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  • : El blog de Sergio Esteban Vélez
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El color según los maestros

Guerra, Padura y Manet

23 mayo 2010 7 23 /05 /mayo /2010 23:37

 

SERGIO ESTEBAN VÉLEZ

El Mundo, 23 de marzo de 2010

 

Que las marranadas son una forma sana y conveniente de integración comunitaria, dice Rocío Vélez de Piedrahíta, en su columna “Prohibir, prohibir, prohibir; obligar, obligar, obligar” (El Colombiano, 5 de marzo de 2010).

 

Doña Rocío se queja por el hecho de que el Gobierno Municipal haya prohibido la realización de marranadas y afirma que, con esta reglamentación, la Administración está acabando con una práctica que ha llenado de alegría a la gente de los barrios populares de nuestra ciudad.

 

Para la columnista, las marranadas no son un ritual de crueldad ni un acto de barbarie, sino una oportunidad maravillosa “para compartir, tertuliar, reír, disfrutar”.

 

La interdicción a la que se refiere es el Acuerdo Municipal 49 de 2003, por medio del cual el Concejo de Medellín  estipula que “queda prohibido en el Municipio de Medellín, el sacrificio de especies mayores (...) y menores, como porcinos, en la vía pública y predios privados no autorizados” y ordena la realización de “campañas masivas de educación ciudadana sobre el respeto a los derechos de los animales y sobre los métodos y formas adecuadas de sacrificio de estas especies, en las cuales se garanticen procedimientos con el mínimo de tratos crueles e innecesarios y el máximo de higiene y salubridad”.

 

La opinión de doña Rocío es que esta proscripción es “arbitraria y estrafalaria” y que a los habitantes de las comunas “les prohibieron pasar sabroso”.

 

Con Lina Botero, Antonio y Rocio

Antonio Cuartas Arango, Sergio Esteban Vélez, Lina Botero y Rocío Vélez de Piedrahíta

 

La semana pasada, estuve conversando al respecto con el concejal Álvaro Múnera, quien fue el ponente del mencionado acuerdo municipal.  El concejal me comentó que, muy a pesar de las añoranzas de doña Rocío (quien, según él, “vive en la época de las cavernas”), las marranadas han disminuido sustancialmente en nuestra ciudad y que son cosa del pasado los tiempos en que en nuestra área metropolitana se sacrificaban hasta 70.000 cerdos en cada Navidad.  En el pasado diciembre, por ejemplo, la Administración sólo recibió 22 denuncias de marranadas clandestinas.

 

Este líder cívico expuso varios casos que demuestran la violencia inmensa que se presenta en esta clase de eventos.  Comentó, por ejemplo, la historia de un cerdo al cual los vecinos de un barrio popular de Medellín vistieron de guerrillero, comenzaron a patearlo cuatro días antes del sacrificio, le introdujeron un taco de dinamita por el recto y lo encendieron, para después matarlo al enterrarle un destornillador.  La agonía, cargada de gemidos infinitos, fue muy larga, ya que fue difícil que la herramienta le alcanzara el corazón.    Sin duda alguna, esta será una escena indeleble para los niños que estaban presentes...  ¡Un cuadro que, según doña Rocío, es un inocuo modo de pasar sabroso y promover nuestras tradiciones!  ¿Cómo es posible que una persona que alguna vez fue nombrada con la misión de pacificar a nuestros actores violentos desestime en tal medida la nefasta influencia de la violencia en el seno familiar y social?

 

Habrá quienes la excusen alegando que no podemos exigirle mucho a una señora que, seguramente, carece de suficiente instrucción, pues, en los años veinte, durante la infancia de esa columnista, la educación a las mujeres era muy restringida y además no estaba de moda la formación respecto de la protección a los animales. 

 

Es cierto que en sus tiempos la educación a las mujeres era bastante reducida.  Sin embargo, doña Rocío tuvo el privilegio de crecer en una familia que daba a las mujeres el lugar que estas merecen; de modo que, además de las materias que tradicionalmente se enseñaban a las señoritas de la alta sociedad, como el piano y el francés, pudo sondear toda clase de temáticas intelectuales, hasta convertirse en escritora. 

 

Por lo demás, es cierto que a comienzos del siglo pasado no estaba de moda la ecología y que había mucha gente que no se daba cuenta de que los animales también sienten dolor y tienen derechos, pero esta autora se levantó en un hogar que respetaba profundamente a los animales.  No podemos olvidar que su abuelo materno, Camilo C. Restrepo (que también era el tío de mi abuela), siendo gobernador de Antioquia, fundó las Juntas Protectoras de Animales.

 

Y todo esto sin hablar de que, hasta las mujeres más pobres, recibían una formación religiosa que ubicaba a la caridad y a la compasión entre las mayores virtudes cristianas.

 

¿De dónde, entonces la falta de amor y misericordia de doña Rocío hacia los animales y su invitación a que se les someta a torturas? ¿Cómo podría justificarse? Porque no es la primera vez que nos encontramos con declaraciones suyas al respecto.  Recuerdo especialmente una columna periodística de hace dos años, en la cual ella describía la “apoteosis” de una tarde de toros y llegaba incluso a decir que se imaginaba a Dios disfrutando de esas “delicias”. ¿Serán argumentos de una persona en sus cabales sugerir que al Creador Supremo le produciría placer pasar horas en una plaza llena de borrachos contemplando cómo se tortura con sevicia a sus criaturas? 

 

Le dejo, pues, a algún psiquiatra la misión de interpretar científicamente el trasfondo de los criterios y de los valores de este valor local de nuestras letras.

 

(Link El Mundo)

 

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Published by Sergio Esteban Vélez - en Columnas de Opinión
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Comentarios

Santiago Acebedo 08/06/2017 17:31

Señor Sergio, saludos. Me llega noticia de que don Antonio Cuartas su gran confidente, murió ayer repentinamente, si esta noticia dramática es cierta, mi pésame, por Dios! que angustia que se nos haya ido Don Antonio, pero a lo mejor el quería una muerte así, la verdadera muerte del justo...