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  • : El blog de Sergio Esteban Vélez
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  • : En este sitio, la cultura es protagonista. Se puede apreciar lo mejor del arte y de la literatura colombiana, a través de entrevistas a sus mayores representantes y de más de un centenar de artículos sobre el trabajo de los mismos. También hay un espacio para la Historia, la Política y la Lingüística, además de una compilación de la obra poética que el autor ha desarrollado desde su niñez, cuando ya publicaba libros y era admirado en su país como "el Niño Poeta".
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Guerra, Padura y Manet

17 mayo 2009 7 17 /05 /mayo /2009 03:41
El Mundo, 5 de Septiembre de 2007

SERGIO ESTEBAN VÉLEZ

Si algún periódico ha rendido ho-menaje a Alberto Lleras Camargo ha sido EL MUNDO, cuyo director, el doctor Guillermo Gaviria E., es uno de los mayores conocedores y divulgadores de la vida de este patriota liberal; por eso me ha extrañado que este diario (al igual que la mayoría de los demás medios de comunicación) haya guardado silencio ante el reciente fallecimiento de su viuda, doña Bertha Puga.

Con el deceso, en Bogotá, de esta longeva (98 años) ex primera dama, se nos ha ido uno de los mayores testigos de muchos de los hechos principales de la historia política colombiana del siglo XX.

Bertha Puga Martínez nació en Temuco, Chile, en 1909. Hija del general y diplomático Arturo Puga, quien presidió la Junta Militar que, en 1932, en un levantamiento castrense, provocó la renuncia del presidente chileno Juan E. Montero y estableció la llamada “República Socialista”, cuya figura principal fue el prócer M. Grove. Este nuevo gobierno dispuso una serie de medidas de carácter social, que hicieron que captara la simpatía popular, pese a lo cual sólo duró 100 días.

En el momento del fugaz mandato de su padre, doña Bertha llevaba ya un año de matrimonio con el prometedor líder bogotano Alberto Lleras C., a quien conoció, cuando su padre detentó la embajada chilena en Bogotá. Con la boda, ella logró apartarlo de la bohemia intelectual capitalina y lo afirmó en su vocación política y periodística.

Ella fue su soporte y su mejor consejera, en sus dos formidables gobiernos (1945 - 46, 58 - 62) y en los momentos críticos de la patria que le tocó afrontar, en épocas de la violencia partidista y de la dictadura, y fue su gran compañera y una ingente activista, en la estrategia de unidad nacional que dio como resultado la restauración del orden democrático. Podría decirse que fue coautora de muchas de las ideas y obras que convirtieron a Lleras Camargo en uno de los estadistas más significativos de nuestra nación, en toda su historia.

A pesar de su nacionalidad chilena, fue una extraordinaria embajadora de la colombianidad, cuando su esposo asumió altos destinos globales, como la Secretaría General de la OEA, y cuando debió asir la representación de la patria ante el Orbe, como cuando, por ejemplo, atendió impolutamente al presidente Kennedy y su esposa, durante su memorable visita a Bogotá.

Asumió su papel de Primera Dama, con inteligencia, sobriedad y suma discreción y seriedad y se apropió de diversos proyectos sociales, que se sumaron al impactante programa educativo de Lleras C., en tiempos de la Alianza para el Progreso.

Cuentan sus allegados que era ella quien manejaba las finanzas de la familia, para dar oportunidad a que su esposo, ajeno a los intereses monetarios personales, pudiese dedicarse plenamente al direccionamiento del desarrollo del país.

Acorde con los principios que aprendió de su padre y compartió con su excepcional marido, inculcó en sus hijos los valores del liberalismo social (pluralista y progresista), “esa vertiente del pensamiento liberal -y actitud de vida- amiga de la discusión, pero consciente de las contradicciones que deben asumirse e intentar conciliarse mediante acuerdos en el campo de la democracia, pero sin pretender someter a todos exclusivamente a los intereses de la mayoría” (como dice Clara López O., nieta de A. López Pumarejo, gran conductor de la actuación política de A. Lleras). Fue así como, fiel a estos elevados valores y a la defensa de las libertades individuales, apoyó y alentó a hijos y a nietos para que no se dejasen inhibir por los ataques de la pacata sociedad bogotana (que puso el grito en el cielo), cuando su hijo Alberto Lleras Puga contrajo matrimonio con la popular cantante Matilde Díaz; ni cuando Consuelo Lleras Puga se casó con un líder maoísta (Ricardo Samper C.) y, en el plano sociológico, asumió la defensa del derecho de las mujeres a decidir sobre su cuerpo; ni cuando el nieto preferido, Felipe Zuleta Lleras, donó sus bienes a una fundación para enfermos de VIH y viajó a Canadá, para casarse con su novio.

Según anota el nóbel García Márquez, en el prólogo de las memorias de Lleras C., en sus últimos años de matrimonio, doña Bertha y el venerable ex presidente (que murió en 1990) “Cultivaban rosas en el jardín de su finca en Chía, vigilaban sus 2 vacas lecheras, y en tardes de buen tiempo iba él solo, en bicicleta, a recoger su correo de medio mundo, en la oficina postal (...) Con frecuencia almorzaban en familia, con hijos y nietos y con amigos muy escogidos”.

En sus 17 años de viudez, nunca dejó de ser el centro de la unidad familiar, de expresar sus opiniones acerca de los problemas del país y de propagar la memoria de su esposo, a quien Colombia entera ha homenajeado, este año, en el centenario de su nacimiento. Paz en sus tumbas.

 

 


http://www.elmundo.com/sitio/noticia_detalle.php?idcuerpo=1&dscuerpo=Sección%20A&idseccion=3&dsseccion=Opinión&idnoticia=63388&imagen=&vl=1&r=buscador.php&idedicion=736
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17 mayo 2009 7 17 /05 /mayo /2009 03:35
El Mundo, 28 de Agosto de 2007

SERGIO ESTEBAN VÉLEZ

He recibido diversos comentarios de adhesión a las preocupaciones que manifesté en mi pasada columna, por los contratos que firmó la Alcaldía, por más de 70.000 millones, para la erección de los esperpentos que resultaron ser los masivos búnkeres que han llamado Parques Bibliotecas, que no tienen ni árboles ni libros ni apropiación por parte de la comunidad y de los que nadie puede comprender por qué eran necesarios tan excesivos volúmenes en costoso concreto (el metro cuadrado salió más oneroso que en cualquiera de los lujosos edificios de la Milla de Oro).

Muchas personas no habían caído en la cuenta de la manipulación mediática que en torno a estas edificaciones se ha gestado, la cual ha hecho que sean vistas como la gran maravilla de la “nueva ciudad” (según Fajardo, antes de su administración, en la guía de Medellín sólo había corrupción, ruindad y suciedad).

Sin embargo, mis interlocutores han coincidido en que, una vez despilfarrado tanto dinero en estas obras, es necesario encontrar soluciones para darles a estas un verdadero dinamismo de propulsión cultural, que justifique los millones del costo inicial y el mantenimiento mensual. Creemos que hay que empezar por suplir las dos grandes falencias que presentan: patrimonio ambiental y bibliográfico.

Es necesario que en los predios de estos “parques” se siembren cientos de árboles (no chamizos) que los hagan más amables para la comunidad y descontaminen el ambiente. Para este efecto, bien podría trasladarse a estos prados una parte de los miles de árboles que el Alcalde ha ordenado retirar de las avenidas 33, 30, Regional, 80, 45... y todos los demás lugares por donde ha pasado su motosierra.

Con urgencia, debe convocarse a un grupo de distinguidos humanistas, a una junta que se encargue de cranear estrategias para nutrir de libros estas bibliotecas, de lograr donaciones de entes internacionales y coleccionistas y empresas privadas y de, teniendo en cuenta que el espacio de las actuales salas de lectura es mínimo, asignarles esta función a los inmensos corredores que se han dejado como “no lugares”.

Lógicamente, las personas que comanden este proceso deben ser competentes para capitanear el tema de la calidad de las adquisiciones, pues mucho se ha hablado de cómo en algunas bibliotecas se han comprado los libros “al estilo mafioso”.

Por hacer una simple insinuación sobre la junta, antioqueños son dos de los mayores expertos latinoamericanos en proyección de megabibliotecas: Darío Jaramillo Agudelo y Jorge Orlando Melo. Asimismo, serían muy valiosos los aportes de Óscar Hernández y Alberto Aguirre, por el antecedente que, a continuación, presentaré.

A finales de los 50, cuando flotaba la idea de las casas de la cultura del ministro francés André Malraux; un grupo de entusiastas intelectuales nuestros, entre los que destacan M. Mejía Vallejo, C. Castro Saavedra, José Horacio Betancur, Luis Martel (fallecidos) y Alberto Aguirre y Óscar Hernández, fundó en Medellín la “Casa de la Cultura”, que funcionó en un local, en Perú con Bolívar. Como no tenían ningún respaldo económico externo, el alquiler del local debía ser pagado por los socios, de sus propios sueldos de periodistas y empleados.

Aquellos jóvenes cultores se dedicaron, entonces, al ambicioso cometido de crear bibliotecas populares en todos los barrios de la ciudad y, para tal efecto, establecieron comités en las diversas comunas y organizaron reinados, eventos culturales y pequeños festivales (con venta de empanadas), para recoger fondos para el incipiente proyecto. Simultáneamente, hicieron una gran campaña para incentivar la donación de libros (con premios especiales, por ejemplo, para la cuadra que más donara) y acudieron a personas claves en los barrios, para que prestaran salones de sus casas, para el funcionamiento de las bibliotecas.

Al final, habían logrado fundar casi 30 bibliotecas, con las uñas, sin un centavo y no sólo sin el apoyo del gobierno, sino pese a la persecución del mismo, que los consideraba “intelectuales de izquierda”. Como podría esperarse, pasados unos años, tuvieron que dejar de un lado tan nobles ideales y dedicarse a sostener a sus familias.

¿Qué no habrían hecho estos titanes, con los 70.000 millones del presupuesto de los búnker-bibliotecas?

Otro ejemplo deslumbrante es el del maestro Luis Uribe Bueno, quien, en los años 70, como director de Extensión Cultural de la Gobernación y con un precario presupuesto, creó más de 80 bibliotecas en municipios antioqueños y prestó ayuda técnica a otras 68 (sin contar las 56 bandas musicales que creó y los 40 himnos que compuso para los municipios) ¡Y así el Alcalde dice que aquí, antes de él, sólo había líderes pestilentes! ¿Qué opinan ustedes?

 

 


http://www.elmundo.com/sitio/noticia_detalle.php?idcuerpo=1&dscuerpo=Sección%20A&idseccion=3&dsseccion=Opinión&idnoticia=62672&imagen=&vl=1&r=buscador.php&idedicion=727
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17 mayo 2009 7 17 /05 /mayo /2009 03:34
El Mundo, 16 de Agosto de 2007

SERGIO ESTEBAN VÉLEZ

Hace unas semanas, en mi papel de anfitrión de un destacado columnista del Sur del Continente, lo llevé a conocer los sitios más interesantes de Medellín, en los que incluimos los parques bibliotecas que estrena la ciudad. Y, luego de examinarlos y explorarlos, mi amigo columnista exclamó:

“¡Pero si no son ni parques ni bibliotecas! No son parques, porque no tienen árboles, y no son bibliotecas, porque no tienen libros”.

Ante tal afirmación, cualquier paisa chauvinista podría sentir herido el orgullo recientemente inflamado por la inauguración de estos nuevos referentes de la ciudad, pero, si los visita y les hace una valoración objetiva, muy probablemente terminará de acuerdo con el crítico evaluador.

Con una inversión de más de 40.000 millones de pesos (dineros de EPM), se pensaría que estos lugares podrían convertirse en grandes propulsores de la Cultura en nuestros barrios. Sin embargo, sólo nos encontramos, aparte de los inmensos y vacíos corredores de concreto sin estucar y de las ludotecas, con unas grandes salas llenas de computadores y con otras muy pequeñas, con muy pocos libros (muchos de ellos no muy aptos para quien apenas se inicia en el camino de la pasión por la lectura). La biblioteca más robustecida es la de La Ladera, con 7.846 libros (la de cualquier colegio de clase media es más completa).

En pos de compararlas con las de Bogotá, me tomé el trabajo, antes de escribir esta columna, de visitar las nuevas megabibliotecas bogotanas y, para sorpresa mía, que pensaba que estas eran las inspiradoras de los parques bibliotecas, me encontré con unas edificaciones maravillosas, con salas y más salas de libros de todas las temáticas. La menor de ellas, la Virgilio Barco (con 15 floridas hectáreas y una inversión equivalente a la de dos de los parques bibliotecas) cuenta con más de 89.000 volúmenes y 115.502 usuarios, al mes. ¡Ustedes podrán juzgar!

En un caso como este, uno podría preguntarse si valía la pena hacer una inversión de tal envergadura, en un parque biblioteca sin libros y sin árboles, en Santo Domingo Savio, en vez de instalar muros de contención, en aquella montaña, de la cual tantas casas se están cayendo.

Las zonas “campestres” de estas construcciones, más parecen patios, que parques, y, en el caso de la de La Ladera, es difícil que tanto cemento crudo logre borrar la imagen depresiva que la comunidad tiene del lugar donde quedaba una prisión.

Si sabemos que la Arquitectura debe abordarse teniendo en cuenta una relación espacio-histórica-temporal, estas edificaciones, que parecen containers o bases militares, habrían podido hacerse con un diseño y unos materiales más propios de nuestra historia y de nuestra identidad. ¿Qué necesidad había de gastar millonadas, en moles de concreto de diseño antiestético y poco práctico?

Con esos recursos, si el Alcalde quería nuevos parques, habría podido comprar manzanas enteras, en los lugares más contaminados de la ciudad, y llenarlas de frondosa vegetación, o adquirir algunos de los pocos predios arborizados privados que quedan en esta urbe, para convertirlos en parques, antes de que los arrasen para levantar edificios, y, si quería bibliotecas, habría podido perfectamente construir más de 100, en diversos sectores de nuestras comunas, a un precio de 400 millones cada una. (¡Una biblioteca de 400 millones es sumamente buena!) Sin duda, las comunidades afianzarían un mucho mayor sentido de pertenencia frente a estas bibliotecas barriales.

Sin embargo, nuestra gente más humilde cuenta ya con una formidable red de bibliotecas públicas con magníficas colecciones que pueden utilizar y aprovechar. Están la Biblioteca Pública Piloto (la segunda más importante del país) y sus 6 filiales, las 3 bibliotecas populares, las 8 de la Secretaría de Cultura y las 12 del Área Metropolitana. Sin contar las excelentes bibliotecas que diversas entidades privadas han abierto para la comunidad. Las de Comfenalco, por ejemplo, son muy desarrolladas y viven repletas. Y ni hablar de las de Comfama, ¡que tienen más de 270.000 volúmenes! Nuestros niños y jóvenes, por su parte, se han visto beneficiados, desde hace muchos años, por las nutridas bibliotecas que hay en cada uno de los colegios públicos de la ciudad.

Y en cuanto a la apropiación que la comunidad está teniendo de los parques bibliotecas, me comentaba una escritora que, cuando se disponía a donar algunos libros para uno de ellos, indagó a la bibliotecaria, al ver la sala de lectura absolutamente vacía, sobre la regularidad y calidad de los lectores de la misma, a lo cual le respondió: “Aquí vienen los niños, a la ludoteca; algunos muchachos, a ver páginas de internet, y unos pocos ancianos, a leer sólo la prensa”.

http://www.elmundo.com/sitio/noticia_detalle.php?idcuerpo=1&dscuerpo=Sección%20A&idseccion=3&dsseccion=Opinión&idnoticia=61578&imagen=&vl=1&r=buscador.php&idedicion=715

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17 mayo 2009 7 17 /05 /mayo /2009 03:31
El Mundo, 9 de agosto de 2007

SERGIO ESTEBAN VÉLEZ

El próximo 12 de agosto se celebrará el cincuentenario del Desfile de Silleteros, aunque lo tradicional ha sido que se realice el 7 del mismo mes. Y la fecha no ha sido lo único que la Administración le ha modificado este año. También lo mudó de ruta, hacia el sector de Laureles (menos mal, nuestros visitantes no tendrán que ver el adefesio de las “Pirámides” de la Oriental, escenario habitual de esta florida procesión).

Afortunadamente, en esta versión, este espectáculo no será a mediodía, como en otros años, sino a las tres de la tarde, aunque la gente deberá llegar desde la una, para poder asegurar una buena visibilidad. De todos modos, para los miles de espectadores será un martirio tener que aguantar más de 3 horas parados, cuasi inmóviles ante los afilados rayos del sol en su apogeo. Las personas se agotan, sufren daños en la piel, se ponen de mal humor. Las multitudes incontroladamente se agolpan, se revuelcan, se pisan, se patean. Y, peor aún, ¿cómo se les ocurre a los concurrentes llevar bebés a tal desasosiego?

Pero sobre todo, me preocupa el sacrificio de los silleteros, que, para llegar al desfile a tiempo, deben prescindir de sus horas de sueño, para enfrentarse luego a jornadas sobrehumanas, muchas veces de más de 2 días sin descansar confeccionando sus silletas (y, muchos de ellos, bebiendo aguardiente sin parar). Después, se enfrentan a la tortuosa carretera que los lleva a Medellín, donde, como el toro en la fiesta brava, se convierten en los protagonistas del carnaval que tanto hace reír a las gentes, que no sienten vergüenza ni compasión ante estos pobres niños y ancianos cuasianalfebetas, que, por su propia ignorancia, se auto obligan a cargar, por más de 20 cuadras, las hermosas silletas, que son más grandes que ellos y muchas veces pesan más de 100 kilos. Nadie ha pensado en el hecho de que, con el paso de los años, este esfuerzo puede traerles severos traumas físicos. Algunos podrían pensar que estas gentes hacen tal sacrificio a la espera de algún pago económico que retribuya su heroísmo. Pero no, hacen las silletas a pérdida, lo que significa mucho para estas familias que no gozan siquiera de las más básicas comodidades de la vida civilizada. El premio que reciben es el aplauso momentáneo del gentío que los contempla (el mismo que después los olvida). Porque, a pesar de la exaltación que del silletero han hecho nuestros emblemáticos M. Mejía Vallejo, L. Uribe Bueno y Ramón Vásquez, son muy escasos el respaldo y la ayuda social que la comunidad medellinense les brinda. Sería preferible que la Administración se consagrara a mejorar las condiciones de vida de estas humildes gentes y a educarlas, en vez de gastar miles de millones en la organización de esta inconsecuente feria.

En medio de los silleteros, se exhiben diversas manifestaciones folclóricas de delegaciones que bailan, a lo largo de todo el recorrido. Una de estas danzas, de la que nos enorgullecemos y que se presenta casi todos los años, muestra a varios campesinos peleando con machetes, exaltando la terrible realidad de nuestros campos, donde la gente se mata a machetazos por cualquier nimiedad. (El Ballet Folclórico de Antioquia, en su último espectáculo, en París, presentó un largo cuadro dancístico de campesinos antioqueños peleando con machetes, esposos y esposas persiguiéndose con armas cortopunzantes, borrachos...) ¿Será ésta la imagen que queremos proyectar de Antioquia? ¿Será esta tradición equiparable a lo que para el mundo representan antioqueños como Fernando Botero, Tomás Carrasquilla, P. Barba Jacob, León de Greiff, Fernando González o F. A. Cano?

No podemos olvidar que del corregimiento silletero surgió Blas Emilio Atehortúa, uno de los principales compositores modernos de América Latina.

¡Qué extraordinario sería que nuestro pueblo fuera tan entusiasta con la alta cultura! Duele pensar que una ciudad industrial tan rica como Medellín no tenga una verdadera organización operística, cuando en ciudades de bloqueada economía, como La Habana, hay más de 9 montajes al año. Es inaudito el escaso apoyo que ofrecen nuestros gobiernos a los creadores artísticos y literarios. Deberíamos enseñar a escolares y público a disfrutar y buscar el placer de la lectura. Si Antioquia quiere ser verdaderamente sobresaliente, debe invertir su dinero y su energía, no en cabalgatas que dejan decenas de caballos muertos y en tablados vallenatos y carnavales improductivos que fomentan el consumo de alcohol y la preferencia por una cultura ordinaria, sino en procesos que nos lleven a ser una ciudad cosmopolita y pluralista, que procure estar al día en cultura y civilidad y pueda, por fin, borrar la difundida imagen del antioqueño embaucador, vicioso, violento, machetero e ignorante.

 

 


http://www.elmundo.com/sitio/noticia_detalle.php?idcuerpo=1&dscuerpo=Sección%20A&idseccion=3&dsseccion=Opinión&idnoticia=60965&imagen=&vl=1&r=buscador.php&idedicion=708
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17 mayo 2009 7 17 /05 /mayo /2009 03:28


Monseñor Juan Botero Restrepo, el ex ministro Octavio Arizmendi Posada, Agustín Jaramillo
Londoño y Sergio Esteban Vélez, durante el homenaje que la Academia Antioqueña de Letras rindió a
Monseñor Botero, en el Club Unión de Medellín, con motivo de sus ochenta años de edad. 
El orador solemne del día fue el poeta Sergio Esteban Vélez.


El Mundo,  24 de Julio de 2007

SERGIO ESTEBAN VÉLEZ

El mes pasado, se cumplieron 5 años del fallecimiento de Monseñor Juan Botero Restrepo, sin duda alguna uno de los antioqueños más meritorios del siglo XX. Cuando murió, en el 2002, ningún medio de comunicación registró el hecho, ni siquiera el prestigioso diario del que fue colaborador por más de 40 años.

A sus 82 años de edad (y con 60 de sacerdocio), había fundado 24 obras sociales, publicó más de 50 libros (especialmente de Historia), fue miembro de 21 academias nacionales e internacionales y culminó 3 carreras universitarias (una de ellas, Sociología, en la prestigiosa U. de Salamanca).

Más allá de su escasa palabra (que algunas veces se interpretó como ensimismamiento), poseía un gran poder de convicción y de transmisión del conocimiento, que utilizó brillantemente en sus múltiples cátedras en las universidades Bolivariana y de Antioquia, los seminarios Mayor, de Bogotá, y Conciliar, de Medellín, y en sus homilías diarias, que dejaban ver su erudición histórica.

Siempre mostró su personalidad ejecutiva, en los altos cargos que desempeñó, como los de director nacional de Protección Infantil (gobierno Rojas Pinilla), presidente y presidente honorario de la Academia Antioqueña de Historia, pro vicario general y canciller de las Arquidiócesis de Medellín y de Santa Marta.

Personalmente, trabajamos juntos en diversos proyectos culturales, especialmente en la fundación de la Academia Antioqueña de Letras. En 1997, quien escribe estas letras se dio cuenta de que Antioquia necesitaba una institución que se encargase debidamente de propulsar la Literatura, la Lingüística y las Humanidades y de velar por el perfeccionamiento del idiolecto de los antioqueños, tan deslucido hoy en día. La Academia Colombiana no ha sido amiga de formar capítulos regionales y se ha encasillado en un absurdo centralismo, lo cual ha hecho mínima su influencia en las pequeñas y medianas ciudades colombianas. Fue así como planeé un detallado proyecto institucional para la fundación de la Academia y acudí a quien en ese momento era el mayor experto en academias en Antioquia: el “Padre Juan”, como tantos le decíamos por cariño. Le expuse mis intenciones y le pedí que asumiera la dirección del proyecto. Su amor por la cultura y su vocación de servicio fueron mas grandes que sus dolencias físicas, por lo cual, a pesar de su delicado estado de salud, aceptó aquel nuevo reto.

Con su respaldo, el 7 de abril de 1997, luego de una convocatoria a varios intelectuales, fundamos la Academia Antio-queña de Letras y elegimos al Padre Juan como nuestro primer presidente.

Su primera labor fue conseguir la Sala Fundadores de la Academia Ant. de Historia, como sede de nuestra incipiente obra; mientras yo, director ejecutivo, a mis 13 años de edad, me encargaba de invitar a distinguidos culturólogos a nuestras sesiones y programas.

Bajo su dirección, organizamos homenajes a importantes cultores colombianos, se hicieron los actuales estatutos y fue llegando un grupo de notables humanistas que colaboró altamente en la estructuración de la Academia. Vale la pena mencionar que entre la nómina de fundadores figuran nombres cimeros como los de José Gutiérrez G., Joaquín Vallejo A., J. Rodríguez Arbeláez, Octavio Arizmendi P., Agustín Jaramillo L., Leonel Estrada, María E. Uribe de Estrada, Olga E. Mattei, Rocío Vélez de P. y otros varios, que fueron los mismos que consolidaron el formidable movimiento cultural antioqueño de la segunda mitad del s. XX.

El Padre Juan presidió la Academia, hasta 1999, cuando, argumentando motivos de salud, pidió no ser reelegido. Pasó, entonces, a ser presidente honorario y fue sucedido por el ex ministro Octavio Ariz-mendi P., otro inmenso colombiano que no merece la suerte del olvido.

Murió tranquilo, porque su vida fue diáfana, nunca perdió el tiempo, luchó siempre por los desamparados y logró cosechar sendas instituciones, como las Granjas Infantiles de Jesús Obrero, que fundó, en 1948, y para la cual adquirió una finca de 100 cuadras (hoy, acogen a 400 niños).
Con humildad, aceptó las condecoraciones que le otorgaron y se fue de la vida terrena satisfecho por haberle servido tanto a su prójimo y haber hecho tantos aportes a la cultura colombiana, como historiador, ensayista y columnista. Su hambre de conocimiento nunca cesó y, a pesar de las angustiosas dolencias de salud que padeció durante tantos años, nunca dejó de escribir y publicar sus libros, de celebrar diariamente la eucaristía (que fue su gran amor) y de participar en las numerosas sociedades y academias que se honraban al tenerlo entre sus miembros.

Hoy, Antioquia no puede dejar de rendirle el mayor homenaje, que es el de impedir que su recuerdo y su obra se desvanezcan.

 

 


http://www.elmundo.com/sitio/noticia_detalle.php?idcuerpo=1&dscuerpo=Sección%20A&idseccion=3&dsseccion=Opinión&idnoticia=59556&imagen=&vl=1&r=buscador.php&idedicion=692
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17 mayo 2009 7 17 /05 /mayo /2009 03:25

El Mundo, 10 de Julio de 2007 

SERGIO ESTEBAN VÉLEZ

En estos días, en que Colombia entera se ha unido y ha marchado para exigir la liberación de los secuestrados (y muy especialmente la del niño Emmanuel), es de la mayor urgencia que a este clamor unamos un grito de presión por el rescate de los niños enfilados por los grupos armados ilegales, esos impúberes prisioneros que no nos dejan vislumbrar un futuro de mayor armonía y equidad.

Al pensar en estos niños sin infancia, me parece conveniente hablar sobre el desgarrador y brutal panorama que nos muestra Guillermo González Uribe, en su libro “Los niños de la guerra”. La obra, que ganó en el año 2002 el Premio Planeta de Periodismo, es la compilación de una serie de entrevistas que hizo el autor a niños guerrilleros y paramilitares que han desertado de los grupos subversivos o han sido capturados en combate.

Once niños maltratados, destruidos psicológicamente relatan las experiencias de sus vidas y enseñan al lector la, para muchos desconocida, realidad del conflicto armado en nuestra patria. Son niños pobres, campesinos, cuasianalfabetas, generalmente víctimas de la violencia intrafamiliar y los demás gravísimos problemas que afectan a los estratos de la más infrahumana calidad de vida en el país. Se rememoran los abusos físicos que padecieron, las enfermedades y carencias; y se describen la alienación que les impusieron los grupos armados, las torturas mentales y espirituales, las múltiples experiencias sangrientas que los situaron prematuramente en el papel de adultos (y lo peor: ¡de despiadados asesinos!).

Estos muchachos, involucrados a la fuerza en la crueldad sacrílega, explican cómo aprendieron a familiarizarse con el olor a sangre, cómo consiguieron acostumbrarse a matar y torturar para después dormir plácidamente. Un adolescente paramilitar, entre sus muchas anécdotas, recuerda uno de los asesinatos de su grupo: “A ese man le pegaron una matada que nunca le habían hecho a alguien. Lo cogieron, lo amarraron, lo torturaron, le sacaron los dientes con un alicate, hasta que no quedó ni uno. Dentro de las uñas le metieron alfileres y a lo último le arrancaron las uñas y empezaron a quitarle partecita por partecita. Ya cuando empezó a agonizar, a lo último, lo metieron dentro de una caneca y le echaron llantas y gasolina, lo taparon y listo, se quemó”.

Con los ojos desorbitados, una jovencita, que fue paramilitar y guerrillera y que “quedó alérgica al color rojo por tanta sangre que vio”, manifiesta su angustia por los recuerdos dolorosos que retumban en su cerebro y no la dejan en paz: “Y me tocaba capar hombres. Uno les pone una bolsa plástica en la cara para que no miren lo que uno les está haciendo, para que sientan simplemente el dolor; luego los capa, los raja y les pega un tiro cuando se están muriendo del dolor. Por eso es que para mí es durísimo ahorita olvidar todo eso”.

Y, efectivamente, será demasiado difícil borrar la impronta que los grupos violentos han dejado en las profundidades psíquicas de los niños combatientes y de aquellos otros que están ahora en centros de resocialización y educación y buscan encontrar el camino recto, para algún día sentir que pueden mirar a los ojos a la comunidad (y a ellos mismos).

Esta vileza contra nuestros niños y su inclusión en esta guerra absurda son asuntos que, sin lugar a dudas, deben indignarnos e impulsarnos a hacer todo lo necesario por su recuperación. Por eso nos adherimos al mensaje de la poeta Olga Elena Mattei, que canta: “No lleves los niños a la guerra/ no fuerces a los niños/ a presentar su pecho/ por delante/ de tu sombra,/ no pongas/ fusiles en sus brazos,/ no los conviertas/ en escudos humanos./ Los niños son semilla/ de tu raza./ No les quemes/ su casa,/ no mutiles sus genes.../ ¡Déjalos crecer!/ ¡A ti mismo te darán más progreso/ vivos que muertos!/ No los entregues/ a explotar entre tus bombas./ Ayúdale al país/ a enseñarles matemáticas/ que multipliquen la riqueza/ de la siembra y la labranza/ y la dividan/ a conciencia./ ¡Déjalos que crezcan!/ Llevarán la bandera/ de esperanza.

http://www.elmundo.com/sitio/noticia_detalle.php?idcuerpo=1&dscuerpo=Sección%20A&idseccion=3&dsseccion=Opinión&idnoticia=58271&imagen=&vl=1&r=buscador.php&idedicion=678

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17 mayo 2009 7 17 /05 /mayo /2009 03:05
El Mundo, 27 de junio de 2007

SERGIO ESTEBAN VÉLEZ

Por estos días, Medellín vive su primer Festival Internacional de Tango. Eventos tan completos y bien organizados como este contribuyen a que esta ciudad, que desde hace más de 80 años ha venido acopiando un increíble acervo tanguístico, vaya avanzando en su posicionamiento internacional en este campo.

Es increíble que ninguna de nuestras administraciones haya hecho lo pertinente por aprovechar la inigualable tradición tanguera de Medellín (y su condición, como el lugar que dio a Gardel para la vida eterna), para su consolidación como Capital Mundial del Tango, categoría que, perfectamente, podría alternar con Buenos Aires.

Las clases populares de estas dos ciudades, en gran parte, han hecho, por decenios, catarsis de sus problemáticas, a través de las letras de los tangos, con las que se identifican.

Especialmente en Buenos Aires, tierra de hijos de inmigrantes nostálgicos. Allí, se forjó y desarrolló este ritmo, con todo el ambiente social y cultural que él produjo en gran parte de Occidente. A lo largo del siglo XX, el tango fue, sin lugar a dudas, el eje del orgullo de la nación gaucha, la cual, gracias a él, tuvo presencia en los grandes salones europeos. Hoy, Argentina, cuando está tratando de superar una grave tribulación económica (que, por lo general, en cualquier comunidad exacerba la necesidad de la búsqueda de elementos de autoestima y de unión patriótica), ha acudido de nuevo al tango, como elemento esencial de su patrimonio artístico y ha revivido el auge de interés por el mismo, lo que, como valor agregado, puede traer una fuente de ingresos monetarios, en varios sectores de la economía.

Alcanzan gran popularidad las orquestas que, en las plazas bonaerenses, tocan las piezas maestras de este ritmo, ante multitudes, y las clases gratuitas de tango que se dan a los turistas por doquier. Cuando se camina por calles emblemáticas como “La Florida”, es frecuente encontrar bandone-onistas y cantantes interpretando tangos metafísicos, como la “Balada para un loco”, de Piazzolla. La ciudad en las noches se viste de tango y tiene centenares de lugares, muchos de ellos de fama mundial, que rinden homenaje a este ritmo. Sus importantes compañías ballet se han dedicado a coreografiar tangos y la iconografía tanguística en museos especializados es de elevada calidad y cantidad.

Medellín, por su parte, ciudad donde murió Gardel, se convirtió después de aquel suceso en un santuario a la memoria del Zorzal Criollo. Destacados son el Museo Casa Gardeliana y los bares tangueros del Centro y de Guayaquil, estípites de una casta de geniales intelectuales, como Manuel Mejía V., que inmortalizó aquel ambiente en su novela laureada “Aire de tango”, o Darío Ruiz G., Ó. Hernández, Elkin Restrepo, Jorge Franco V., Jaime Jaramillo P. y otros literatos (incluso el ex presidente Betancur), para quienes el tango que ha respirado esta villa ha sido inspirador de su producción escrita. Esa misma pasión invadió a artistas plásticos, como Dora Ramírez, con su “Gardel en llamas”, obra pionera de nuestro Pop Art e imagen del telón de boca del T. Pablo Tobón U. Contamos, además, con la avenida y la plazoleta “Carlos Gardel”, con una imponente estatua del “Morocho del Abasto”.

A través de los años, contrario a lo que podría pensarse, en Medellín, no ha cesado el interés de gente de todas las clases sociales, por el tango, y este ritmo es tal vez el único en cuya devoción coinciden abuelos, hijos y nietos.

Medellín, a su vez, ha sido cuna de distinguidos autores y compositores de letras y de música para tangos de índole popular o de refinado vanguardismo. Sorprenden la masiva participación de nuestros paisanos en los campeonatos mundiales de Tango y las altas posiciones que casi siempre ocupan en los mismos (Colombia este año detenta el primer puesto en el más importante torneo de esta naturaleza).

Todos los escenarios y procesos vivenciales mencionados anteriormente, siempre agobiados por el dolor humano, que el tango describe y resana como ningún otro ritmo popular en el mundo, con su sicología intrínseca, tanto en sus palabras, como en sus melodías, y lo poético de su historia misma y de las de sus protagonistas, sumado a lo que ha representado en nuestra Historia, es lo que en Medellín deberíamos aprovechar en un gran proyecto del que debería apropiarse la próxima alcaldía.

Medellín y Buenos Aires, capitales mundiales del Tango, un plan que, centrado en la actualidad de estas ciudades, nos dejaría saber por qué la poesía del tango ha calado tanto y con tal misticismo en el alma de estas tierras escogidas, las más representativas de su fervor.

 

http://www.elmundo.com/sitio/noticia_detalle.php?idcuerpo=1&dscuerpo=Sección%20A&idseccion=3&dsseccion=Opinión&idnoticia=57164&imagen=&vl=1&r=buscador.php&idedicion=665 


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Published by Sergio Esteban Vélez - en Columnas de Opinión
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