de Boyacá, máxima distinción nacional, impuesta por el presidente César Gaviria (1994); la Medalla “Instituto Colombiano de Cultura”, concedida por el presidente Belisario Betancur (1986); el Honoris Causa en Artes Plásticas, que le otorgó la Universidad de Antioquia (2006); la Gran Orden del Ministerio de Cultura de Colombia (Homenaje Nacional, 1998); la condecoración “Premio Excelencia Nacional al Mérito” (Universidad Nacional de Colombia, 2000) y la exposición itinerante con sus obras, homenaje que organizó el Gobierno de Colombia y que se presentó en Indonesia, Malasia, Corea, India, Filipinas, China y Australia.   Se han publicado varios libros acerca de él y su obra.

 

Obras suyas están presentes en 40 instituciones públicas de Alemania, Brasil, Colombia, México, Venezuela, Estados Unidos y Panamá, de las cuales sobresalen su mural “Signos y leyes”, en el Congreso de Colombia y el que le encargó el famoso arquitecto Oscar Niemayer, ubicado en el Parlamento Latino del Memorial de las Américas, en Sao Paulo.

 

Él nos ha dicho que: “Para mí el color es el hecho crucial.  El pintor tiene que tener una gran sensibilidad para poder diferenciar entre la posibilidad de la gama del arco iris, que es lo primero que se nos señala, hasta la posibilidad de entrar a catalogar la parte fundamental de la luz.   El artista necesita tener una observación muy esencial de toda la pintura, ver cómo el color empieza en el siglo XX a tener una fundamentación totalmente diferente a lo que era en el período Romántico”.

 

S.E.V. ¿Qué papel han jugado el color y su utilización en la investigación formal que usted ha desarrollado con tanto interés, a lo largo de los decenios, que tanto exaltó Marta Traba?

 

M. H. Lo fundamental es que para la consecución del elemento pictórico mío tuve la necesidad de ser muy observador de las corrientes anteriores. El artista que no penetra en lo clásico, que no conoce cómo el color ha evolucionado, es muy difícil que haga lo particular, lo propio.  Es necesario empezar a sentir cómo el color establece los pasos, las distintas etapas, frente a la pintura, a través del tiempo.  Para mí, por ejemplo, la parte atmosférica es fundamental, relacionada con la superficie de mi pintura.  Por eso, yo empiezo a sensibilizarme con la observación que tuve, por suerte, en el Museo de Roma, al ver 22 obras de Marc Rothko, que me impactaron, porque él, de algo bidimensional, lograba una atmósfera, por el solo hecho de esa vibración de los planos de color.  En esa exposición pude sentir la misma vibración que sentí cuando observaba a Velásquez.  Lo esencial es que, asimismo, uno encuentra esa gran diferenciación entre la parte de señalamiento de corte radical bidimensional plano, que establece un Matisse.  Esa sensación atmosférica  de capas superpuestas es lo que yo he trabajado, arrancando incluso del negro.  Yo parto del negro como base y voy superponiendo capas, o, a su vez, a la inversa, también puede ser, del blanco con capas superpuestas.  Lo esencial en mi caso es no perder el sentido atmosférico, de los contornos, de los rompimientos, de los bordes.  Extrañamente, la pintura se encuentra, pienso yo, cuando se niega totalmente el color. Cuando el artista penetra en esa consideración empieza a presentir cómo el más leve toque sobre una superficie negra crea una atmósfera de una gran sensibilidad.  Lo mismo sucede cuando el artista, a la inversa, como Matisse, descubre que sus colores necesariamente tienen que ser muy puros, muy crudos, y el blanco y el negro le sirven de ajuste.   Siempre el blanco y el negro estarán uniendo la totalidad de los colores, relacionándolos y dándoles estructura.

 

S.E.V. Según Eduardo Serrano, el factor determinante en la obra de Botero es el volumen; en la de Obregón, la espontaneidad; en Rayo, la geometría; en Manzur y en Grau, el conocimiento de la Historia del Arte, y en Manuel Hernández, es el color.  ¿Por qué cree que su fuerte determinante es el color?

 

M. H. Supongo que es por la sensibilidad, no de la estridencia, sino por las variantes de superposición de capas, conservando todavía las atmósferas y las contundencias que el color deja como tal.  Yo parto de una gama de color de diferente altura, pero siempre con un toque de vibración.  Me interesa que sea una vibración continua y que establezca rupturas en los bordes, algo muy cercano a lo que hizo con una gran inteligencia Rothko. 

 

S.E.V. ¿Qué resultado especial daría a su colorido el hecho de que sus colores son preparados por usted mismo?

 

M. H. Es clave para mí la consistencia del pigmento.  Yo, desde el comienzo, preparé mis colores, porque, al descubrir en el manejo técnico tanto los espesantes como las cargas que llevan los colores, pueden tener la penetración de una serie de concentraciones que el artista tiene que aprender a aplicar, para beneficio del color. 

 

S.E.V. Háblenos de de cómo manifiesta a través de la densidad de sus colores su lirismo personal.

 

M. H. Yo creo que mediante el conocimiento que he podido ligeramente y modestamente ir encontrando.  Yo no tengo la verdad de lo que realmente sea el hecho categórico de lo que deba ser la pintura en su gran expresión.  Más aún, yo creo que el tiempo dirá, al observar mi obra, si en verdad pude encontrar un factor de validez.  Solamente el tiempo va dando el reconocimiento del artista, porque la obra, al quedar descubierta totalmente, pasa a ser la defensora de sí misma.  Si hay obras que se defiendan por su contundencia de verdad, pues trascienden.  Si no, pues, como todo en la vida, pasará al olvido.

 

S.E.V. Sus azules, merecen ítem especial...

 

M. H. Yo creo que hay una vibración nostálgica de la noche, que me interesa muchísimo, y no dejo que el azul resulte un azul crudo.  Su vibración nocturna cercana le da todo tipo de matices.   No es un azul lanzado o puesto desde una paleta, sino que es un azul que puede arrancar del negro y convertirse, como vemos en Albers (la superposición de colores por oposición).  Muchos de los colores míos, por oposición de la vibración del color,  por cercanía, hay que combinarlos, para que tengan esa vibración.

 

S.E.V. Hablemos de esa maestría que usted ha alcanzado en la utilización del negro sobre negro, blanco sobre blanco, gris sobre gris...

 

M. H. Para mí son esenciales los silencios.  Me parece que el negro produce unas atmósferas silentes.  Pero no es el negro: el negro y el blanco establecen los dos factores magistrales de oposición, que, a su vez, dan nacimiento con la luz, que a su vez, personajes como Matisse llevaron al extremo, cuando teniendo una obra absolutamente plana (como en su última obra), él hace que el blanco y el negro, con distancia, hicieran la vibración de templanza, lo mismo que Picasso.  El negro produce algunas veces ajustes de fuerzas del interior y otras versiones de vibraciones salientes y texturales.   Muchas veces, un negro mate es fundamental para un negro brillante, eso es lo que he tratado de investigar, en mi obra. 

 

S.E.V. ¿Está de acuerdo con atribuir la cualidad de espirituales a sus colores?

 

M. H. Principalmente, es lo que yo busco.  Yo creo que, además de que me interesa mucho que la persona que vea mi pintura se sorprenda, ante todo, yo me sorprendo, como ella.  Las verdades de la pintura se encuentran por inesperadas, porque no son previamente fabricadas, sino que tienen esa emoción espiritual.  En un tiempo dije que me habría gustado haber sido monje para establecer lo que sintió un Piero della Francesca, en su momento, o un Fra Angelico, es decir, algo muy monacal. Pero, en estos tiempos, yo creo que el artista puede hacer los señalamientos con su misma pintura y yo espero haber dejado una huella en ese sentido.

 

S.E.V. Háblenos del color de Colombia en el color de su obra

 

M. H. De Colombia siento que hay algo que señalar, que es que nosotros recibimos la luz totalmente vertical, lo cual no sucede con los europeos.   Aquí, cuando yo viajo a tierra caliente, empiezo a ver una vibración en la atmósfera, la misma vibración que siento en nuestra naturaleza, que se reproduce sola.  Aquí tenemos una gran consistencia.  Por eso me duele cuando insisten en que los pintores latinoamericanos no tenemos sensibilidad de color.  Yo creo que somos pintores de una gran maceración, porque la misma naturaleza ha producido esa consistencia, de esas calidades de que la pintura es mínima de elementos.  En el mismo negro: simplemente, con pequeñas evoluciones, el  negro mate establece esas dos posibilidades de la verticalidad al medio día.  Nosotros somos pintores tropicales, nos tocó el medio día, y si eso lo descubre el artista, está diciendo verdad.

 

S.E.V. ¿Cómo enriqueció su colorido la experiencia de haber vivido en Chile y haber conocido a Matta?

 

M. H. Realmente, tuve la suerte de un anticipo a lo que después pasaría con el Arte, cuando estudié en la Escuela de Bellas Artes, que es bellísima, en el Parque Forestal, copia del Petit Palais de Paris.  El caso Matta es muy categórico, porque en él encuentro que había una inmensa sensibilidad de la espontaneidad abierta, de esa magia casi inesperada y del color fundido, botado, contrariamente a lo que también encontré en ese momento en el caso del pintor argentino Emilio Pettorutti, que también había conocido a Picasso. Pero Matta tenía la fuerza de esa inquietud de la gran improvisación en su momento, que fue muy cercano a los movimientos norteamericanos.  Matta es uno de los introductores de la nueva pintura, no sólo latinoamericana, sino americana, en general.

 

S.E.V. Para muchos, usted es el artista abstracto más prestigioso y coherente del país.   ¿Qué destacaría de los colores que ha utilizado, en las distintas series de sus abstracciones?

 

M. H. Yo creo que lo fundamental es querer integrar un color, ante todo, consistente.  Me parece que el color necesita ser puesto no con elemental superficialidad, de una capa, si quiere ser pintura.  A mí me interesa mucho que el mismo color empiece a comunicar emociones, de por sí, que empiece a sensibilizar la vibración que pretendo dar, y muchos de los nombres de mis obras se refieren a eso.  Como no soy un pintor figurativo, la única solución que creo que el artista siempre ha tenido es acercarse a la realidad, pero con otros factores indirectos.  La realidad puede estar en la dureza de una piedra, en saber destacar la atmósfera vibrante de una nube; en la introducción casi cercana al movimiento de vibración.  Yo creo que todas esas cosas también son muy realistas, sin necesidad de decirlo, obviamente.

 

S.E.V. Su pintura es pintura en sí misma.  ¿Cómo interroga usted el color, hacia lo simbólico, en lo sígnico que puede haber en él?

 

M. H. Ante todo, la parte de símbolos y signos no se refiere a una cuestión histórica o precolombina.  Es otro el factor.  Parte de una serie de combinaciones que introducen una especie de categórica geometría.  En un momento, yo observé, por ejemplo, que una persona como el venezolano Soto sólo utiliza cubo, cuadrado y rectángulo.  Yo quiero dar mi pintura utilizando el rectángulo y el óvalo, la clave de mi pintura.  Si tú observas, toda mi pintura se basa en esos dos factores, que se interrelacionan en la parte de estructura, no así en la parte poética.  Insisto en que mi pintura quiere que la misma obra sugiera caminos.  Cuando yo empiezo una obra, no sé en qué momento voy a terminarla.  Es lo importante.  El artista vive de sorpresas, en cada momento, y yo creo que la vida nos orienta y nos da esa posibilidad, pero conteniéndola, luchándola, por llegar a un resultado.

 

S.E.V. Influencias de grandes artistas de la historia en el colorido que maneja. ¿Rothko, Velásquez, Turner?

  

M. H. En Londres tuve la oportunidad de sorprenderme cuando vi que Turner es precursor del Impresionismo.  Él había trabajado casi simultáneamente con Monet y llegaron a la misma conclusión, de esa luminosidad, que en el caso de Monet es crucial.  Para mí el creador de la pintura contemporánea norteamericana es Monet.  Él introdujo realmente a una gran cantidad de artistas norteamericanos a esa gran pintura contemporánea.  En sus grandes formatos, la relación de esa vibración de sus jardines, las pequeñas luces que deja para los contrastes lumínicos son fundamentales, las que después pasa Rothko en sus contornos y en sus límites.

 

S.E.V. Háblenos de la evaporación del color que encontramos en su obra, de sus colores esfumados.

  

M. H. Realmente, para mí hay ejemplos muy categóricos.  Si uno contempla el primer momento que me empezó a impactar, observa uno a un Rembrandt, pero, a su vez, lo compara con un Durero; establece esa gran diferencia marcada entre los dos, de los grandes rumbos de la pintura: o aquel, abierto atmosférico, o este, cerrado.  Entonces, hay una pintura abierta y una cerrada (me refiero a los bordes, que son los que dan esa sensibilidad para que el artista camine en uno de los dos lados).  Picasso, en un momento dado, nos enseña que también se puede ir por la mitad: él precisamente hizo toda esa conjunción, al romper esos límites que nos habían ajustado todos esos movimientos que se sucedieron: la parte del cubismo, que es casi el planteamiento intermedio para lanzar la partida del hecho contemporáneo.


 

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23 mayo 2010 7 23 /05 /mayo /2010 09:37

 

SERGIO ESTEBAN VÉLEZ

Periódico “De la Urbe” (Universidad de Antioquia).  Enero de 2007

 

El escritor peruano Santiago Roncagliolo es considerado por muchos como "una de las voces más interesantes de su generación de latinoamericanos".  Su nueva novela, "Abril rojo", lo ha hecho convertirse en el más joven autor en ganar el codiciado Premio Internacional de Novela "Alfaguara".

 

No obstante su juventud (31 años de edad), Roncagliolo cuenta con un nutrido y variado curriculum.  Ha sido novelista, dramaturgo, cuentista, guionista para televisión, biógrafo, autor de Literatura Infantil, entre otras cosas.  Además, se ha desempeñado como asesor de imagen política, profesor, traductor de Literatura Gay y periodista (colaborador y columnista) del diario "El País", de Madrid, y de otros varios medios de España, Argentina, Uruguay, Chile y Perú. 

El haber sido distinguido con el premio "Alfaguara" (que incluyó un cheque por USD$175.000) lo hace entrar por la puerta grande a las altas ligas de la Literatura Hispanoamericana. 

 

La novela ganadora del premio, "Abril rojo", trata sobre el Perú, su historia y sobre la sangrienta guerra que se libró entre el ejército y Sendero Luminoso, durante el gobierno de Alberto Fujimori.  “Cuando la muerte se convierte en la única forma de vida”, es una de las impactante frases, con las que el mismo Roncagliolo describe la novela, en la contraportada.

 

Las siguientes fueron las respuestas que obtuvimos, durante la entrevista con el ganador del Premio Alfaguara 2006:

Sergio Esteban Vélez: ¿Qué lo motivó a ponerse en la tarea de escribir "Abril rojo"?

 

Santiago Roncagliolo: En los dos últimos años del gobierno de Fujimori, yo trabajaba en Derechos Humanos, y en esa época conocíamos bien la barbarie terrorista, pero no conocíamos bien la barbarie que se había montado en nuestro nombre, para combatir al terrorismo.  En mi trabajo, estuve en contacto con las cosas que pasaban con las cárceles,  con las familias de los desaparecidos, con las torturas y con la información sobre ese otro lado de nuestro pasado, que no había sido rebelado aún.  Y ese fue un proceso de inmersión en el horror.  Yo siempre trabajo sobre mis experiencias más intensas y la idea de mi trabajo es reproducir en el lector esas emociones que me han producido esas experiencias.  Y en este caso, el tema me permitía acudir a un género que siempre me fascinó que es el thriller, de asesino en serie, que me ofrecía el ritmo, el género y la metáfora perfecta para hablar de la muerte.

 

S.E.V: En "Abril rojo", usted denuncia la opresión de los indígenas, durante siglos; los desaparecidos; los excesos de los militares (los muestra como personajes ávidos de poder y de cosas materiales). ¿Usted es activista político o su novela fue escrita por preocupaciones ideológicas, aunque no con fines promocionales de ningún grupo?

 

S.R:  Precisamente, uno de los retos de esta novela es que no hubiese ni buenos ni malos.  Yo creo que los militares y los terroristas que aparecen (como los militares y terroristas con los que he conversado) no son los psicópatas sedientos de sangre que nos gustaría pintar.  Es un alivio pintarlos así, porque nos alivia de nuestra responsabilidad, pero en esa guerra fuimos responsables todos, es decir, la confusión de la guerra interna del Perú es que esos terroristas, esa gente dispuesta a matar, se produjeron en nuestra sociedad, y esos militares fueron enviados por gobiernos civiles, democráticamente electos.  Mi impresión, cuando he conversado con los asesinos, es que, cambiando un par de cosas, yo habría podido ser uno de ellos.  De modo que no me interesa, para nada, decir quiénes son los buenos y los malos, ni ilustrar ninguna ideología.  Me interesa, más bien, mostrar cómo personas normales y con buenas razones para hacer las cosas terminan convirtiéndose en asesinos en serie.

 

S.E.V: Háblenos de esa debilidad que, en "Abril rojo", usted ve del aparato judicial, frente al poder omnímodo de la institución militar.

 

S.R:  El Perú es un país en el que el Estado no llega a todas partes.  Hay muchas zonas que no tienen Estado.  Lo que hizo Sendero (Luminoso) fue, precisamente, llenar los vacíos del Estado: mandaba jueces y alcaldes, hacía juicios sumarios... y con eso gobernaba.   La respuesta del Estado fue mandar a una institución que podía llegar a todos los espacios y a todos los rincones del país, y esa única institución es la militar, que es la que tiene infraestructura y gente suficiente como para estar en todas partes.  De modo que todos los huecos que deja el estado democrático en el Perú, todos esos rincones a los que no accede, se llenaron siempre con sangre y, en el caso de Montesinos, se llenaron con corrupción.   Esta es una novela sobre esos espacios vacíos, en los que no hay gobierno y lo que llena ese gobierno generalmente es la violencia.

 

S.E.V: En el contexto de horror en el que se desarrolla la novela, ¿cómo interviene el amor?

 

S.R:  El personaje de esta novela, Félix Saldívar, no sabe amar. Sus padres murieron cuando él era muy chico y nunca tuvo referentes de afecto.   Lo único que ama es a una mujer muerta, que es su madre, a la que le pone una especie de altar, le monta un cuarto con sus recuerdos.   Es una persona muy apegada y muy ceñida a la regla, de modo que, en un principio, no es capaz de comprender el amor cuando le llega, porque el amor, precisamente, es una compulsión no racional que obliga a escapar de las rutinas y de las reglas, del gris de la vida.  Pero cuando llega a  asumir que está enamorado, la única manera en la que puede expresar ese amor es mediante la violencia.  El fiscal Chacaltana representa a una sociedad que ama lo que destruye y destruye lo que ama.

 

S.E.V: ¿Qué tipo de referentes de la Literatura Peruana le han servido, para la realización de esta novela?

 

S.R:  Yo creo que en esta novela los dos grandes referentes peruanos que tuve fueron Mario Vargas Llosa y José María Arguedas, que son, precisamente, los referentes opuestos y en conflicto en este tema.  Los dos me parecen escritores brillantes e irreconciliables y creo que provengo de una generación que está cansada de tener que optar entre uno de los dos, a la que le interesa reconciliarlos, si no es posible en la política, al menos en la ficción.

 

 

S.E.V: ¿Ha defendido psicológicamente, a través de sus argumentos, las actitudes de personajes que tengan un perfil psicológico y un comportamiento directamente opuesto al perfil propio suyo?

 

S.R:  En esta novela, "Abril rojo", he hecho todo lo posible por que todos los personajes tengan dignidad.  Es obligatorio.  Es el trabajo de un novelista darles humanidad inclusive a personajes a los que odia, incluso a personajes que, como en el caso de esta novela, estarían dispuestos a asesinarme.  El trabajo del novelista implica, precisamente, una inmersión en la psicología de sus personajes y preguntarse por qué alguien querría asesinarme y terminar dándote cuenta de que hay muy buenas razones para hacerlo, porque es la única manera de que tú comprendas a esos personajes y ellos tengan vida.

 

S.E.V: ¿Qué va a hacer con los USD$175.000, del premio?

 

S.R:  Pues, en América Latina parecería mucho dinero, pero en España no alcanza ni para una plaza de garaje.  De momento, lo que sé que haré es tener un hijo, que es caro, y que ya es una inversión larga.

 

S.E.V: ¿Ya escogió a la madre? Háblenos algo acerca de cómo está su vida emocional.

 

S.R:  Tengo una pareja española.  Ella se llama Rosa y vivimos juntos desde agosto, que fue cuando me mudé a Barcelona.  Yo me mudé a Barcelona por ella.  Es una persona que no tiene nada que ver con el mundo editorial, lo cual a mí me alegra muchísimo, pero es una persona que adora la Literatura y que escribe bien, y ya estoy en edad de asentar cabeza, así que es una persona con la que tengo muchas ganas de envejecer juntos.

 

S.E.V:  Estoy enterado de que en las últimas semanas, de intensa actividad, usted ha cenado con Saramago y almorzado con Vargas Llosa. ¿Cómo le ha ido con los intelectuales españoles? ¿Con cuáles ha hecho  amistad o está desarrollando proyectos?

 

S.R:  Estoy conversando con gente de una importante compañía teatral catalana que se llama Dagol Dagón.  Posiblemente, con ellos tengamos un proyecto, el próximo año.  Tengo mucha amistad con un grupo de escritores y periodistas catalanes, que son como mis más amigos.  Están Gabi Martínez, David Barba y otros, pero no sé si son muy conocidos en América Latina.  Yo creo que mis amigos latinoamericanos sí son más conocidos en Latinoamérica, como Juan Gabriel Vásquez o Pablo Illanes (de Argentina).  La ventaja de ser latinoamericano y vivir en España es, precisamente, que estás constantemente saltando entre los dos mundos y creo que eso es muy enriquecedor para un artista.

 

S.E.V: ¿Qué opina de la radical oposición que se está presentando en Lima, por la decisión de bautizar el futuro gran Museo de Arte Contemporáneo, con el nombre de Fernando de Syszlo?

 

S.R:  Tengo entendido que Fernando de Syszlo fue un gran promotor de ese museo de Arte Contemporáneo, por lo cual, si él es uno de los artistas plásticos peruanos más conocidos fuera y ha sido un promotor, me parece muy justo que lleve su nombre.   La discusión, como ocurrió, el año pasado, entre escritores andinos y escritores criollos, no es artística realmente.  Creo que no tiene que ver con méritos literarios, sino que es política.  El Perú es un país muy fragmentado, que no termina de mirarse al espejo, que no termina de admitir esta dimisión.   De manera que siempre hay estas pequeñas escaramuzas artísticas, que desvían la atención del verdadero tema, que es un conflicto social.  Es decir, es verdad que a los artistas que salen de la Escuela de Bellas Artes y a los de provincia, les ocurre lo que tú decías hace un rato: que pueden ser muy buenos, pero nadie los valora y no tienen una salida para su trabajo, pero no es verdad que eso sea culpa de Fernando de Syszlo.

 

S.E.V: Mis amigos chilenos me pidieron que no lo dejara ir, sin preguntarle por Literatura Chilena.  Defina, en una frase:

 

 

Roberto Bolaño:  Es un narrador del horror y el horror es el mayor reto para un escritor, precisamente porque está más allá de lo que las palabras pueden explicar.

 

José Donoso:   Es un autor de las lecturas mi infancia, pero nunca he sido un gran lector suyo.

 

Pedro Lemebel:  Es muy divertido.  Tiene unas crónicas excelentes.  De hecho, pienso que chilenos como él y como Juan Pablo Menézez, son de los mejores cronistas de América Latina.

 

Jorge Edwards:   Es también como de los padres que hemos tenido.  Lo que pasa con esos padres, como él y como Vargas Llosa, es que uno hace todo lo posible por no parecérseles, y luego termina siendo igualito a ellos. 

 

Isabel Allende:   Es una escritora que nunca me ha atraído mucho literariamente, pero que despierta tal cantidad de odios en Chile, que debe tener algo muy interesante.

 

S.E.V:  Estoy enterado de que en los últimos meses, de intensa actividad, usted ha cenado con Saramago y almorzado con Vargas Llosa, entre otros muchísimos acercamientos con los más avezados escritores iberoamericanos. ¿Cómo le ha ido con los intelectuales españoles? ¿Con cuáles ha hecho  amistad o está desarrollando proyectos?

 

 

S.R:  Estoy conversando con gente de una importante compañía teatral catalana que se llama Dagol Dagón.  Posiblemente, con ellos tengamos un proyecto, el próximo año.  Tengo mucha amistad con un grupo de escritores y periodistas catalanes, que son como mis más amigos.  Están Gabi Martínez, David Barba y otros, pero no sé si son muy conocidos en América Latina.  Yo creo que mis amigos latinoamericanos sí son más conocidos en Latinoamérica, como Juan Gabriel Vásquez o Pablo Illanes (de Argentina).  La ventaja de ser latinoamericano y vivir en España es, precisamente, que estás constantemente saltando entre los dos mundos y creo que eso es muy enriquecedor para un artista.

 

S.E.V: ¿Próximos proyectos?

 

 

S.R:  Un libro para niños, que se llama "Matías y los imposibles"; un musical sobre "Rebelión en la granja", de George Orwell; un libro periodístico.  Pero la próxima novela demorará un buen tiempo.  Creo que es hora de cargar baterías, no de apresurarme demasiado.

 

 

 

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22 mayo 2010 6 22 /05 /mayo /2010 07:26

 

SERGIO ESTEBAN VÉLEZ

Medellín, marzo de 2008.

 

 

Este abogado cucuteño es uno de los pioneros del Periodismo Investigativo en Colombia. En 1972 fundó con Daniel Samper la Unidad Investigativa de “El Tiempo”, donde publicó denuncias que desencadenaron escándalos de gran resonancia nacional. Obtuvo el Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar y el Premio del Círculo de Periodistas de Bogotá. Ha publicado los siguientes libros: Banqueros en el banquillo (1983), ¿Por qué cayó Jaime Michelsen? (1984), El espejismo del subsidio familiar (1985), Los hermanos del Presidente (1993), La guerra con el Perú (1995), Yo, el Fiscal (1996), La mente descarrilada (1997), El Uñilargo (2003) y Los farsantes (2007). Con su esposa, Silvia Galvis, es coautor de Colombia Nazi (1986) y El Jefe Supremo. Rojas Pinilla en la Violencia y el poder (1988).

Fue el primer secretario general de la Comisión Andina de Juristas. Consultor de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN) e investigador del Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF) sobre el tráfico de la fauna silvestre en los países de la cuenca amazónica. En 1981 recibió el Latin American Conservation Award. 

 

Alberto Donadío estuvo conversando con nosotros acerca de sus polémicos trabajos y de la actualidad del periodismo nacional.  Una vez más, se fue lanza en ristre contra sectores muy significativos de la dirigencia nacional.

 

 Usted, que en su libro “Rojas Pinilla en la violencia y el poder”, ha revelado tanta información oscura acerca del dictador colombiano y su entorno, ¿qué opina de la elección de Samuel Moreno Rojas, como Alcalde Mayor de Bogotá?

 Un engaño colectivo.  Es como si en Nicaragua, resucitaran a un heredero de la familia de los Somoza.  El General era un tipo muy simpático, muy bruto y resultó ladrón, y la hija es ladrona, el yerno es ladrón.  Eso y que los movimientos de izquierda crean que una familia tipo Somoza pueda tomar decisiones a favor del pueblo sólo puede ser un espejismo.

 

¿Usted está seguro de lo que está diciendo? ¿Eso se puede publicar?

Por supuesto.   Cuando estaba el General en el Gobierno, su yerno se robó USD$200.000, con la importación de televisores, cuando el General trajó la televisión, y eso está documentado y probado.    Entonces, que los movimientos de izquierda del país, se asocien con ellos, están cometiendo el mismo error del M19, que venía del desencanto de que le robaron las elecciones al General. Que sí se las robaron.  Y, en mi opinión, estaban muy bien robadas. 

Es como si, en Nicaragua, le hubieran robado una elección a Somoza, que ya había demostrado que era asesino y ladrón. ¿Por qué darles el poder?  ¿Cuánta gente no mataron en la plaza de toros, por una silvatina a María Eugenia?  Los Rojas son unos pícaros profesionales.   A Samuel Moreno, el papá del Alcalde, un editorial de El Tiempo, en 1949, lo llamó “asesino”.  Él era un “pájaro” de Santander. 

 

¿La violencia partidista fue sólo culpa de los conservadores? 

No, porque los liberales se defendieron y crearon sus guerrillas.    Carlos Lleras decía que “La Violencia” era un mecanismo de destrucción electoral, y eso está comprobado.  Los conservadores se volvieron minoría, en el país, luego de 16 años de gobierno liberal, y la única manera de conservar el poder era matar a los contrarios.  Bueno, había también jefes liberales que le “echaban candela” a la violencia, y había algunos muy radicales y echaban bala.  Pero la iniciativa de hacer fraude electoral venía de los conservadores. Y que Los “Pájaros”, que podían ser los paramilitares de la época, tenían el apoyo del gobierno de Ospina, de Laureano y de Urdaneta está comprobado. 

 

Yo tenía la impresión de que el sanguinario era Laureano y de que el doctor Ospina Pérez era un hombre de paz...

 

Hay un libro muy bueno que escribió Hernán Jaramillo Ocampo, que era el secretario de Mariano (Ospina), y él mismo, que era “godo de raca mandaca”, dice que difícilmente ha habido un período más negro en la historia de Colombia, que el segundo semestre de 1949.  ¿Y por qué?  Porque los liberales estaban muy radicalizados en el Congreso.  ¿Y cuál fue la respuesta del gobierno Ospina?  Nombrar, en algunos departamentos claves, a unos tipos que eran unos extremistas del conservatismo.  Gilberto Echeverri me contó, por ejemplo, cómo fue cuando incendiaron a Rionegro. Cuando hubo ese cambio de gobernadores, en octubre del 49, y nombraron en Antioquia, Valle, Tolima, los Santanderes, a los más radicales, el ejército era imparcial, y entonces, la primera orden de esos gobernadores fue quitar al Ejército y mandar a la Policía. Y los policías eran chulavitas, “pájaros”...  y ahí vinieron las masacres.  En el Carmen, en Norte de Santander, a los liberales que había los obligaron a cavar fosas y los enterraron vivos.  Eso está demostrado.  ¿Mariano dio esa orden?  No, pero ocurrió en su gobierno, que nombró a esos gobernadores.

 

Anteriormente, el periodismo investigativo implicaba toda clase de desplazamientos y contactos directos, cara a cara, con las fuentes.  Ahora, las facilidades que ofrecen las nuevas tecnologías han modificado radicalmente la manera de acceder a la información.  ¿Cómo asume usted estas nuevas formas de relacionarse con las fuentes?

No se puede hacer una investigación sin un examen de documentos y sin entrevistas con las personas que están involucradas.  Cualquier nueva tecnología aporta algo, pero el fondo no puede cambiar.  

 

¿Qué efectos legales ha logrado producir su libro del año pasado (2007), “Los farsantes”?

Ninguno, salvo dejar una constancia de que hubo ese engaño a la opinión pública, haciéndole creer que hubo un fraude en un banco en el que no lo hubo, para tapar un fraude en otro banco, que el Gobierno defendió.  Pero los inocentes están en la cárcel y a las personas que estaban vinculadas con la pérdida de la plata y de los impuestos, las ponen de presidenciables.  Por ejemplo en la última lista de presidenciables de la revista “Cambio”, están dos de los responsables de esa mentira (Juan Camilo Restrepo y Luis Alberto Moreno).  

 

Usted se ha referido también a la embajadora Carolina Barco.

Ella como ministra de Relaciones Exteriores le dio trámite a la extradición de un banquero que no robó nada y que le prestó plata a su marido, y su marido no le pagó.  Entonces, el deudor, a través de su esposa, pide la extradición del banquero... 

 

Por estas acusaciones, ¿no han interpuesto ninguna demanda contra usted?

Ninguna.  Esa es la prueba de que los hechos son ciertos.

 

Pero la señora Barco ya, para ese momento, estaba separada de su esposo...

Pero es la mamá de sus hijos. 

 

¿Cree que en Colombia hay un verdadero periodismo cultural?

En Colombia, el periodismo todo está de capa caída.  Estoy de acuerdo con lo que ha dicho Germán Castro, de que hace 30 ó 40 años, el periodismo era mejor.  Todo el periodismo, en Colombia, ha perdido credibilidad.  Los periódicos son muy oficialistas.

 

¿Está de acuerdo con los que proponen que, en Colombia, debería haber una norma que prohibiera a los propietarios de los grandes medios de comunicación tener inversiones en otros negocios, como ocurre en otros países?

 

El periodismo de calidad se hace, cuando hay una decisión de los dueños de hacerlo, de invertir en eso, por prestigio.  Eso no se logra por leyes y prohibiciones, sino por un consenso de que esa es una misión que tiene esa empresa, hacia la sociedad.  Si uno no tiene esa convicción, hace un producto únicamente comercial, con cualquier información.

 

¿A qué atribuye usted el hecho de que, en Colombia, sean tan magras las unidades de periodismo investigativo?

 

No hay interés de los directivos ni de los dueños.  Además, el efecto del narcotráfico y el paramilitarismo, ha hecho que cualquier escándalo, de cualquier dimensión, se vuelva nada, comparado con todas las atrocidades que se conocen y se cometen.  El deterioro político y social que ha habido en el país, por la presencia del narcotráfico, hace que la gente se sature y que, además, la corrupción pueda progresar, sin ningún problema, porque ni siquiera se ve.

 

¿Cuál es el próximo producto editorial que podremos esperar de Alberto Donadío?

 

Tengo, desde hace años, la idea de hacer la historia de la Unidad Investigativa de El Tiempo, que fundé con Daniel Samper, de cómo empezamos y cómo nos fue dentro de “El Tiempo”, con todas las dificultades y censuras que padecimos de la “degeneración” de los Santos. 

 

 

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2 agosto 2009 7 02 /08 /agosto /2009 14:50

SERGIO ESTEBAN VÉLEZ
El Color en el Arte Moderno Colombiano
Págs. 88 - 95



                                               Sergio Esteban Vélez y Juan Cárdenas
 

Juan Cárdenas nació en Popayán, en 1939.  Estudió Dibujo y Pintura en Rhode Island School of Design.  Luego de vivir muchos años en los Estados Unidos, regresó a Colombia, en 1965, cuando se dedicó a hacer caricatura para importantes períodicos y a la docencia, que ejerció en la Universidad de los Andes y, posteriormente, en importantes escuelas de los Estados Unidos.

Se han realizado numerosas exposiciones de su obra en Bogotá, Cali, Barranquilla, Popayán, en Colombia, y en importantes salas de ciudades como París, Nueva York, Madrid, Bruselas, Washington, Chicago, Basilea (Suiza), Miami, Santiago de Chile, Caracas y La Habana.  Entre estas, descuellan sus múltiples exposiciones individuales en París.

En 1974, ganó el primer premio en el XXV Salón Nacional de Artistas y en 1986 fue nombrado Caballero de la Orden de las Artes y las Letras, por el Ministerio de Cultura de Francia

En 1991, Seguros Bolívar publica un libro dedicado a su obra, con textos de Juan Gustavo Cobo Borda.  En el 2007, Villegas Editores publicó un gran libro con sus producciones artísticas.

 

 

S.E.V. Minucioso en el uso del color.  Usted es reconocido por sus colores elegantes, su buen gusto, por no traicionar la tradición de las grandes escuelas que lo han influenciado.  ¿En qué consiste para usted la elegancia en la combinación y aplicación del color?

J. C. Por un lado, está todo el bagaje cultural que heredamos de los europeos, que es muy elegante, como los retratos en grises y negros de Rembrandt, o la gama restringida de Velásquez, que es muy linda; pero igual de elegante puede ser un Van Gogh: esos amarillos fuertes... Es que el color puede ser muy refinado o muy vulgar.  Y yo creo que cuando el color es menos elegante es cuando se usa con lo que llamamos “buen gusto”...  ciertas combinaciones de color que se repiten y se repiten... 

 

S.E.V. Dalí, de Chirico soñaban con hacer escultura y, al sentirse incapaces, buscaron quienes hicieran sus cuadros en escultura.  ¿Ha anhelado usted lo mismo, que sus obras puedan tocarse, en tercera dimensión? Si las ejecutara en tridimensionalidad, ¿les aplicaría también color?

J. C. Yo he hecho intentos de hacer escultura, pero no he llegado muy lejos, porque he tenido tanto que decir en la pintura, que no he tenido tiempo.  He hecho un poco en piedra y en madera, sobre todo.  Si les pondría color es algo que no le puedo contestar, sin haberlo hecho, porque, uno a medida que lo hace, va tomando esas decisiones.  En el caso mío sería muy prematuro ponerme a pensar, hipotéticamente, qué hubiera hecho yo en escultura.

 

S.E.V. Tanto para usted, como para su hermano Santiago, la sombra ha sido fundamental en el manejo de sus obras.  Háblenos de lo que ha sido la sombra en su obra.

J. C. Por haber sido educado y haber vivido tanto tiempo en los Estados Unidos, yo vine a Colombia acostumbrado a la luz del Hemisferio Norte, que tiene que pasar por una capa atmosférica mucho más gruesa, por la inclinación del sol con el globo terráqueo, mientras que aquí, en el Trópico, el sol es mucho más directo y la capa atmosférica a atravesar es mucho más pequeña, entonces las sombras son mucho más fuertes y la diferencia entre luz y sombra es tremenda.  Usted va a Francia, y se da cuenta de que allí es más ténue, más difusa, y es lo que me encantaba de los impresionistas, esa luz difusa que nunca hemos visto en esta parte de América.  Entonces, a mí me salen esas sombras tan fuertes, porque es algo muy americano que a mí me impacta mucho, y, entonces, el sol, en mi obra, va indicando la hora del día.


S.E.V. En su obra confluyen herencias de muchos estilos, como las geometrías abstractas, el cubismo, el abstraccionismo, los paisajistas europeos del siglo XX y los sabaneros, de comienzos del XX. Hablemos de lo que usted ha ido seleccionando de lo más grande de la historia del Arte para enriquecer el color en su obra.

J. C. Muchísimos estilos.  Por un lado, están los de la gran tradición europea.  Hablamos de Velásquez, Vermeer... todo ese grupo, que usó el color de una manera muy objetiva, observarndo el mundo; pero está luego el otro lado, que es fascinante, de cómo Van Gogh utilizó el color de una manera casi sintética o de Picasso.  Ahí le he nombrado cuatro, de unas tendencias totalmente diferentes, que han tenido en mí una influencia tremenda.   Ahora, yo no quisiera usar el color de Picasso, ni tampoco el de Van Gogh.


S.E.V. Su obra es altamente psicológica.  Háblenos de lo que ha sido el color para el logro de esta calidad analítica.

J. C. Todo eso no se puede explicar en palabras.  Hay cosas que son muy íntimas en el Arte, que son muy difíciles de explicar.  Los colores del Trópico han tenido una gran influencia en mi obra: el color de la sabana, los paisajes, son las vivencias de uno, que ha participado en eso.  Yo pinto lo que es parte de mi vida.  Lo que a la posteridad le va a interesar, pienso yo, es lo que usted tuvo que decir de su paso por este mundo, de sus vivencias personales y no las ideas que usted encontró en revistas o absorbió de otros artistas.   Las que hacen a un artista interesante son sus propias vivencias, cómo usted vio el mundo.   El color es parte de eso.

 

S.E.V. ¿En qué ha influido su pasión por las Ciencias Exactas en el desarrollo y enriquecimiento de su obra y de su colorido?

J. C. A mí, la Ciencia me ha influenciado muchísimo.  Entre otras cosas, sin extenderme, porque esto puede dar para un libro, la idea de que la pintura tradicional es ilusoria y de que la pintura modernista era plana es una completa falacia.  El color es ilusorio, no hay colores, solamente es una onda incolora que llega al cerebro por medio del aparato visual, y uno tiene la sensación de ver el color rojo, pero es una ilusión, y lo mismo le puedo decir de todas las características de la pintura modernista.  El plano bidimensional no existe. Si usted mira con un microscopio electrónico, son átomos flotando en un espacio.  Entonces no existe ese plano bidimensional.  La pintura modernista es tan ilusoria como un paisaje renacentista, lo que pasa es que esa ilusión es tan sutil que hace pensar que es verdadero, que es real, pero no hay realidad en la pintura.   Y estamos hablando únicamente del espectro que los humanos podemos ver, pero hay una onda electromagnética más allá del ultravioleta y más abajo del infrarrojo, percibida por muchos animales y organismos en el globo terráqueo, colores que no podemos ver.  Qué tal que nuestro cerebro pudiera registrar un poquito más allá del ultravioleta, ¿qué colores podríamos ver, que las moscas o las abejas sí pueden ver?

 

S.E.V. En usted es impresionante la profundidad que logra en sus imágenes.  ¿Cómo ha logrado que el color se convierta en su gran aliado para los efectos que usted pretende conseguir en sus obras?

J. C. Yo he tenido, toda la vida, una lucha interna artística con el color, porque, por un lado, me encanta utilizarlo como se presenta en la naturaleza, es decir, el color aliado a las formas que uno ve, pero la otra cosa que me fascina es utilizar el color de una manera netamente abstracta, y no me interesa mucho utilizarlo con esa manera agradable y de buen gusto con que utilizaban el color Picasso o Van Gogh.  A mí me intrigan mucho obras en que, como yo pretendo usarlo, el color se manifiesta de una manera científica.   Haga esto:  usted coja un papel amarillo grande, con una luz intensa, mírelo fijamente por unos 30 segundos.  La retina del ojo se le va a cansar tanto, que cuando usted, inmediatamente, a continuación, mira una pared blanca,  va a ver, no el color amarillo, sino el color opuesto, en este caso un rosadito.  Es porque los conos del ojo se cansaron y dejaron de funcionar y entran a funcionar los conos de la retina, que reciben al color opuesto.  Entonces, si usted coge el color amarillo y el rosadito y los pone en un cuadro juntos, obtiene una reacción fosforescente tremenda, usted puede obtener una especie de luz y fosforescencia real y física, por la interacción de esos colores, que no existe en la naturaleza.  Ese tipo de cosas me intrigan mucho. Ese tipo de uso del color me parece fascinante, porque nadie lo hace, ni Picasso, ni Van Gogh.

 

S.E.V. El verdadero artista, cuando llega a un determinado tema y se da cuenta de que ese es el suyo, ahí debe quedarse.  ¿Cuál fue el punto determinante para  decidir que los temas y los colores que lo han hecho famoso serían el objeto de su pintura? ¿Qué fue  lo definitivo para que usted encontrara su propia estética, su propio color?

J. C. Yo he tenido varias vertientes, que no son etapas, porque siempre estoy volviendo a ellas.  Está, por un lado, lo histórico; por el otro, lo abstracto; otros, interiores del taller; las figuras humanas; muchas cosas... Hay muchos aspectos diferentes en el mundo mío como artista, a los cuales vuelvo contínuamente, según el estado de ánimo de cada día.  Uno no se despierta igual todos los días.  Entonces, uno se despierta un día, y le interesa mucho el paisaje, y a la semana siguiente, le interesa más la cosa abstracta... Es curiosidad intelectual en la vida.  Yo creo que eso lo han tenido todos los pintores.

 

S.E.V. ¿Cuál es su mayor meta en cuanto al uso del color en su obra?

J. C. Lo que más me preocupa y me gustaría abarcar con seriedad es el del uso del color como he querido (que no lo he logrado todavía), o sea el color como idea abstracta, casi científica, no romántica.

 

S.E.V. Háblenos de su obra en blanco, negro y gris.

J. C. La mayoría de lo que yo hago es en blanco y negro, aunque también he trabajado en pastel, pero aún el color del lápiz de grafito o del carboncillo mismo sobre papeles que son muy diferentes (blanco nieve, blanco no se qué...) varían muchísimo, y cuando uno se vuelve muy sensible a esos blancos, esos grises y esos negros, es todo un mundo de color:   Es fascinante.  Es que el color no tiene que ser amarillo, azul y rojo.  La delicadeza de valores que uno ve en la gama de los blancos es absolutamente fascinante. 

 

S.E.V. ¿Hacia dónde cree que irá el color en el Arte, en los próximos años?

J. C. Especular es difícil.  Yo tengo mi manera de pensar en el color, no sé cuál será la que habrá en Nueva York.  Pero todo eso está muy ligado a la Pintura, porque, si usted no pinta, olvídese del color, porque es muy difícil usar color si usted no está pintando.  El uso del color en las instalaciones, construcciones y performances está muy restringido.  Donde menos restricciones tiene, es en la Pintura, donde usted puede usar el color en todas sus gamas y en todo su esplendor. 

 

S.E.V. Grandes coloristas colombianos.

J. C. Ha habido muy buenos coloristas, pero ¿cómo los podemos comparar con Van Gogh? Obregón fue estupendo “pisco”, gran pintor, le tengo mucho aprecio, lindo color.  Pero en la Historia, ha habido unos cuatro grandes coloristas, es que es muy difícil y yo creo que ya los hemos nombrado: Picasso, Van Gogh, Gaughin, tal vez Monet y otros dos. 

 

S.E.V. ¿Entonces, el fuerte, en la Pintura Colombiana, no ha sido el color?

J. C. Yo diría que no hemos producido grandes coloristas, a la altura de los que he mencionado.  Es muy difícil.

 

S.E.V. ¿Usted cree que un artista debe salir de su país, para lograr una integralidad en su concepto del color?

J. C. Yo sí creo.  A menos que se den casos rarísimos o esótericos, como el de Rousseau, que nunca salió de Francia y que tuvo un color muy especial; pero son casos raros.  Especialmente, hoy en día, si usted no está al tanto de lo que está pasando en el Arte y no ha visto los museos y no ha andado por Europa y los Estados Unidos y no ha tenido acceso a las grandes obras de Arte, no es nada fácil hacer una contribución importante.  Es como ser un gran escritor y no haber leído nada. 

 

S.E.V. ¿Un pintor tiene que cononcer la Teoría del Color, para ser un buen colorista?

J. C. No.  Ayuda cantidades, pero, en el fondo, como el color es algo intuitivo, a la hora en que usted pone manos sobre la obra, ahí toda la teoría deja de importar.  Todas las artes son intuitivas, e incluso los científicos reconocen que uno nunca sabe cómo o en qué momento surgió una idea del subconsciente.  Einstein tuvo grandes ideas, pero él nunca supo de dónde salieron esas ideas.  Estamos hablando de un hombre muy racional y muy científico, pero en el que la esencia de todo su aporte salió del mismo rincón del cerebro de donde les salen las ideas a los artistas.


S.E.V. Háblenos de la intencionalidad suya que muchas veces vemos por juntar colores que no combinan en la Teoría del Color.

J. C. Sí.  En gran parte es cuestión de acostumbrarse a esas reacciones de color, que en un momento dado le pueden parecer desagradables a una persona, como ciertos sonidos que, al principio del siglo XIX, parecían chocantes, como los que usó Beethoven, y mucho más en el siglo XX (con los sonidos atonales y dodecafónicos), pero uno se va a acostumbrando, y lo mismo en los colores.  Todos hemos heredado 40.000 ideas y la sociedad tiene que acostumbrarse a ideas nuevas, como a eso que hablábamos del rosadito con amarillo, o del rojo con ciertos verdes, que también son complementarios, que cuando se juntan producen una linda fosforescencia, aunque a la mayoría de la gente le parezca chocante.


S.E.V. Hablemos de la relación en su obra de pintura y Arquitectura y qué le aportan los colores a esta

J. C. El paisaje que yo he venido haciendo lo he concebido casi como una cosa cinematográfica o de desarrollo histórico.  He pintado paisajes de reconstrucción histórica desde la época de la Colonia, pasando por el siglo XX, la sabana del siglo XX y la sabana de hoy en día.  Entonces, si uno pudiera ver una serie de mis paisajes, en orden cronológico, uno casi podría ver cinematográficamente un desarrollo histórico muy curioso y muy interesante de Colombia.  El color influye muchísimo.  Para darle un solo ejemplo, aquí tenemos mucho ladrillo y se construye con ladrillo, y en el resto del mundo no hay el color de cuando el sol le pega a ese ladrillo rojizo.  En Nueva York o en Chicago es otro rojo, un rojo profundo, morado... pero no es este que tenemos en Colombia.  Y yo lo pinto en mis cuadros, como color y como reacción psicológica ante una experiencia visual y emotiva.  Y el verde ni se diga.

 

S.E.V. ¿Cuál es el período que usted prefiere, en cuanto al uso del color, en la obra de su hermano, Santiago Cárdenas?

J. C. Me encantan esos espejos que él pintaba sobre los muros y me encantan los tableros.  Usted me dirá que esos no tienen mucho color, pero lograr ese gris de la pizarra que consigue Santiago es algo muy dificil y muy refinado.
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2 agosto 2009 7 02 /08 /agosto /2009 14:28

En el “Hay Festival”, Fernando Vallejo, como siempre, levantó ampolla y encendió polémica.  En esta ocasión, su pólvora verbal se enfiló contra el Cristianismo.



Sergio Esteban Vélez y Fernando Vallejo
 

SERGIO ESTEBAN VÉLEZ

El Mundo, 13 de febrero de 2009

 

El pasado 31 de enero, el colonial Teatro Heredia, de Cartagena, estaba a reventar.  Todos querían escuchar a Fernando Vallejo.  Como es su costumbre, despotricó de todo el mundo, desde Jesucristo y el Papa, hasta el presidente Álvaro Uribe y el nuevo procurador general de la Nación, Alejandro Ordóñez.

El título de su conferencia: “Los crímenes del Cristianismo”.  Estuvimos conversando con este autor, antioqueño y universal (que cada vez se reconcilia más con Medellín) sobre este tema, tan provocador como el mismo escritor.

 

Sus denuncias contra el Cristianismo están plasmadas con todo detalle en su libro “La puta de Babilonia”. ¿Cree que el mundo sería mejor, si todos leyésemos este libro?

Sin duda alguna.  Sería infinitamente mejor.  Si se leyera mi libro, con el deseo de entender, con el alma libre y abierta y no partiendo de prejuicios, sería mejor, porque mi libro es un sumario detallado de los más grandes crímenes cometidos por el Cristianismo y una desmitificación de una empresa criminal que se las da de religión y que no lo es.

 

¿Cuáles fueron las principales fuentes, a las que ha acudió, para la investigación de “La puta de Babilonia”?

Las principales fuentes son la Historia de la Iglesia misma; los padres de la Iglesia , griegos y latinos; y, más allá de ellos, el Nuevo Testamento, y más allá, el Antiguo Testamento, que pertenece a la religión judía y del cual se aprovechó una secta de las muchas cristianas que había cuando empezó este desastre – y que no tenían mucho que ver unas con otras-, que lo adoptó, sin tener nada que ver con ella, porque el Nuevo Testamento está escrito en griego, en griego de mercado, como decía Celso, porque no era el griego de Demóstenes, y el Antiguo Testamento está escrito en hebreo. 

El Antiguo Testamento es uno de los primeros robos y atropellos del Cristianismo, además de un robo estúpido, porque cómo se tenía que apoderar la Santísima Trinidad, que son 3, de una religión que es de uno, Jehová.  Cómo se aprovechan de usufructuar lo que no les pertenece, lo que es de otros, de un pueblo al cual han masacrado, durante toda su existencia, desde que tuvieron el poder, hace 1.700 años, en el 310, cuando subieron al carro del triunfo del emperador Constantino, hasta cuando han podido.  

La Iglesia es una impudicia.  ¿Habrá alguna posibilidad de ir a debatir esto, en la Universidad Pontificia Bolivariana, con los teólogos de la Iglesia Católica, o en los seminarios que quedan en Antioquia? Si es que quedan, porque estos sinvergüenzas mercachifles convirtieron el Seminario Mayor en un centro comercial.

 

Usted ha insistido en que el Padre y el Hijo son unos sanguinarios y que es muy posible que se coman la paloma del Espíritu Santo…

Siempre he dicho eso, y como soy un protector de los animales, hago aquí mi voto de protesta, que llegue con tu periódico.

 

Usted ataca con fiereza a la Iglesia.  Sin embargo, muchos ven en su modo de ser algo de sacerdotal.  ¿Se siente identificado en algo con los sacerdotes católicos?

No.  Nada que tenga el calificativo de católico es noble.  Es una palabra ignominiosa.

 

Pero usted ha salido en defensa de los sacerdotes afectados por los escándalos de pederastia…

Primero que todo, yo pienso que los curas pederastas no son la mayoría.  Segundo, la palabra pederastia es de un significado amplio que hay que precisar.  Pederastia es tener relaciones sexuales con niños, pero hay que entender primero qué es un niño. ¿Un niño es uno de 5 años o uno de 13?  Uno de 13 no es un niño y uno de 12 está dejando de ser niño y puede tener relaciones sexuales con personas mayores, si les da la gana.

 

Uno de sus argumentos es que, a los 13 años, ya muchos tienen hijos…

Claro.  Ya pueden tener hijos. Entonces, precisemos, caso por caso, para que no engañemos con las palabras, porque la palabra pederastia y la palabra niño abarcan mucho.  Entonces, digamos de qué estamos hablando. 

Ahora,  ¿cuáles son las relaciones de que están acusando a unos pobres curas de una institución monstruosa que no es ni capaz de defender a los suyos?  De que un curita le ‘hace la paja’ a un muchachito de 12, 13 ó 14 años.  ¡Si no se la hace el cura, se la hace el muchachito, en su casa!  ¡Que no jodan más a esos curitas!

 

¿Qué les aconsejaría a los sacerdotes que están recibiendo estas imputaciones?

Yo a esos curitas, y a todos, les aconsejo que se salgan de esa institución monstruosa, y a los muchachos de los seminarios, los que queden, que por fortuna ya casi no quedan, que no se dejen lavar el cerebro.   Pero, en fin, yo creo que ‘estoy quemando pólvora en gallinazo’, porque la juventud colombiana -que es lo que cuenta, porque la gente mayor ya está perdida- no es religiosa, no va a misa, le ‘importa un comino’ la Iglesia Católica y, lo que más me gusta, se está volviendo vegetariana y se está pasando a la causa que defiendo yo. 

Así que los muchachos y los niños se están encontrando conmigo.  Yo con ellos no tengo ningún problema.  Ni tampoco con las muchachitas, si quieren hablar de los dos sexos, porque como ahora les da por pensar que el género masculino no abarca en el lenguaje al femenino, y entonces hay que decir ‘colombianos y colombianas’… ¡qué le vamos a hacer!

 

Usted dice que Cristo nunca hizo ni el más mínimo pronunciamiento a favor de los animales y, en una lista de acciones de Jesús, usted lo acusa de “atreverse a comparar a los fariseos con víboras”…

Claro.  La víbora es un pobre animalito.  Además, ¿si Él es el Hijo de Dios, por qué no le dice a su papá que no haga cosas tan feas como las víboras?  Que respete las víboras.  Pero, además, cristos hay como 20.  ¿De cuál estamos hablando?

 

¿Es de los que piensan que, si Dios fuera amor, los animales no se comerían, cruelmente, unos a otros, y, mejor, todos comeríamos minerales?

Evidentemente.  ¡Pero, por supuesto!  Es  incontrovertible la estupidez de una religión como la cristiana.  No te digo nada de la musulmana ni de la judía, por no perder tiempo, porque estoy hablando en Colombia.

 

Usted, que ha centrado su lucha en la defensa de los animales, ¿qué piensa de que la Iglesia tolere que, en festivales taurinos, se realicen procesiones y que mantenga capillas y capellanes en las plazas de toros, que llevan con frecuencia nombres religiosos, como la de Medellín?

Eso está a la altura de ellos.  Pero el Cristianismo no es una religión.  Una religión es el jainismo de Mahavira, que respetaba a los animales.  No tiene por qué usarse la palabra religión para calificar al Cristianismo, que es una empresa criminal que, en toda su historia, no ha hecho más que derramar sangre de hombres y de animales.

 

¿Es usted un “ecólatra”?

¿Qué quiere decir ecólatra?

 

Que tiene por dios a la naturaleza y los animales…

La palabra dios no tiene sentido, sobra, es inútil, está designando una realidad que no existe, una explicación que no explica y, si existiera, a un ser infame.  Entonces, es mejor que suprimamos la palabra “dios”.  

En cuanto a la naturaleza, es el escenario de la guerra, de la destrucción, de la sangre, de unos animales comiéndose a los otros, es el escenario del horror.  Yo no soy ecologista y soy partidario de que la vida se extinga sobre el planeta Tierra, porque la vida es miserable y no va para ninguna parte.  Para las personas egoístas y para los aprovechados y los abusadores de los demás, entendiendo por ‘los demás’, no sólo los seres humanos, sino también los animales, la felicidad es una posibilidad.  Para mí, no lo es, y no es algo degradante pensar que no pueda ser feliz. 

Una felicidad permanente es un absurdo, porque sería la monotonía.  Si no está pautada por momentos de tedio y de dolor muy largos, no puede existir.   Sólo hay momentos felices, en medio de una vida de aburriciones y de infamias, porque vivimos instalados en la infamia, traicionando a los demás, comiéndonos los animales, degradándonos, sin poder llegar a ser santos, que sería el ideal.  Pero santos, como los entiendo yo, no como los entiende el Cristianismo: esos no son santos, esos son, a veces, reprimidos sexuales, cuando no, grandes asesinos, como Antonio Ghislieri, ‘alias’ San Pío V.

 

 

CAMBIANDO DE TEMA

“Yo no soy exhibicionista”

 

Su obra se ha caracterizado por ser muy autobiográfica.  ¿Por qué nunca ha tratado en ella acerca de las limitaciones visuales que lo han afectado desde hace tantos años?

La verdad, no es autobiográfica.  Yo he escrito pensando que lo que yo dijera pudiera llegar a un público muy grande, ante todo en mi idioma, porque está escrito en español, que es protagonista de mis libros; pero no sólo en español, sino también por fuera de él. Por lo demás, yo no he tenido limitaciones visuales.  Me han hecho 4 transplantes de córnea y veo aceptablemente, con lentes de contacto.  Es probable que yo vea muy mal, pero nunca me he dado cuenta, porque como el mundo lo he visto siempre así…

 

Se ha librado de ver cosas terribles…

El problema es cuando los ciegos empiezan a ver más que los que creen que ven.

 

¿El desmitificador se automitifica?

Yo no soy desmitificador ¿O sí? Eso lo dirás tú.  Los calificativos me los puedes poner tú, pero yo no me los pongo.

 

A pesar de que la crítica ha exaltado unánimemente la excelencia de sus primeras obras, usted sólo alcanzó verdadera fama internacional con “La Virgen de los Sicarios”.  ¿A los nuevos escritores, les recomendaría el malditismo para hacerse notar?

Yo no soy exhibicionista, ni soy tampoco un escritor maldito.  Maldito era Verlaine y, tal vez, Barba Jacob.  Dentro de esa categoría, los podrías poner a ellos, pero yo no quepo ahí.  Y, continuando con la pregunta, yo a los escritores les aconsejo que no escriban, ¿para qué?  Las palabras y la Literatura se las lleva el viento. Lo que está escrito desaparece, si no es porque desaparece el papel mismo, porque los idiomas cambian a una velocidad muy grande y, entonces, lo que uno dice, se vuelve otra cosa o se vuelve inentendible.

 

¿Cree que en Colombia se ha desarrollado una verdadera crítica literaria o que sólo hay reseñistas…?

La crítica literaria desapareció, hace mucho, y yo no sé si hubo una gran crítica literaria, alguna vez.   Ahora bien, si no queda la novela, que es el gran género literario, porque el tiempo la borra, ¿va a quedar la crítica?  No queda el gallinazo, no queda la bala que le disparó, no queda nada.

 

¿Alguna vez, alguien ha hecho una crítica de su obra que lo haya dejado satisfecho?

Sobre los libros míos, especialmente sobre “La Virgen” (de los sicarios), he leído muchas cosas que me han mandado: tesis literarias o artículos periodísticos.  Algunas las he leído muy conmovido, pensando que, mientras yo creo que estoy tan aislado en mí mismo y que todos estamos tan aislados -que es una razón del cerebro, pues no tenemos la capacidad de leer los pensamientos de los demás-, sin embargo veo, no una traición, sino una comprensión muy profunda de mí mismo y una interpretación muy fiel de lo que yo he dicho.

No sé si tenga algún sentido escribir tesis o ensayos sobre otra obra literaria, pero, al final de cuentas, nada tiene sentido, tampoco la misma obra literaria.  Y, a veces, un solo artículo de periódico o una sola frase me pueden conmover infinitamente más que muchas, porque logran apresar, en pocas palabras, lo que yo, de pronto, necesité muchas para decir.

 

 

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2 agosto 2009 7 02 /08 /agosto /2009 14:16

Con la partida de Meira Delmar, el pasado 18 de marzo, Colombia pierde a la más sobresaliente de sus mujeres poetas.

 

SERGIO ESTEBAN VÉLEZ

El Mundo, 27 de marzo de 2009



 

 Meira Delmar, Sergio Esteban Vélez, Leonel Estrada y María Helena Uribe de Estrada.
 Casa de Olga Elena Mattei.  Medellín, 2005

 

“Uno de los grandes poetas de América”.  Así, por encima del factor género, califica el Nobel Gabriel García Márquez a su amiga Olga Isabel Chams, más conocida como Meira Delmar.

Y “Gabito” (como ella cariñosamente lo llamaba) no ha sido el único en exaltar la gloria de esta poeta.  En el mundo de la Literatura, siempre lleno de envidias y discusiones,  su caso ha sido excepcional, pues críticos y conocedores se han rendido unánimes ante el canto marino de Meira, a quien han señalado como la voz femenina más relevante de la Poesía Colombiana, del estilo de Piedra y Cielo.

Y esta altísima estimación de su obra ha sido compartida incluso por quienes podrían haberse llamado “sus rivales”: los otros poetas, hombres y mujeres, integrantes del “cuadro de honor” de nuestras Letras.  Tal vez, esta es la razón por la que, cuando se le preguntaba por su condición de mujer y de provincia, como “inconvenienes” para triunfar en la Literatura, ella respondía diciendo que, en su caso, esto se equilibraba con su “buena suerte con los amigos”. 

Y, si al leerla, uno podría enamorarse de ella; después de conocerla, era imposible no adorarla.  Tales eran su delicadeza, su dulzura y su sencillez, que hacían complemento perfecto con la suavidad de su voz y con esa memoria prodigiosa que le permitió, hasta el final, recitar sus poemas enteros. 

Personalmente, tuve el privilegio de escucharla decir sus versos, una media docena de veces,  y debo asegurar que el plácido oleaje de su voz, sumado a la bella tristeza de sus versos y a su actitud beatífica, con los ojos cerrados y el rostro iluminado, hacían de esta una experiencia mística.  No exagera, por tanto, la ministra de Cultura, Paula Marcela Moreno, cuando asevera que Meira leía sus poemas en trance “como si estuviera haciendo un diálogo interior o le estuviera hablando a Dios”.

El máximo principio de su evangelio fue el de serle fiel a la Poesía, sin dejarse limitar por épocas, modas o invenciones. 

En los tiempos actuales, en que la Poesía ha entrado en un período de “entropía” y la mayoría de los nuevos creadores han optado por alejarse de las manifestaciones del sentimiento, Meira Delmar siempre defendió escribir sobre el amor, el dolor y la nostalgia. “La poesía amorosa es la poesía por excelencia.  Todos sabemos que el amor es el sentimiento que justifica la vida, y cuando el ser humano lo siente y quiere traducirlo en palabras, debe valerse de la emoción que encierran las voces que pertenecen por derecho propio a la poesía”, así lo dejó plasmado ella en el prólogo que escribió (inmerecido e invaluable honor) para mi libro “Historia Cóncava”.

Y esa convicción de que sólo a través del trasfondo vital se puede comulgar con la musa ha logrado que su obra sea apreciada por personas de todas las edades y condiciones sociales.  Su explicación era sencilla:  “Si tú te enamoras, tu corazón va a sentir lo mismo que sintieron tu papá, tu abuelo y tu bisabuelo, cuando se enamoraron”.  

Entre sus admiradores, se encuentra la cantante Shakira (familiar suya), quien envió el siguiente mensaje,  con motivo de su deceso: “Solo del alma de una mujer como Olga Chams pudieron haber brotado versos tan delicados y memorables. Que jamás se olvide Barranquilla de su hija más sensible, Meira Delmar, la más grande poetisa colombiana de todos los tiempos, que se ha quedado para siempre sembrada en nuestros corazones y en el panteón de la poesía de nuestra América Hispana”.

De la tierra antioqueña se llevó agradables recuerdos, como cuando la Universidad de Antioquia le otorgó el Premio Nacional de Poesía por Reconocimiento y publicó una antología suya o cuando la Coral Tomás Luis de Victoria se encargó de musicalizar doce de sus poemas.

La última vez que estuvo en Medellín fue en junio del año pasado, cuando hizo entrega del Premio “Meira Delmar” a la poeta Olga Elena Mattei, durante el Encuentro de Mujeres Poetas de Antioquia. 

En esa oportunidad, le hicimos la siguiente entrevista, inédita hasta el momento:

 

La Poesía, ¿para qué?

Para darle a la vida un toque de belleza, que la haga más deseable.

 

¿Cómo fue, en un comienzo, la posición de una familia tradicional libanesa, como la suya, cuando una de las hijas mujeres decidió dedicarse a la Literatura?

Mis padres eran oriundos del Líbano.  Mi mamá llegó a Colombia, cuando era muy joven, con su familia, y mi papá llegó solo.  Se conocieron en Barranquilla y allí se casaron.  Y de ahí, nacimos los tres hijos.

En mi casa, mi padre tenía su cuarto de dormitorio, que era, al mismo tiempo, su biblioteca: paredes con estantes llenos de libros en árabe, aunque hablaba muy bien el español.

Todas las noches, cuando él llegaba de su almacén, tenía su mesita de mármol blanco, bajo la lámpara; su mecedor, y leía, hasta la madrugada... 

Mi madre también era una lectora apasionada.  Así, que, en mi casa, desde niña, siempre oí hablar de libros y de Poesía.  Mamá me hablaba, por ejemplo, del gran poeta libanés, Jalil Gibran...  Me crié, pues, en ese ambiente de admiración por los escritores.

Yo empecé a escribir, muy niña, poemas de amor (a pesar de que no tenía novio ni enamorado), y, cuando quise publicar, cuando yo estaba todavía en el colegio, envié unos versos a Vanidades, la revista que, entonces, aparecía en La Habana, y era de un carácter más elevado que el de hoy: tenía una página de Poesía y traía novelas excelentes.

Entonces, me busqué el seudónimo, porque no quería que mis compañeras de colegio supieran quién era, si me publicaban, y porque papá era muy severo, y, como yo hablaba de amor en mis poesías, él se iba a intrigar, y me dio miedo del regaño. Y esa es la razón de Meira Delmar.

 

¿Y por qué se puso Meira Delmar?

Empecé a escribir buscando un seudónimo.  Primero, escribí Omaira, pasé a Maira, llegué a Meyra, quité la y, puse i, y quedó Meira, y Delmar, por el mar.

 

Y, como íbamos contando, su poesía se volvió famosa, desde sus primeras publicaciones en Vanidades...

Mandé los poemas sin mi nombre verdadero y, cuando los publicaron, para mí eso fue la fiesta de la vida ¡Publicada en Vanidades!  Todo el mundo se preguntaba en Barranquilla quién sería esa joven de Barranquilla que había sido publicada.  Yo no quería que mi papá supiera que era yo, pero a mamá sí le dije: “¿Tú sabes quién es esta Meira Delmar de esta revista? ¡Tu hija Olga!”.  Entonces, me abrazó, me besó y no me preguntó qué novio ni que nada...

 

¿Cómo ha influido en su obra la riquísima tradición del Líbano, el país de sus padres?

Yo creo que sí ha influido, aunque sin proponérmelo.  Yo no olvido que, cuando era niña, estuve en el Líbano.  Duramos allá menos de un año, y en ese lapso, fui a conocer los famosos cedros del Líbano, y ese espectáculo de aquellos árboles inmensos, milenarios se me quedó siempre en el alma.  Allá, yo conocí los trigales y me impresionó ver aquel mar dorado...  En el Oriente, hay una flor y un perfume que son característicos: el jazmín, y a mí, no sé por qué, siempre me aparecen los jazmines, cuando escribo.  Eso, creo yo, que es una influencia que me viene en la sangre.  He escrito algunos poemas, como uno que se llama “Cedros” y otros, “Ayer” e “Inmigrantes”, que hablan de mis antepasados.

 

Hablemos de las famosas tertulias en su casa, con sus amigos del Grupo de La Cueva, García Márquez y tantos  otros personajes de nuestra cultura...

Carecían de carácter literario.  Nos sentábamos, en la “terraza” de mi casa, hasta las primeras horas de la madrugada, conversando...  Por supuesto, se hablaba de libros y de autores, pero como si esos autores fueran otros amigos, es decir, sin darle carácter de examen o de juicio literario.  Y la amistad con ese grupo era de esas que no se rompen, ni con el tiempo ni con silencio ni con la distancia: nos quisimos toda la vida. Se me fueron muriendo casi seguidos, hace pocos años, y escribí para ellos un poemita que comienza diciendo: “Se fueron los amigos” (a continuación,  recita el poema entero).




                                           Sergio Esteban Vélez y Meira Delmar
 

¿Alguna vez se ha arrepentido de haberse metido a poeta?

No me puedo arrepentir, porque no fue a propósito, yo soy poetisa, “malgré moi” (a pesar de mí), porque yo no me lo propuse.  Yo empecé a escribir, siendo muy niña.  Recuerdo que vivía en “Las Delicias”, en esa época el barrio más alto y alejado de la ciudad (Barranquilla), y había muchas acacias que, en mayo, florecían, y les escribí un poemita... y, sin darme cuenta, seguí escribiendo, insegura. 

Leía mucha Poesía, y, en el colegio, en la biblioteca, lo que buscaba siempre era Poesía.  Adoré a cuatro grandes mujeres sureñas, que fueron Delmira Agustini, Gabriela Mistral, Juana de Ibarbourou y Alfonsina Storni. 

 

Muchos dicen que usted es la representante colombiana en ese ramillete...

¡No me digas eso, porque me voy a volver pretenciosa!

 

¿Pudo conocer a alguna de esas, sus cuatro adoradas poetas latinoamericanas?

No las conocí.  Sólo, por carta, a Juana de Ibarbourou.   Cuando yo era niña, leía, apasionadamente, a esas cuatro diosas de la Literatura en Español, y, un día, cuando publiqué mi primer libro, no sé cómo conseguí la dirección de Juana de Ibarbourou, en Montevideo, y me atreví a mandarle mi libro.  Para dicha mía, me escribió una bellísima carta, en la que me decía algo así: “Pocas veces se inicia un poeta con versos de la calidad de los suyos.  Si usted le es fiel a la Poesía, si no se deja distraer, será usted uno de los grandes poetas de su patria.  No olvide nunca que he sido su Kasandra”, me decía Juana.  Y seguimos escribiéndonos...

Ella tuvo un hijo único, que era un jugador empedernido y  tenía una amiga, la poetisa uruguaya Dora Isella Russell, que era como una hija para ella. Dora me contaba que el hijo de Juana emprendió la tarea de que nadie la visitara, les cerró la casa de Juana a todos los familiares y le cortó el teléfono. No le entregaba la correspondencia.  La misma Dora no podía visitar a Juana, porque el hijo lo impedía.  Él fue un mónstruo.  Vendió todos los objetos de arte que tenía su madre y todas sus condecoraciones.

Cuando murió, llamó a la Presidencia del Uruguay, y dijo: “Ha muerto Juana de Ibarbourou.  Si no vienen de inmediato por su cadáver, la enterraré, y nadie sabrá dónde”.   De inmediato, por supuesto, la Presidencia se encargó del sepelio, el cual, según me decía Dora Isella, fue muy hermoso: seis caballos blancos llevaban el féretro, por las calles de Montevideo, hasta el cementerio. 

Esa es la triste historia del hijo de Juana de Ibarbourou.

 

¿Cree que la inspiración viene sin buscarla?

Creo en la inspiración.  Alguna vez leí que cuando a Dulce María Loynaz le dieron el Premio Cervantes, le preguntaron si creía en la inspiración, y ella dijo que sí, aunque haya algunos que piensen que la obra es cuestión de puro trabajo.

Yo también creo en la inspiración, porque, a veces, me ha pasado que estoy en cualquier parte, pensando en quién sabe qué, hay alguna frase que se me ocurre y que hay que apuntarla, para que no se me olvide. Y de ahí sale un poema.

 

¿Qué mujeres poetas colombianas de su generación soslayadas por la crítica y la prensa, cree que merecerían tanta divulgación como la que usted ha tenido?

Hay una poetisa caldense excelente a la que no se le ha dado la publicidad que merece, que es Carmelina Soto.  Era muy reconocida, pero en Caldas.  De las actuales, te nombraría a Maruja Vieira y a Dora Castellanos, que es excelente y muy fecunda.  Hay muchas otras que se me escapan.

 

¿A qué poeta latinoamericano vivo le daría el Nobel de Literatura?

Hay tantos...  Tengo muchos nombres, que llevo siempre en el corazón y que son para mí luces inextinguibles; por eso, para mí es muy difícil decir que alguno de ellos es el mejor poeta.

 

¿Cómo puede encontrarse la musicalidad en la poética concreta, escueta y árida de nuestros días?

Casi no se encuentra la musicalidad.  La Poesía es siempre la Poesía, y poetas hay hoy y habrá mañana.  No digo “buenos poetas”, porque, para mí, “poeta” es, sencillamente, “poeta”.  Si es un mal poeta, no es poeta. 

La Poesía, como tú, que eres poeta, lo sabes bien, se ha familiarizado con lo cotidiano, con lo antipoético, pero esto es un reflejo de la vida actual.  Creo que, de todas maneras, el poeta, casi sin quererlo y sin buscarlo, suele hablar en una forma en que las palabras combinan musicalmente con las otras que la rodean.  Es como un don que tiene el poeta, que puede, sin proponérselo, conservar la musicalidad en sus poemas, aunque no tengan rima, ni hayan cuidado el acento de la manera formal.  Lo único que tenemos que buscar para poder calificar a algo de Poesía es, sencillamente, lo que trasciende la vida de todos los días.  La Poesía no es lo que está más allá de la vida: es la vida misma mirada con otros ojos.

 

 

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2 agosto 2009 7 02 /08 /agosto /2009 13:47

 

SERGIO ESTEBAN VÉLEZ

El Mundo, 16 de agosto de 2008

 

Para exaltar a uno de los mayores artistas del país, el Congreso de la República condecoró al maestro Armando Villegas con la “Orden de la Democracia”.

 

El 2008 ha sido un año de homenajes para el maestro colombo-peruano Armando Villegas.  La Cámara de Representantes lo honró con su máxima distinción, la Orden de la Democracia “Simón Bolívar”, en uno de los últimos actos de la pasada legislatura.  En aquella solemnidad, el presidente saliente de esa corporación, Óscar Arboleda Palacio, leyó un discurso en el cual quedó muy claro que Villegas, a pesar de no haber nacido en Colombia, ha reunido méritos más que suficientes para ser llamado uno de los exponentes más ilustres de las Artes de nuestra patria y para ser enaltecido con las condecoraciones reservadas sólo a quienes han dado más lustre a nuestra nacionalidad.

Pero este artista polifacético ya era uno de los nuestros, desde mucho antes de que, en 1994, el presidente César Gaviria le otorgara la ciudadanía colombiana.  

En los años 50, ya figuraba, junto a Botero, Obregón, Manzur, Grau y Wiedemann, en la nómina de los nombres mayores de nuestra Pintura.

Justamente por eso, Davivienda, que, desde hace un lustro, está consolidando el proyecto de rendir todos los años homenaje a uno de los grandes maestros colombianos con la edición de un libro, lo ha escogido para rendirle tributo este año.  El libro, de 300 páginas, que, según nos cuenta el maestro Villegas, ya va muy adelante, será lanzado en noviembre.  El hecho de haber encomendado a Villegas Editores la producción y edición de lujo, es prenda de excelencia.  Este es el tercer volumen que se dedica a la obra de este artista de excelencia.

 

¿Qué significa para usted ser el artista más plagiado de Colombia?

A veces, eso podría enorgullecerlo a uno, pero eso es muy relativo.  El mundo mercantilista que hay en el medio hace posible que ciertas personas se aprovechen y traten de imitar la obra que uno produce.  A mí me ha perjudicado muchísimo el hecho de que la gente no entiende la parte técnica de mis obras, entonces reciben las falsificaciones en las transacciones comerciales, lo que, a veces, demerita la obra original mía.

 

¿Se identifica psicológicamente con los guerreros que pinta?

Sí.  Yo toda la vida he sido un luchador y todo ser humano que quiera progresar es un guerrero.  Se guerrea con el medio, se guerrea en todo instante, en todo lugar, en lucha permanente, por eso ese es un personaje muy característico en la pintura figurativa que hice en los últimos tiempos y caló mucho en el colectivo y fue aceptado por la gente, que sigue buscando y añorando ese género de pintura.  Ahora, he hecho un descanso, para dedicarme al abstracto, que me subyuga, pero, de vez en cuando sigo trabajando mis guerreros, que son grandes ejemplos de mis retratos imaginarios, que vienen de otros mundos, del futuro, presente o pasado.

 

¿El hecho de haberse radicado fuera del Perú le favoreció para haber alcanzado la fama internacional? En muchos países hay artistas y escritores que, aunque sean muy buenos, no trascienden fuera del país y se quedan encerrados  en el ámbito local...

Yo llegué a Colombia en virtud de haber estudiado como becario en la Universidad Nacional y vi un ambiente muy importante para el desarrollo de las Artes Plásticas, y, efectivamente, desde los años 50 y hasta los 80, hubo un desarrollo grande del movimiento de las Artes en Colombia, que ha tenido resonancia nacional e internacional, por los múltiples eventos en que hemos estado presentes los artistas.  Pero, desde ese momento, pienso que ha habido una involución en ese proceso, por lo que me siento un poco defraudado y desilusionado.

 

Hablando, justamente, de esta involución. ¿Cómo hace usted para defender el figurativismo, en un momento en que en los grandes salones de Arte y universidades, se ha señalado a la pintura como pasada de moda?

Yo creo que no hay necesidad de defenderlo.  El figurativismo siempre existirá.  Ahora se habla mucho de la importancia de la obra conceptual, a partir de los conceptos que, en 1917, emitió Duchamp.  Pero hay mucha improvisación en los jóvenes artistas que no hay profundizado en el campo del conocimiento de las Artes y sus técnicas.  Los centros de formación de artistas en Colombia parece que se han acabado.   En otros tiempos, por ejemplo, las escuelas de Bellas Artes de la Universidad Nacional, de los Andes y algunas otras tenían un valor extraordinario en cuanto a la parte formativa, porque había profesores de alto nivel, como Grau, Julio Castillo, Augusto Rivera, Roda, yo mismo: una serie de artistas profesionales que éramos activos, estábamos trabajando y experimentando y servíamos como ejemplo de lo que sustentábamos en las clases.  Eso se ha acabado. 

Ahora, las escuelas de Bellas Artes están enseñando es teoría, lo netamente conceptual, pero no el oficio de construir, crear, manejar texturas, justamente para exaltar el lenguaje que puede tener el artista.  Además, hay mucha gente que no tiene sensibilidad ni talento y cree que, con decir que es artista, puede crear cualquier cosa y confundir a los espectadores. 

Por eso hay una gran confusión, en el momento actual, de que los jóvenes profesionales que manejan la industria están montando sus apartamentos y están adquiriendo obras para decorar, para adornar su hábitat, pero no es como antes, cuando los jóvenes adquirían obras de los artistas más representativos, para coleccionar. 

Hace poco, leí en un periódico que, en New York, que hay una serie de interesados en comprar obra de estudiantes en los grandes centros educativos de Arte, como tratando de buscar una especie de lotería, pero en el campo de la pintura: no desde el punto de vista conceptual,  que es solamente la parte intelectual, sino desde la práctica, la expresión. 

 

¿Qué lo llevó a disminuir su abstraccionismo, para regresar al figurativismo?

Yo creo que son libertades que uno se da.  Yo tuve una etapa formativa y luego incursioné en el campo de la pintura abstracta y he sido pionero en este campo en Colombia, junto con Marco Ospina, Ramírez Villamizar y, en cierto modo, también con Alejandro Obregón.  He tenido una gran disposición y facilidad para manejar el abstraccionismo.  Después, en un descanso, en un año sabático, me dediqué a hacer pintura del Realismo Fantástico, que fui descubriendo a raíz de que, si yo tengo como herencia una cultura extraordinaria de la época precolombina y de usos y costumbres de mi pueblo, en la sierra alta del Perú, plagado de una cantidad de mitos y leyendas, yo podía perfectamente utilizar esos elementos en un género de pintura, y eso fue lo que hice, justamente, y me dediqué por más de 20 años a trabajar en esta línea y de ahí surgieron estos personajes llamados los guerreros y los personajes fantásticos.  Un mundo onírico, con elementos propios de la fauna y la flora andina, que pude reunir en las obras que he trabajado en el campo del Realismo Fantástico.  Ahora, he retomado, otra vez, el valor de los espacios abstractos y estoy trabajando dentro de ellos.

 

¿Cree usted que, en este trasegar por los distintos estilos, usted ha alcanzado un equilibrio entre lo abstracto y lo figurativo?

Sí, se puede decir que se han alcanzado los objetivos propuestos.  De todos modos, cada obra conlleva una serie de estudios, una serie de análisis, a veces muy afortunados o desafortunados, pero establecer un verdadero equilibrio y llegar a la perfección es bastante complejo.

 

Hablemos de sus experimentos texturales de pintura...

El historiador Germán Rubiano, en algún artículo que publicó en una revista, sobre Armando Villegas, dijo que este era el artista en Colombia que más había experimentado con los distintos materiales y el empleo textural, y eso ha sido una característica muy emblemática en mi pintura: las distintas texturas, las superficies que se trabajan.  Algunas de ellas son táctiles, incluso se ha dicho que la pintura de Villegas algunas veces es para ciegos que, perfectamente, por el tacto, pueden percibir la texturación de las obras.  Yo he enriquecido el valor de mis superficies con distintas texturas y calidades, porque esa es mi manera de sentir y de trabajar y eso es casi genético y vive en la cultura de mis antepasados.

 

VILLEGAS

UNA VIDA DE PINTOR

 

Nació en Pomabamba, Perú, en 1926.  Estudió Artes Plásticas, en la Escuela Nacional de Bellas Artes del Perú y en la Universidad Nacional de Colombia, donde se especializó en Pintura Mural. 

Ha sido director de la Escuela Nacional de Bellas Artes de Colombia y profesor de Artes en las universidades Pontificia Javeriana, de los Andes y Nacional de Colombia, en Bogotá.   Fundador del Museo de Arte Contemporáneo Bolivariano, de Santa Marta, Colombia.  Ministro Consejero Cultural ad. de la Embajada del Perú en Colombia.

Ganó, en 1958, premio en el XI Salón Nacional Colombiano, y, en 1957, en el Concurso Mural Coltejer, en Medellín.  Ha recibido, entre otras distinciones, la Orden de San Carlos, concedida por el presidente Misael Pastrana B.;  la Medalla de Honor del Congreso de la República del Perú, la del Congreso de Colombia y la Gran Cruz de la Orden al Mérito, del Perú.

Su obra se ha mostrado en casi 50 exposiciones individuales, en París, Nueva York, Madrid, Tokio, Seúl, Ginebra y Basilea (Suiza), Miami, Lima, Caracas, Quito, Ciudad de Panamá, Santo Domingo, San Juan de Puerto Rico y Bogotá, entre otras ciudades, y en ferias y bienales internacionales de Nueva York, Madrid, Osaka, Sao Paulo, México, Miami y Bogotá.

 

 

 

 

 

 

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2 agosto 2009 7 02 /08 /agosto /2009 13:29



SERGIO ESTEBAN VÉLEZ
El Mundo, 3 de mayo de 2008

 

El escritor chileno de moda, Pablo Simonetti, está en Bogotá, presentando su nueva novela “La razón de los amantes”.

 

En la tarde de ayer, en el Salón Porfirio Barba Jacob, de la Feria Internacional del Libro de Bogotá, el escritor chileno Pablo Simonetti lanzó en el país su nueva novela “La razón de los amantes”, cuya presentación estuvo a cargo del también escritor Fernando Quiroz.

Simonetti, uno de los autores jóvenes latinoamericanos que más está sonando y creando polémica, viene de presentar su más reciente obra, en Buenos Aires, y en los próximos días, continuará su gira promocional, con actos en Lima y en Ciudad de México.

Según fuentes diversas,  "La razón de los amantes"  está siendo ya catalogada como el mayor éxito de la Literatura Chilena reciente, al superar incluso a Madre que estás en los cielos, la novela anterior de Simonetti, que lo hizo famoso en Hispanoamérica.

En esta nueva producción, el autor se interna en los mundos infranqueables de la sociedad actual y exhibe la conmovedora humanidad de sus personajes con una prosa vertiginosa, bella y sutil.

Jorge Edwards, premio Cervantes 1999 y actual Premio Planeta, quien hizo la presentación oficial de la novela (el pasado septiembre, en Santiago de Chile), comenta que: “Esta novela tiene un gancho fuerte, que impide dejarla.  La actualidad atmosférica entusiasma y el tejido sicológico de sus personajes se desarrolla con dinamismo e interés”.

Por su parte, el también chileno Roberto Ampuero, no duda en asegurar que esta es: “Una de las novelas que más me han gustado y atrapado en los últimos años. Gocé su elegancia, su profundidad sicológica, la ambientación histórica y la rica complejidad de los conflictos. Todo vive con una fuerza que te lleva a pensar que conoces a los personajes”.

Estuvimos conversando con Simonetti, quien se está consolidando como uno de los mejores exponentes del llamado “Nuevo Boom Latinoamericano”.

 

¿Cómo se ha servido de su preparación como ingeniero, para trazar estructuras, enfoques matemáticos y metodologías, en su obra?

Más que estructuras, uno tiene cierto orden matemático que le ayuda muchas veces a poner una escena antes que la otra, un sentido de la trama; pero más que todo ha sido en la minuciosidad, en el rigor, en los espacios en la imaginación.  Entonces, tú te planteas un problema narrativo y tu mente es capaz de centrarse y de moverse dentro de unos ciertos límites y despertar y encontrar ahí todo lo relativo a aquel problema narrativo, que es un problema humano.

 

¿Cuál es su disciplina para sentarse a escribir?

Es una disciplina muy exigente, porque no puedo hacer nada más.  Necesito brindarme el día completo para sentarme a escribir unas tres o cuatro horas, pues no duro concentrado más que eso.  Hago una rutina previa y después me siento.  Necesito silencio, cero vida social y después, cuando termino, como algo y leo y me duermo muy temprano.  Es como estar en un convento.

 

¿Cómo ha cambiado la vida de Pablo Simonetti, después del éxito extraordinario de su novela “Madre que estás en los Cielos”?

Al principio, pensé que mi vida iba a cambiar, pero después me dije que estaba en mí si cambiaba o no, y a mí me gustaba mi vida como era.  Me gusta estar tranquilo, con mis amigos, con mi pareja, y entonces lo que hago es que creo distintas zonas de mi vida.  Por ejemplo, las giras son una zona muy intensiva de trabajo hacia fuera, de obligaciones editoriales, entrevistas... pero pronto vuelvo a mi casa, a mi rutina, a mi mundo, pequeñito pero muy confortable y sobre todo muy cálido, y es ahí donde las historias nacen, una detrás de otra. 

 

Cuando lo conocí, en Santiago de Chile, en el 2005, su obra estaba en furor y  era centro de conversaciones de personas de todas las categorías sociales e intelectuales.  Ahora, 3 años después, la fuerza de su éxito, en vez de decaer, se ha expandido por América y Europa ¿Qué siente al ver el triunfo que ha alcanzado?

Una sensación de seguridad, de sentir que uno está esgrimiendo un arma que es capaz de manejar.  Salido a los 35 años de un mundo de números, yo no sabía cuál era la potencia de mi verbo y ahora como que confío más en él.  Eso también me da más tranquilidad.  Antes, tenía épocas más largas de bloqueo, porque era tremendamente autocrítico.  Ahora, tiendo a confiar un poco más en mí.  Por otro lado, “Madre que estás en los Cielos” me dio la seguridad de que puedo terminar una novela, de que el aliento que uno toma para sumergirse en ese mundo me alcanza hasta el momento en que vuelvo a salir a la superficie. 

 

Háblenos de cómo usted ha hallado en la Literatura un arma contundente para defender las libertades de las minorías sexuales

Las minorías sexuales las defiendo más en mis columnas o en mis opiniones en las entrevistas.  Mis novelas no tratan solamente de homosexuales, sino más de las problemáticas de familia o de pareja, y en ese sentido, lo que sí me preocupa es el problema humano que hay detrás de eso.  Trato de mirar con ecuanimidad, tanto al que rechaza, como al rechazado, y yo creo que brindándome un espacio narrativo, también se vuelve un espacio en el mundo, en la sociedad.   El tema de la homosexualidad tiene paralelos muy importantes en la vida de todo el mundo y su complementario que es la marginalidad, que la sentimos todos, por gordos, o por altos, o por flacos, o porque a mi hermano lo privilegian más que a mí, o porque mi pareja me ha dejado de hablar... Son miles las situaciones en las que está el mismo sentimiento de marginalidad silenciosa.

 

¿Cómo ha sido recibida esta defensa abierta suya de los derechos de los homosexuales, en Chile, un país ultraconservador?

Hay algo hipócrita, quizás, en esto, porque, finalmente, yo soy un privilegiado de la sociedad.  Soy una persona que me sé expresar, que me sé defender, vengo de una familia que se ha destacado en la industria...  Entonces, pensaría que conmigo se meten menos.   Pero hay muchas personas homosexuales que no tienen las ventajas que yo tengo y tienen que sufrir el horror de la discriminación.

 

Justamente, a eso iba yo ¿Cree que su posición social y económica y su educación han sido factores clave para no ser condenado por la sociedad chilena con tanto rigor o cree que estas mismas se constituyen en un “agravante” ante la sociedad?

Eso hubiera sido un contra, si yo hubiera caído bajo la ley social y simulara ser heterosexual y me hubiera casado y tuviera que vivir mi sexualidad con los hombres, a altas horas de la noche y en lugares poco recomendables.  Pero no es mi caso.  Entonces, en ese sentido, algo que hubiera podido tener en contra, me ayudó a liberarme de ese peso de culpas y de vergüenzas y de la sensación de que para existir uno tiene que darles gusto a los demás, en cosas tan íntimas como puede ser la sexualidad.  En cambio, para la defensa de los derechos de los homosexuales, sí ha sido una ventaja, y por eso yo puedo decirles a las personas gays que se liberen de la carga social y se dediquen a ser quienes son y trabajen y sean exitosos en lo que hacen, porque la gente a golpes aprende.  Hay que pararse de igual a igual ante el otro y no subyugarse.

 

¿Alguna vez se ha arrepentido de haberse apropiado de una lucha social tan complicada?

Al contrario, me ha dado una identidad, como me la ha dado la Literatura.   Ser escritor y ser gay, ¡y me siento muy orgulloso de ser las dos cosas!   A veces, la gente se me arrima y me dice:  “¡Ah!, tú eres el gay”, como si el gay fuera uno solo.   Pero para mí no ha sido problema, para nada.  También porque he logrado que mi trabajo literario sea independiente, y la gente valora lo que hago, por su valor artístico.  Yo, en mis novelas, no le ando enseñando a nadie a ser o no más tolerante, y, si lo hacen, es porque la historia lleva a ese lugar.  En ese sentido, ser gay es algo totalmente distinto de mi literatura, que no es guiada por una especie de agenda política.

 

¿Qué piensa de las posturas y de la obra de otros escritores homosexuales chilenos, tan distintos como Pedro Lemebel,  “abierta y descaradamente gay”, o el grande del “Boom” José Donoso, quien nunca pudo asumir públicamente su homosexualidad?

Bueno, yo me siento tan abierta y descaradamente gay como Pedro Lemebel. Ahora, lo que pasa es que Pedro dispara como si tuviera una metralleta de la cual salieran tacos de agujas disparados a velocidades inverosímiles. Él es muy agresivo y su escritura es claramente elocuente, pero, a la vez, tiene un compromiso político muy grande.  Mi literatura parte más bien de una marginalidad interior, de la que hablábamos hace un rato.  Yo creo que Pedro tiene buenas obras, y en ese sentido reconozco su valor literario, aunque lo suyo y lo mío son cosas diferentes.

En cuanto a Donoso, no se me ocurriría juzgarlo porque él vivió enclaustrado “en el clóset”.  Quizás, al revés, eso fue lo que permitió que escribiera obras tan maravillosas como “El obsceno pájaro de la noche” o “El lugar sin límites”, este último la historia de un travesti.  Si Donoso vivió su vida privada “en el clóset”, no vivió “en el clóset”, en la Literatura.

 

UN CONSTRUCTOR DE TRAMAS

 

Pablo Simonetti nació en Santiago de Chile, en 1961.  Es ingeniero civil, de la Universidad Católica de su país, con magíster en Ingeniería Industrial.  Posteriormente, obtuvo un master en Engineering-Economic Systems, en la prestigiosa Universidad de Stanford y ejerció su profesión en el sector privado.   

A partir de 1996, abandonó la Ingeniería, para dedicarse de lleno a la Literatura.   Sus primeros triunfos en este campo los consiguió en concursos de cuentos, en su país, narraciones que luego harían parte de su libro “Vidas vulnerables”, publicado en 1999 (Alfaguara) y reeditado en 2005 (Planeta) y que batió récord de ventas entre los libros de cuentos en Chile.

Su primera novela, “Madre que estás en los Cielos”, publicada en 2004, se ha convertido en todo un fenómeno en Chile y en otros países latinoamericanos, en los cuales ha sido altamente aplaudida por la crítica y el público lector.  Con dieciséis ediciones hasta el momento, fue elegida como la mejor novela chilena del 2004, estuvo durante un año entero en las listas de los libros más vendidos de Chile y ha sido traducida al portugués, italiano, holandés y hebreo.

Actualmente, Simonetti trabaja intensamente, en su departamento, en el exclusivo barrio santiaguino de “El Golf”, escribiendo columnas de opinión, preparando sus clases magistrales y presentando su novela “La razón de los amantes”, en intensas giras de promoción.

 

 

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2 agosto 2009 7 02 /08 /agosto /2009 13:21

 

 

SERGIO ESTEBAN VÉLEZ

El Mundo, 18 de agosto de 2008

 

En el marco de la celebración de sus 75 años de edad, estuvimos conversando con el artista colombo-estadounidense Jim Amaral, reconocido por su creatividad, versatilidad y profundidad conceptual.


A pesar de no haber nacido en Colombia, Jim Amaral (California, 1933) ha sido adoptado por nuestra patria como uno de sus mejores y más innovadores artistas.   Y, de ser un joven estadounidense que llegó al país tras una bella y talentosa colombiana: Olga Ceballos Vélez (la posteriormente laureada “tejedora” Olga de Amaral), pasó a convertirse en uno de los mayores embajadores del Arte Colombiano ante el mundo. 

Su obra ha merecido el aplauso de algunos de los críticos y publicaciones más importantes del mundo y ha sido presentada en algunas de las principales salas de exhibición de ciudades como París, Roma, Madrid, Bruselas, Hamburgo, Milán, Venecia, Ginebra, Estocolmo, Nueva York, San Francisco, Miami, Chicago, Toronto, Buenos Aires, Sao Paulo, Río de Janeiro, Caracas y Bogotá, donde reside, desde que formó su hogar, hace 50 años.

 

Nuestros artistas, para conseguir fama y reconocimiento, se radican fuera del país; en su caso, es al revés. ¿Usted cree que sería más conocido si se hubiera quedado en los Estados Unidos? 

No, tal vez no habría podido lograr ni decir mucho de lo que he dicho viviendo aquí.  Aunque yo viva en Colombia, no estoy aislado del mundo: aquí hay toda clase de revistas y de televisión, a veces buena y a veces mala.  Uno está expuesto al mundo entero, tal vez en otro grado.  Hay gente que también pueda estarlo, pero sin ver ni sentir nada.  No digo nombres, porque no me parece prudente.  Hay unos que pintan temas que parecen tropicales y otros que pintan cosas políticas...

 

¿En Colombia, encontró los colores que estaba buscando para su obra? 

Claro.  Yo vivo en Colombia desde hace 50 años.  Yo me formé en los Estados Unidos, pero, luego de prestar mi servicio militar, mi expresionismo fue como poner gasolina en un tanque.  El color de Bogotá ha influido mucho en mi obra.  Su nostalgia, su tristeza son afines con mi personalidad.  Mi papá nació  en las Azores, que tienen un clima como Bogotá, aunque están al nivel del mar, y, aunque mi papá nunca habló de Portugal, uno no sabe si eso me traería esos conocimientos acumulados en las células, de los que habla el psicoanálisis.  Bogotá es una ciudad nostálgica, no en el sentido romántico, sino por el clima, más que todo.

 

¿Por qué decidió hacerse colombiano? 

Yo no lo decidí.  Fue un cuento accidental de una persona importante que vino y vio mi obra y la admiró y se extrañó porque yo no me hubiera hecho colombiano, y yo le respondí que volverse colombiano en Colombia, con las leyes que piden a un extranjero, exigen que uno sepa más de Colombia que los colombianos mismos.  A raíz de eso, me ofrecieron conseguirme la ciudadanía.  Yo no la solicité. 

 

¿Qué piensa de la obra de su esposa, Olga de Amaral? 

Olga está al borde de ser genio, en lo que ella hace.  En el contexto mundial, Olga es número uno en Tapicería.

 

Hablemos del simbolismo de algunas de sus series más dramáticas, como aquella de “Íncubos y súcubos”... 

Yo empecé los “Íncubos y súcubos”, cuando volvimos de París, a comienzos de los 80.  A finales de los 70, yo había expuesto mucho en París y en Bélgica, Italia, Suiza, Suecia... y, de pronto, empecé a hacer mis obras grisáceas de “Frutos de duelo”.  La obra “De profundis”, de Oscar Wilde, es muy aburridora y lenta, pero tiene unos puntos que son de verdadera iluminación, que describen a Bossie, ese joven que dañó la vida de Wilde, pero, que, a su vez, lo hizo más rico.  Wilde le escribe a Bossie que ha descubierto que el sentimiento más grande y más profundo es la tristeza.

 

Y ya que menciona su serie de frutos en degradación.  Háblenos de su visión de la descomposición... 

Toda esa serie es como de silencio, quietud, tristeza, nostalgia.  Después de 10 años en Francia, volvimos, y supimos que Francia era un capítulo del pasado.  Eso coincidió con la muerte de mi papá, y a raíz de eso, comenzó esa etapa de colores grises y oscuros.

 

Y hay una serie suya muy famosa, “El hombre y el caballo”, con colores de honda hermenéutica… 

Ese color es básicamente inspirado en los colores que tienen las zonas erógenas.  Si hay algo que muestre más la sexualidad, es un caballo, que nadie debe mirar, supuestamente.

 

¿De dónde esa compulsión suya por pintar las zonas erógenas del cuerpo? 

Viene, básicamente, porque yo estaba haciendo el psicoanálisis, y esto me había interesado mucho desde el bachillerato.  Según Freud, el mundo camina con la sexualidad, y, si tú la rechazas, haces una reafirmación de esto.  A mí me parece muy importante quitar este misticismo sobre el sexo.  Todo el mundo sabe qué son un pene y una vagina, pero nadie quiere saber, y sí quieren saber. Ese es el dilema.

 

La revista “Arts Letters” alguna vez dijo que usted era “el pintor de lo bisexual”. ¿Pretende usted lograr una androginia o confusión de los sexos? 

Yo no quiero formar eso.  Yo estoy exponiendo lo que existe.  Yo sólo quiero aclarar un retrato del comportamiento abierto y escondido de la gente.  La ambigüedad del sexo del ser humano, o su ausencia, depende de cada persona.  Cada uno tiene unos filamentos en la cabeza.

 

¿Cómo guardar la distancia entre el Arte y la pornografía? 

Por un medio escrito, se puede explicar mucho más lo que uno quiere,  pero en el momento en que en un dibujo tú muestras un ano, por ejemplo, no tiene la misma aceptación. 

 

¿Usted ha sentido el rechazo de nuestra sociedad y de la Iglesia, por el erotismo explícito y controversial de sus obras? 

Yo no creo que la Iglesia Católica me dé tanta importancia, y en París, mucho menos.  La gente piensa en sexo todo el día, pero no como algo tan prohibido.  Si se está pensando en sexo todo el tiempo, qué más se puede hacer.

 

¿Qué nos puede hablar del por usted tan mencionado “problema literario de lo visual”? 

¿Por qué es un problema?   

 

Influencias literarias en su obra 

Samuel Becket, Oscar Wilde, Gertrude Stein...

 

¿Qué siente cuando la gente asocia a su obra el apelativo de “fálica”? 

Si tú pones un falo en una obra, la gente no ve nada más.  En el cine, muestran mujeres desnudas, pero muy muestran muy pocos hombres, y cómo será la fuerza, la magia, el misterio que representa un pene, que en muchas civilizaciones, en la mayoría, lo muestran menos. 

 

Usted fue uno de los primeros en trabajar con una nueva visión de la figura humana: le encuentra la belleza y el arte a cada parte del cuerpo y la pinta de un color distinto. ¿Cuál es su objetivo, con esta nueva estética? 

En mi escultura, la estilización de la figura, es la simplificación de la misma.  No tiene caras, porque si tú pones una cara en una escultura, la limitas.  Yo quiero que represente más al hombre universal, al ser humano, no al de ojos grandes o chiquitos...  “Menos es más”, dicen en los Estados Unidos. La gente se fascina por la belleza del cuerpo y yo no quiero que la gente mire eso en mi obra, eso es una distracción.  Yo quiero que la gente vea lo que es el espacio en el universo que es el ser humano, no por su físico bonito.  Mi escultura siguió a la época de mis pinturas grises y yo con la escultura buscaba el silencio de los colores.

 

El famoso autor del “Boom Latinoamercano” José Donoso dice que usted viene del surrealismo más genuino.  ¿Cómo se ha servido del color, para que en su obra estalle ese depósito de imágenes fijadas en su subconsciente? 

Nosotros vivimos, en todos los momentos en que tenemos los ojos abiertos, en un mundo de color.  Todo lo creemos en color.  Tal vez uno pueda empezar, como el cine, en blanco y negro, pero para llegar al máximo de expresión que uno busca, es importante el color.   El color es lo que yo uso, sobre todo, en la escultura.  Es mucho más, en vez de soplar, inhalar.  Es algo más suave.

 

Usted estuvo  en Chile, participando en el famoso evento artístico de “Los cuerpos pintados”, organizado por Roberto Edwards, y con su obra se publicó un bello libro.  Háblenos acerca de la particular estética que usted escogió para este experimento. 

A mí, desde pequeño, desde que vi “El mago de Oz”, me fascinan los enanos, entonces, decidí hacer mi trabajo con enanos como modelos.  Yo hice 4 viajes a Chile, y en cada viaje, uno se sentía más cómodo.  Tuve que utilizar enanos hombres, porque fue muy difícil encontrar enanas, porque se sentían incómodas, pues tenían que andar desnudas, delante de 20 personas. 

 

Hablemos de la relación pintura-escultura, en su obra, de cómo usted aligera los materiales, tan pesados, que se vuelven livianos, por el color que les aplica. 

Es interesante la pregunta.   Había un escultor de California, bastante conocido allá, Steven Steiner, y resulta que, durante uno de mis viajes a California, para visitar a mi familia, él estaba exponiendo en una galería en San Francisco, y vi cómo él utilizaba mucho color en sus bronces, lo cual admiré mucho.  Él hacía, además, pintura directa sobre bronce, con una pintura especial para bronce, y yo vi eso, y cuando empecé a hacer mi escultura, vi que él lograba los colores que quería y quise llevar a la escultura los colores de mis pinturas. 

 

¿Para ser pintor hay que usar pinturas? 

Es una pregunta demasiado intelectual.  No sé.  En el mundo de afuera, de la gente que siente el derecho de criticar como oficio, los que están enredados en el tema conceptual, de pronto ellos dirían que no.  Uno puede hacer pintura y no ser artista.  Uno puede conocer muy bien el oficio y la técnica, la artesanía de pintar, pero eso no quiere decir que uno tenga un idioma o un alfabeto que exprese algo especial.  

 

¿Cómo con el color se puede crear poesía, como con las palabras? 

Como Rimbaud, que decía: “Yo inventé el color de las vocales”, pero yo no soy tan genial como Rimbaud: yo soy un pobre pintor portugués que pinta paisajes por poca plata, para poder pasear por París.

 

Cada objeto tiene una función determinada en nuestra vida cotidiana. ¿Cómo en su obra, el objeto pierde su función y se transforma en una obra de Arte? 

Tú estás tomando por hecho que lo que yo hago es Arte.  Yo no sé si se pueda poner eso en cuestión.  Yo simplemente hago mi trabajo, que es muy íntimo.  Yo no lo hago para un mercado.  Yo no he hecho mi trabajo para el público, sobre todo en el de los años 60 y 70, que explicaba visualmente el sexo, cuando eso no se hacía.

 

Eduardo Serrano dice que usted, después de haberse dedicado a la escultura, ha regresado a la pintura “con colores sombríos, mustios, aplicados con cuidado y suavidad”.  ¿Qué opina de esta aseveración? 

Pues habría que preguntarle a él. 

 

¿Por qué ha optado por la escogencia del color mate en su obra? ¿Qué resalta con los colores mates? 

En mi escultura, contrario a los artistas tradicionales, que no asocian casi el color con la escultura, se usa el color en cantidades, para expresar una manera de ver y de vivir mía propia.  Yo busco una paz, soledad, melancolía, nostalgia, por ellos.  Sin embargo, en mi pintura, la idea es otra: es como tener otro armario en la cabeza.  Yo he ido abriendo y cerrando armarios en mi cabeza, y unos tienen necesidad de decir una cosa, y otros, otra. 

 

¿Piensa que  el vanguardismo que, desde los años 80, ha aparecido, en nuestros salones y universidades es vacío, o sin sentido? 

Eso es más por moda, que por cualquier otra cosa.  El hombre siempre será el hombre y ahora se quiere presentar al artista como a un ser raro o diferente, lo cual ayuda al mercadeo del Arte, a la publicidad. 

 

 

 

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2 agosto 2009 7 02 /08 /agosto /2009 13:11

 

Este nuevo libro recuenta los hechos subrepticios que llevaron a la desmembración de nuestro país, en 1903

 

                                                     José Jaramillo Alzate, Sergio Esteban Vélez, Darío Ruiz
                                                     Gómez y José Alvear Sanín.  Medellín, 2008



 SERGIO ESTEBAN VÈLEZ

 El Mundo, 19 de octubre de 2008 

El columnista de EL MUNDO, José Alvear Sanín, sondea los factores de la crisis que desencadenó para Colombia la pérdida definitiva del Istmo de Panamá

 "Los espectros de Panamá” es la más reciente publicación del editor y escritor José Alvear Sanín.  En esta obra, “recuerda el inicuo despojo que privó a Colombia de su territorio estratégicamente más valioso por su posición privilegiada dentro de las principales rutas del comercio mundial”.


Su inquietud por el tema, según comenta Alvear, nació de una conversación con su amigo, el expresidente Alfonso López Michelsen, apasionado de este asunto, quien cuestionaba a cuánto equivaldría, en términos actuales, la indemnización que Colombia recibió  tras “el zarpazo gringo”.


El autor se dedicó, entonces, a leer, analizar y comparar la bibliografía existente sobre este polémico asunto histórico, y de allí surgió este libro, en el cual Alvear, famoso por “no tragar entero”, reproduce sus conclusiones acerca de los actos corruptos que se disimularon en aquel entonces y de la injusticia con la cual, según el autor, el presidente Marroquín pasó a la Historia.


El libro, bellamente editado por Alvear-Editor trae, además, ilustraciones de los principales hechos y personajes clave en aquellos sucesos.

 
 ¿Por qué es importante, después de 106 años, retomar el tema de la pérdida de Panamá?

 El pasado es muy importante y no hay ningún tema que no merezca ser analizado.  Es conveniente mirar esta historia para darnos cuenta de lo que habríamos podido ser si no hubiéramos perdido a Panamá.  Perdimos el 8% de nuestro territorio y aproximadamente el 9% de nuestra población, una posición clave geoestratégica en el mundo y una influencia que habría podido ser grande en el comercio mundial.  

  
Algunos dicen que si Panamá no se hubiera independizado, no habría pasado de ser una provincia abandonada, como el Chocó…

 Eso nadie lo sabe, pero probablemente habría seguido siendo una provincia muy importante de Colombia y en ningún caso habría estado peor que la Costa Atlántica Colombiana, que tiene apreciable actividad económica. 

El atraso de Colombia en 1903 era muy grande, pero aun habiendo perdido a Panamá, Colombia se ha desarrollado prodigiosamente.  Si no hubiéramos perdido a Panamá, seguramente el progreso de Colombia habría sido mucho mayor en todo sentido.

 
¿Si no se hubiera desatado la intempestiva independencia de Panamá, cómo cree que habría avanzado la construcción del Canal?

 Yo no creo que Panamá se hubiera independizado nunca: simplemente pasó de ser una provincia de Colombia, a un enclave colonial de los Estados Unidos, una república títere.  Hizo muy mal negocio.  Puede ser que eso haya traído prosperidad a algunas personas de las clases adineradas de ese país, pero el pueblo panameño no ha tenido mayor participación en esa riqueza.   A unos pocos kilómetros de la ciudad de Panamá, que es muy bonita y muy moderna, usted se encuentra un país mucho más atrasado que Colombia.  

 
Los panameños argumentan que nunca fueron colombianos, pues en los mapas iniciales de las colonias
españolas, Panamá no pertenecía a la Nueva Granada…

 Eso es un argumento a posteriori, sin importancia.  Todos nuestros países eran parte de la Monarquía Española y, cuando sobrevino la Independencia, los panameños decidieron unirse a Colombia.  En ese momento, ellos no tenían ninguna identidad nacional.

 
Entre los textos en los que usted se basó para esta investigación, destaca el libro “Historia crítica del atraco yanqui mal llamado en Colombia La Pérdida de Panamá y en Panamá, nuestra independencia de Colombia, del prohombre panameño Òscar Terán…

 Ese es un libro infortunadamente muy poco conocido.  Terán no es un prohombre panameño, sino colombiano, porque aunque él nunca dejó de vivir en Panamá, nunca dejó de ser colombiano.  Y, desde su punto de vista colombiano, escribió un libro monumental, de más de 600 páginas, en que demuestra, punto por punto, todas las maquinaciones y todos los chanchullos que condujeron a la denominada independencia de Panamá, que es un atraco. 

Lo más interesante es que, en el año 2003, un joven panameño, Ovidio

Díaz-Espino, hizo una investigación sobre esa independencia, desde los archivos del Morgan Bank, en el cual él trabajaba.  Allá, descubrió todas las componendas y enjuagues que Terán había revelado 75 años antes. 

La lectura de estos dos libros produce una admirable concordancia entre ambas investigaciones: la del colombiano fiel a su república, y la del panameño que descubre todos los engaños y mentiras que se han tejido en Panamá, desde 1903, para justificar lo que ocurrió y para disimular el origen de las fortunas de los prohombres panameños, de aquellos que vendieron el Canal de Panamá por unas pocas monedas, y sobre las cuales edificaron fortunas muy grandes.

 
Estas investigaciones aseguran, además, que los ocho “padres de Panamá”, fueron “comprados” por los Estados Unidos…

 Evidentemente, estos señores recibieron una paga y, además, se apoderaron de la tesorería panameña.  Esas ocho familias han gobernado a Panamá y la han explotado, como una cleptocracia hereditaria que sólo ha estado separada del poder durante los gobiernos igualmente inicuos de Torrijos y de Noriega. 

La suerte de Panamá ha sido muy triste.  Si Colombia ha sido un país con problemas graves de corrupción, Panamá siempre ha sido una cueva de ladrones y un nido de contrabandistas.

 
Usted, en su libro, deja muy mal parado a don Miguel Antonio Caro y deja ver que, indirectamente, el anhelo infinito de poder de éste, dio como resultado la crisis nacional que produjo la pérdida de Panamá…

 Admiro mucho a Caro pero discrepo de muchas de sus actuaciones, Caro tenía un deseo eterno de reelección y trató de regresar al poder por el atajo de la presidencia del anciano Sanclemente y del aparentemente desinteresado Marroquín, pero eso le falló, porque ambos ancianos se amañaron en el puesto y le voltearon la espalda. 

Se ha dicho que la oposición de Caro a la aprobación en el Senado del Tratado Herrán – Hay produjo la separación de Panamá, pero realmente esa decisión del Senado fue unánime cuando se conocieron las presiones inadmisibles de los Estados Unidos, que querían imponer sus condiciones a cambio de la concesión del Canal de Panamá, que fueron juzgadas por Colombia como compensaciones insuficientes.  El gobierno colombiano lo que buscó fue que los Estados Unidos ofrecieran una compensación mas razonable. Ellos ignoraban que el presidente Roosevelt estuviera dispuesto a desconocer los tratados suscritos entre Colombia y los Estados Unidos sobre la integridad territorial, y a ignorar la Ley Spooner, que los obligaba a construir el canal por Nicaragua si no podía entenderse con Colombia. 

En nuestro país ha habido una lamentable equivocación, pues se ha insinuado permanentemente que Panamá se perdió por culpa del gobierno colombiano, pero Panamá se perdió fue por la decisión fría y deliberada del presidente Roosevelt.  Esto sería como culpar hoy al gobierno de Georgia, de la invasión rusa.  ¿Qué posibilidades tiene de oponerse el gobierno de un país atrasado y bien pobre, como era Colombia en ese entonces, a la voluntad imperial de un país próspero, importante y en pleno ascenso, como eran los Estados Unidos, en 1903?.  Esa fue una decisión imperial.

Pero, de todos modos, yo soy más radical. Creo que, si no se hubiera podido conseguir una negociación más favorable a Colombia, habría sido preferible que los gringos hubieran hecho el canal por Nicaragua, a que desmembraran nuestro territorio.


Usted compara, en su libro, el carácter del presidente Roosevelt y el del presidente Marroquín, y hace ver que las actitudes de don José Manuel no fueron tan inadecuadas como pretenden mostrarlas los historiadores…

Contra Marroquín se ha hecho una gavilla infame.  Él es un personaje lleno de contradicciones, pero hizo lo que pudo y, contrario a lo que se dice, no ignoraba lo que estaba en juego.  Él tenía ante sus ojos un extraordinario estudio, muy bien documentado, sobre el asunto del Canal, que había escrito su hijo Lorenzo.  Ese libro se llama “El Canal”, y siempre ha sido ignorado por los historiadores colombianos, incluyendo a Lemaitre, que disimula la conducta equivocada de Rafael Reyes en la crisis de Panamá.

 
¿Qué piensa de los rumores de entonces acerca de la corrupción del señor Marroquín y su familia?

Cuando Marroquín muere, en 1908, es llorado unánnimemente en Colombia, por su corrección y su vida limpia.  Las acusaciones contra Marroquín son, fundamentalmente, del general Pedro Nel Ospina y no parecen sólidas.  Yo respeto mucho a Ospina, que fue un gran presidente en su momento, pero su actitud con Marroquín es difícil de entender, tal vez desleal y contrasta mucho con la generosidad con que Marroquín lo perdona y le confía misiones de mucha importancia una vez se produce la separación de Panamá.


Hablemos de la importancia estratégica de la construcción del Canal, para las comunicaciones entre la Costa Este y la Oeste de los Estados Unidos…

El Canal era fundamental para la integración de los Estados Unidos como potencia económica. Por eso, ese país nunca fue ajeno al tema del Canal.  Primero construyeron el ferrocarril de Colón a Panamá, y luego el Canal, que fue siempre una prioridad para ellos.


Si el Liberalismo fue, según algunos, el que desencadenó La Guerra de los Mil Días, cuáles podrían ser las responsabilidades de ese partido en la crisis nacional que llevó a la pérdida de Panamá…

Cuando sobreviene la pérdida de Panamá, el Partido Liberal es solidario con el Gobierno.  Aunque no tuvo mucha influencia en las decisiones al respecto, lo grave es que la división liberal ocasionó la Guerra de los Mil Días: Uribe Uribe le impuso la guerra a la mayoría pacifista del partido, y de esa guerra resultó un debilitamiento terrible de Colombia en todos los órdenes, que facilitó el zarpazo de Roosevelt.


FRASE DESTACADA:


“Tras la pérdida de Panamá, la dignidad de Colombia exigía por lo menos romper relaciones con los Estados Unidos, pero ni siquiera de ese gesto fuimos capaces”.



EL AUTOR

HUMANISTA POLIFACÈTICO


Para la articulación de las problemáticas tratadas en este libro, Alvear se valió de los variados conocimientos que ha acopiado a lo largo de toda una vida. Es experto en Administración Pública, con estudios de Planeación Económica en la London School of Economics y la Universidad de Alcalá de Henares, y en Administración Educativa en la Universidad de Reading.   Proveniente de una familia reconocida por sus valores cívicos, incursionó en la actividad pública como jefe de Catastro, secretario general de la Alcaldía de Medellín, concejal de nuestra ciudad y miembro de las Juntas de Valorización y Planeación de la misma.  Siempre interesado en la Educación, ha sido director regional del Icetex y editor de textos didácticos.

Ha sido columnista de El Tiempo, El Colombiano y, desde hace más de15 años, de EL MUNDO.  Entre sus libros destaca “El Negocio del Metro” (Premio Diners de Periodismo Económico, 1991).

Es autor, además, del “Manual del Río Magdalena” y de una biografía del presidente Mariano Ospina Pérez.  Su monumental libro ”Transporte e Infraestructura en Colombia, 1492 - 2007” está listo para ser publicado por los Ministerios de Transporte y Cultura, en la Imprenta Nacional.  

 

 

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