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  • : El blog de Sergio Esteban Vélez
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  • : En este sitio, la cultura es protagonista. Se puede apreciar lo mejor del arte y de la literatura colombiana, a través de entrevistas a sus mayores representantes y de más de un centenar de artículos sobre el trabajo de los mismos. También hay un espacio para la Historia, la Política y la Lingüística, además de una compilación de la obra poética que el autor ha desarrollado desde su niñez, cuando ya publicaba libros y era admirado en su país como "el Niño Poeta".
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Guerra, Padura y Manet

31 enero 2011 1 31 /01 /enero /2011 04:46

 

SERGIO ESTEBAN VÉLEZ

El Mundo, 13 de enero de 2011

 

 

Con la muerte de Agustín Jaramillo Londoño, los apasionados por la historia y las tradiciones de Antioquia estamos de luto.  Personalmente, esta noticia me entristece profundamente, pues este antioqueño inmortal ocupó siempre escaño de honor no sólo en el altar de mis personajes más admirados, sino también en la nómina de mis amigos más nobles. 

Lo conocí una tarde, hace catorce años, en uno de los supermercados Éxito.  Ese día, ambos estábamos promocionando y firmando nuestros libros, que se vendían en ese almacén.  Cuando supe que el distinguido caballero de barba blanca y facciones aristocráticas que se hallaba a mi lado era nada menos que Agustín Jaramillo, el autor del “Testamento del paisa”, lo saludé con toda la veneración del caso y le obsequié los poemarios que yo acababa de publicar.  Recuerdo que nunca me había imaginado que el gran compilador de los cuentos de arrieros y de los dichos de los campesinos de Antioquia fuera ¡todo un lord! En ese entonces, yo contaba apenas trece años de edad.  

Meses después, mi mente estaba obsesionada con la idea de que Antioquia tuviera su propia Academia de las Letras y de la Lengua, que velara debidamente por la protección y divulgación de nuestra literatura y por el perfeccionamiento del lenguaje de los antioqueños.  Invité, entonces, a Agustín a acompañarme en este sueño, y fue tal el entusiasmo que él percibió en mis palabras, que decidió apostarle al proyecto.  Durante más de cinco años, hizo parte de la junta directiva de la Academia.  Nunca faltó a las reuniones de la junta, ni a las de la asamblea, ni a las conferencias y programas de la institución. Recuerdo que con él, y con el doctor Octavio Arizmendi Posada, íbamos personalmente a casa de los nuevos miembros de la Academia a anunciarles el nombramiento y acudíamos también a los medios de comunicación para promover campañas por la depuración de nuestro “idiolecto”, el diseño de las cuales estaba a cargo de Agustín, con la creatividad propia de uno de los pioneros del arte de la publicidad en nuestra ciudad.

En ese período, tuve el privilegio y el placer de disfrutar con mucha frecuencia de la gracia, la chispa, el ingenio y la memoria prodigiosa que ostentaba siempre en su conversación.  Parecía una biblia, la “biblia paisa”.  ¡Qué lástima no haber tenido a mano una grabadora en esos momentos!   Sin embargo, ahora que lo pienso bien, me doy cuenta de que, afortunadamente, la mayor parte de ese acervo de historias que Agustín almacenaba en la cabeza no se ha perdido: él mismo las dejó a salvo, en los gruesos y deliciosos tomos que escribió.

La semana pasada, las páginas informativas de los periódicos y algunos colegas columnistas, como el maestro del periodismo Orlando Cadavid y la maravillosa Elbacé Restrepo, publicaron muy bien documentados artículos acerca de Agustín y su obra.  Como el espacio es limitado y ya mis colegas se han encargado de exaltar la producción escrita de este sabio “folclorólogo” (así le gustaba que lo llamaran),  me gustaría hacer alusión más bien a un detalle que muy pocos conocen: Agustín no se llamaba Agustín.  Su verdadero nombre era Lorenzo, Lorenzo Jaramillo Londoño, exactamente igual que su bisabuelo, el célebre acaudalado sonsoneño Lorenzo Jaramillo Jaramillo, quien, según me contaba Agustín mismo, podía ir de Sonsón a Manizales sin pisar suelo ajeno. 

Este don Lorenzo fue uno de los cinco hombres más ricos de la Colombia de fines del siglo XIX y fue estípite de una familia que ha sobresalido en numerosos campos.  Descendientes suyos, y de sus hermanos, son personajes como el ex presidente Andrés Pastrana Arango; los pintores David Manzur, Ana Mercedes Hoyos, Maripaz, Luciano y Lorenzo Jaramillo; los historiadores Jaime Jaramillo Uribe y Monseñor Juan Botero Restrepo,  los gobernadores de Antioquia Braulio Henao Mejía y Luis Alfredo Ramos Botero.

Nietos de don Lorenzo fueron los destacados hermanos Jaramillo Arango, entre ellos los tres famosos presbíteros de ese apellido, y Agustín, padre de nuestro protagonista, quien fue alcalde de Medellín a los 28 años de edad y congresista. 

Al morir don Agustín Jaramillo Arango, a los 33 años de edad, su hijo Lorenzo, de tres, dijo a su madre: “Ya no soy Lorenzo.  De ahora en adelante soy Agustín, como mi papá”.  Y de ahí el nombre con el que se convertiría en el mayor salvaguarda de las tradiciones de Antioquia La Grande.

73 años después, en 1999, estuve sentado al lado de Agustín, el día que se “reencontró” con su padre.  Fue en el Teatro Metropolitano, en la gala de reestreno de la película “Bajo el cielo antioqueño”, producida por don Gonzalo Mejía, en 1925. La cinta muda había sido restaurada por la Fundación Patrimonio Fílmico Colombiano y, para celebrarlo, esta había decidido presentarla en pantalla gigante, en el teatro principal de nuestra ciudad, con el maestro Francisco Zumaqué, compositor de la banda sonora, dirigiendo en vivo la Orquesta Filarmónica de Medellín.  Los protagonistas originales eran jóvenes de las familias más distinguidas de “la Bella Villa”. Uno de ellos, don Agustín Jaramillo Arango, hacía el papel de juez. 

Todavía recuerdo la expresión de emoción de Agustín hijo cuando vio a su padre moverse en la película.  Era como si, por fin, “conociera de nuevo” a su papá, más allá de los vagos recuerdos que todavía guardaba de cuando lo abrazó por última vez, en su primera infancia.

Años más tarde, en el 2004, fui partícipe de un hecho que me llenó de satisfacción. Hacía poco, Agustín había cumplido ochenta años, y, como casi siempre ocurre en nuestro medio, la efemérides pasó desapercibida.  Me pareció, entonces, necesario que los representantes de nuestra comunidad se unieran para rendir homenaje al mayor de los folclorólogos de Antioquia. En consecuencia, propuse a la junta de la Academia de las Letras hacer una solicitud a la Alcaldía de Medellín para que el Desfile de Silleteros de ese año fuera dedicado a Agustín.  Pusimos “manos a la obra” y la presidente de la junta, la poeta Olga Elena Mattei, desde las páginas de EL MUNDO, hizo pública la propuesta.  Como resultado, en el diciembre siguiente, el Desfile de Mitos y Leyendas fue realizado en su honor, y el Municipio lo exaltó con su más alta condecoración.  ¡Así, “la Patasola” y el “Hojarasquín del monte” rindieron justo tributo a quien los rescató!

Hoy, cuando Agustín nos ha dicho adiós, el máximo homenaje que podemos ofrecerle es la conservación del patrimonio inmaterial de nuestra raza paisa.

 

Reunión de la Academia Antioqueña de Letras

Agustín Jaramillo Londoño, Octavio Arizmendi Posada y Sergio Esteban Vélez. Club Unión, Medellín, 2000.

 

 

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Published by Sergio Esteban Vélez - en Columnas de Opinión
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