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  • : El blog de Sergio Esteban Vélez
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  • : En este sitio, la cultura es protagonista. Se puede apreciar lo mejor del arte y de la literatura colombiana, a través de entrevistas a sus mayores representantes y de más de un centenar de artículos sobre el trabajo de los mismos. También hay un espacio para la Historia, la Política y la Lingüística, además de una compilación de la obra poética que el autor ha desarrollado desde su niñez, cuando ya publicaba libros y era admirado en su país como "el Niño Poeta".
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El color según los maestros

Guerra, Padura y Manet

31 enero 2011 1 31 /01 /enero /2011 04:53

 

SERGIO ESTEBAN VÉLEZ

El Mundo, 20 de enero de 2011

 

Hace unos días, en estas mismas páginas, hablábamos acerca de la nieve y de lo que esta significa para los pueblos nórdicos.  Y, coincidencialmente, esta semana, leyendo la biografía “Barba-Jacob, poeta estremecido”, de monseñor Juan Botero Restrepo, encuentro que el máximo bardo antioqueño, en 1916, durante su estadía en Nueva York, escribiría que: “La nieve es blanca, como debe ser el alma de la Virgen María, pues no hay otra cosa con que compararla. Le parece a uno que es un día de Corpus”.

Esta extraña metáfora de Barba me hizo acordar de una tarde, en marzo de 1999, cuando el ex ministro Octavio Arizmendi Posada dictó una conferencia ante la asamblea de la Academia Antioqueña de Letras acerca de la confusa espiritualidad de Barba Jacob.  Según el doctor Arizmendi, este vate sentía profunda nostalgia de Dios y luchaba, sin resultados, por vencer los placeres carnales para entregarse al Señor, lo cual pudo lograr finalmente en el ocaso de su vida, cuando recuperó la fe, luego de reflexionar acerca de los vicios que lo habían obsedido y de la promiscuidad, que sólo le habían dejado miseria y enfermedad (Barba estaba infectado por la sífilis).

El ex gobernador Arizmendi, primer antioqueño en ser miembro del Opus Dei, decía que Barba, quien temía a la muerte y al Más Allá, nunca dejó de buscar a Dios y vivió por años en una batalla interna entre su famoso desenfreno carnal y mundano y el misticismo que muchos sentimos en el lamento de su obra.  Decía el doctor Octavio que, como parte de su reconciliación con la espiritualidad de sus mayores, Barba-Jacob se propuso relatar en un libro los preciosos instantes de su infancia cristiana.  Infortunadamente, la vida no le alcanzó para este trabajo, que, sin duda alguna, habría sido “maná” para nosotros, sus “devotos”.

Recuerdo que ante esas consideraciones del doctor Arizmendi, el doctor José Gutiérrez Gómez, quien también estaba presente, como miembro de la Academia, comentó que, en 1928, tuvo la oportunidad de conocer a Barba-Jacob, en un viaje en barco por el río Magdalena. Según “Don Guti”, Barba, quien viajaba con su secretario, desbordaba gracia e inteligencia, pero no descollaba por ceñirse a los cánones del lo “católicamente correcto”. 

Pero, paradójicamente, según el libro de Monseñor Botero (quien también estaba con nosotros esa tarde), Barba-Jacob trataba de exaltar entre sus admiradores las virtudes del Decálogo y hacía especial énfasis en la importancia de la castidad.  Acerca de este tema, Porfirio le escribiría a su ex discípulo Alfonso Mora Naranjo: “Sea casto, luche, sangre, fatíguese, gima, pero no se entregue jamás en los brazos de la concupiscencia. Nada hay peor, nada más feo, nada más indigno de un alma.  Sólo en la castidad están la inteligencia y la fuerza. Yo acabo de recorrer el pueblo de los yanquis y he descubierto que es un pueblo esencialmente trabajador y que todo su poderío tiene por base la castidad de los hombres y la pureza de las mujeres (...) Los alemanes son castos, por eso son uno de los pueblos más fuertes, más inteligentes y más religiosos del mundo.  El donjuanismo, condenado tan valientemente por Miguel de Unamuno; el tenorismo, la galantería, la literatura erótica, son síntomas de degeneración.  No cultive usted esas lacras morales. Ame, ame siempre con pureza y esa pureza se manifestará, aun sin usted advertirlo, en sus mejores cantos. No hay nada más grande que la pureza apasionada de un grande amor. Nada hay en los cantos de amor que supere en virtud celeste y humana a la Vita nuova del Sante”. Aunque parezca increíble, estas fueron ¡palabras epistolares de Barba-Jacob!

En su libro, Monseñor Botero describe cómo Barba-Jacob, en momentos de elevación espiritual escribiría poemas como esta “Oración”:

“Qué cantaré de noche, ni de día/ sino tus alabanzas,/ oh divino poder que me creaste,/ oh sagrada bondad que me sustentas.

Qué he de hacer con mis manos/ sino alzarlas a Ti continuamente,/ mientras la sangre cálida discurra/ por la red de mis venas.

Gracias a Ti, Señor, que me diste,/ gracias por tu milagro renovado,/ gracias por el reposo de tus valles/ y por el laberinto de tus montes.

Gracias, Señor por todo/ lo que fue ayer, lo que será mañana;/ por todo lo que es hoy agua y tierra,/ por toda ley, por todo alumbramiento”.

Y en otras múltiples ocasiones su lira se dirigiría hacia la comunión con Dios y la creación.  Su poema “Ciclo de amor”, por ejemplo, nos dice:

“El nombre del Dios puro/ de quien viene la dádiva de aquel temblor divino,/

está escrito con rosas y con yedra del muro/ y en las hojas de otoño que muellen el camino”.

En “Virtud interior”, canta:

Dulce cielo otoñal sobre los valles,/ el agua limpia, el césped, la inefable/

sencillez de las cosas,/ y yo, sin ligaduras,/ buscando el rumbo cierto/ a la sombra de Dios que me sustenta”.

Y él, que fue eterno buscador de “la esencia sagrada de las cosas”, en “Espíritu errante”,  se autorretrata:

“Espíritu errante, sin fuerzas, incierto/ que trémulo escuchas la noche callada:/ inquiere en los himnos que fluyen del huerto/ de todas las cosas la esencia sagrada”.

Convivió largamente con profundas interrogaciones teológicas. En “El pensamiento perdido”, se regocija:

“¡El suspiro de Dios, que armonizaba el viento,/ iba en mi pensamiento por el viento de abril”.

Hasta que, al hacer un balance de sus días, cumple con el  llamado que hace en Acuarimántima: “¡Bestia de los demonios poseída, oh carne, es hora ya del don eucarístico!”.  Entonces, arrepentido de los vicios que esclavizaron, decidió confesarse con el Pbro. Gabriel Méndez Plancarte.   Una semana después, expiraría.

En el país del Sagrado Corazón, este acto de contricción postrero fue suficiente para que, a pesar de la alocada vida de Porfirio, en 1983, en su centenario, el presidente Betancur  y el cardenal López Trujillo lo proclamaran ¡Ejemplo para las juventudes!

 

 

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Published by Sergio Esteban Vélez - en Columnas de Opinión
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