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  • : El blog de Sergio Esteban Vélez
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  • : En este sitio, la cultura es protagonista. Se puede apreciar lo mejor del arte y de la literatura colombiana, a través de entrevistas a sus mayores representantes y de más de un centenar de artículos sobre el trabajo de los mismos. También hay un espacio para la Historia, la Política y la Lingüística, además de una compilación de la obra poética que el autor ha desarrollado desde su niñez, cuando ya publicaba libros y era admirado en su país como "el Niño Poeta".
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El color según los maestros

Guerra, Padura y Manet

22 marzo 2012 4 22 /03 /marzo /2012 12:24

Por: Gilberto Flores Patiño

 

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Cuando se llega a lo que parece ser la mitad del camino, se siente un impulso hacia el balance. Blanca Victoria Solórzano nos expone en este su primer libro, con honestidad y valentía, un recorrido por sus estados de ánimo. Todo esto empieza con una tremenda pregunta que ella se hace en su poema ‘Medio siglo’: ‘...¿y qué hice yo de mi vida?’. Y la respuesta aparece poco a poco en lo que escribe, como quien va llenando en un crucigrama los espacios en blanco.

El crucigrama humano, desde luego, no es tan reducido ni tan simple como el que llenamos en la hoja de un diario; el nuestro es mucho más complejo y más vasto. Se sabe de crucigramas que no terminan con los días de quien los vivió. Hay incógnitas que resisten el paso del tiempo.

En el poema ‘Crucigrama’, Solórzano siente que la respuesta a la pregunta que se hace es el resultado de una batalla de gigantes en el latir de su conciencia. Al reconstruir ese crucigrama, que es ella misma, se nota el intento de ir al fondo de todo, a través de la exploración del presente y del pasado.Desde el presente vamos construyendo el futuro y tratamos de apoyarnos en la experiencia acumulada. La aplicación de la experiencia no es copia exacta de lo que se ha hecho. Lo vivido parece cubierto por una hiedra espesa, casi sólida, y tratamos de rescatar nuestras vivencias, salvarlas de la hiedra. La memoria y la imaginación se enfrentan en ese intento. El resultado, por lo tanto, no será un retrato exacto de lo anterior, sino más bien una recreación; algo que en ocasiones tiene más de invención, pero que, sin embargo, posee elementos de lo que fuimos. Y montados en esta recreación o en esta invención, continuamos nuestro camino; un camino tan abierto a todo, que podría conducirnos inclusive a la luna, como le ocurre a Blanca Victoria Solórzano. Experiencia que ella nos cuenta en su poema ‘¿Sueño o realidad?’. Y desde allá, desde la luna, como le pasa a ella, veríamos el lado oculto de la tierra.

¿Sólo en el sueño seremos capaces de ver un aspecto oculto, muy nuestro y que, por lo mismo, nos define? ¿Cómo definirnos antes del final? ¿Una definición será siempre posible? A lo más que puede llegarse, creo yo, es a decir que hay muchas personas que han sido impulsadas por un deseo constante de libertad; quizá la mayoría, pero no todas.

Soñar cuesta caro, asegura Solórzano en su poema. ¿Por qué? ¿Será que desde el sueño –y sólo desde el sueño-, podremos ver nuestra parte oculta? Al volver de un viaje por los territorios oníricos, ya nada es igual. Ese es el precio. Una vez que terminan las representaciones del sueño, advertía Góngora, las sombras ocupan de nuevo su lugar y desplazan las bellas

apariencias. A pesar de que uno se resiste a perder el paraíso, éste desaparece para siempre y, en cambio, navegamos por la vida de todos los días, sabiendo que somos algo más, algo que no se ve y que no obstante existe.

Solórzano oscila entre el sueño y la realidad y nos cuenta cómo la conjunción del deseo y la juventud engendraron en ella, con ‘la impetuosa furia de una piedra lanzada al río’, algo de gran valía, sí, pero muy doloroso.

En ‘Medio siglo’, nos habla de su matrimonio, de su familia, de sus hijas; de un tiempo transcurrido ‘entre vértigos y letargos’. Siente la desaparición de su primavera como un perfume caro que se evapora. Instalada allí, en su medio siglo, recuerda a su madre, y, a pesar de que en otro poema dice ‘Hoy ya no tengo veinte años’, se dirige a ella con voz casi infantil. Mamita Ninfa, la llama por su nombre. Mamita / te recuerdo con tu pelo negro / trenzado a la usanza / de tu herencia de mujer purépecha...

La mujer de ahora, madre a su vez y que antes fue niña, expresa en el poema el abrazo interminable del amor materno. Se manifiesta así la presencia constante de nuestros muertos, que no se van antes de que nosotros mismos nos hayamos ido.

Apatía es un poema en el que Solórzano sugiere la pregunta que sólo puede hacerse quien ha sentido mucho: ¿Sentir o no sentir? Pero... ¿se podrá no sentir? ¿No será que es la poeta misma quien busca un descanso en la intensa lucha de sus sentimientos? En la envoltura humana se da la apatía, pero no en el alma.

La poeta se pregunta acerca del dolor y de la indiferencia. Se ha dicho que el precio del amor es el dolor, porque toda persona que ama corre el riesgo de encontrarse con el dolor a la vuelta de cualquier esquina. ¿Se desea la indiferencia o se pide una tregua? Plantar una bandera blanca en la cima del Everest, como dice Solórzano en otro poema. ¿No será todo esto como un grito de auxilio, pues la poeta se sabe incapaz de la indiferencia ante todo (o casi) lo que ocurre? De lo contrario, ¿por qué va al crisol a continuar la obra, jamás terminada, quien se busca o se forja en verso?

En algunos poemas de Blanca Victoria Solórzano hay mucho de oración, de letanía. ‘Señor Dios’ es como hacer cuentas de cara al cielo, con un pie en la fe y el otro en esa esperanza que reside en la voluntad de encontrar la fuerza de la transformación para no ser víctima de las tinieblas.

‘Si me caigo, / ¡Me levanto! / Si me  ́muero ́, ¡ ́Resucito ́!’, grita Solórzano.

La letanía me parece emparentada con el cincel, cada repetición de lo evocado le va dando forma a la poeta; o la muestra en un momento que tal vez ya se ha diluido. Uno de esos poemas es ‘Sin ti, yo soy...’ ‘Arbol sin hojas’, ‘perdón si indulgencia’, ‘espejo sin reflejo’, ‘cielo sin estrellas’, ‘imán desimantado’, ‘vitral sin color’, ‘tierra fértil sin sembrar’, ¡¡un sacerdote... sin Dios!! Esta última aseveración es importante, de lo contrario no la habría escrito con el doble signo de admiración.

Y así se va descubriendo la poeta, poco a poco, igual que si se viera en la superficie de ese espejo sin reflejo que es ella, pues así se define, pero en el que, de algún modo, reside alguien ausente. La ausencia, por lo demás, es constante en ciertos poemas suyos. Y esta ausencia intriga, no por la simple curiosidad de saber quién se encuentra detrás del velo, no; sino por la relación del sacerdote, sacerdotisa en este caso, con la divinidad. ¿No habrá una liga casi idólatra en ese triángulo que forman la sacerdotisa, la divinidad y la ausencia? De ser así, se podrían formular una o dos preguntas: ¿Quién es creación de quién? ¿El ídolo-ausencia es creación de la sacerdotisa? O viceversa: ¿La sacerdotisa es creación del ídolo-ausencia? La presencia ausente tendría el poder que le ha dado la letanía, a fuerza de ser repetida. Un gran poder. El espejo poseería así un reflejo y a partir de éste, la persona que se ve allí le iría dando forma a su persona.

Si esas incógnitas son válidas, la respuesta, si ésta es posible, se encontraría enredada, como una hiedra densa, entre los poemas de este libro y otros que a lo largo de su vida seguramente escribirá Blanca Victoria

Solórzano; y también, desde luego, en los que no se materializarán y que no serán sino sueño, en el sueño que quizá se prolongue más allá de la vida.

El balance del ‘medio siglo’ se va transformando en un ‘Retrato’, hecho de ‘piel, huesos y sangre’, dice la poeta. Cincuenta años. Es el recuento de un instante. ¿Qué es, si no, nuestro paso por el tiempo? La vida breve y fugaz, de la que nos iremos borrando, como una pintura, según Nezahualcóyotl, el rey poeta del México ancestral.

La tensión ‘entre el deber y el placer’, llevando a cuestas, como resultado, todo el peso de las consecuencias, se transforma en la pregunta que da título a otro poema. El deber y el placer, son semejantes a dos columnas; y más allá de ellas,    el misterio. Y ante éste Solórzano cede, no le opone resistencia sino que lo interroga:    ¿Qué verán nuestros ojos más allá de la vida? ¿Habrá suelo allá? ¿Habrá luna? ¿Noches oscuras nada más? ¿Habrá llanto? ¿Otoño? ¿A dónde irán las hojas muertas?...

¿Qué será de nosotros? ¿Nos reuniremos allá con nuestros muertos? Ecos lejanos de la resurrección y la vida perdurable, según decía aquella oración ahora olvidada entre las cosas de la infancia.

El poema es el momento de gran intimidad, en el que el poeta, la poeta aquí, se encuentra consigo misma. De ahí que un poema no deba tomarse

jamás a la ligera. Es la generosa invitación que, quien lo escribe, le hace a un lector o a un oyente: Ven conmigo, voy a contarte lo que me ocurrió. Espero ser capaz de expresar, de la mejor manera posible, lo que para mí era claro y a la vez confuso. En aquella especie de efímero camino de Damasco, en el que una luz intensa me permitía ver todo y a un tiempo me cegaba, oscilé yo entonces; entre la luz y las sombras de ese día y esa noche de un instante, que no eran como el día y la noche que todos conocemos.

 

Montreal, mayo de 2011.

 

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Published by Sergio Esteban Vélez
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Comentarios

Blanca Victoria Solórzano 03/22/2012 17:58

SERGIO ESTEBAN, para mí es un verdadero honor, aparecer en tu página web. De hecho el haber conversado y compartido contigo fue un enorme placer. Estoy absorta leyendo tus poemas, cuanto más leo,
mas te admiro. DIOS nos pone en el camino a las personas adecuadas... Yo agradezco a ÉL, por haberte conocido, TÚ irradias luz, como un Ángel terrenal... ¡DIOS TE BENDIGA, NIÑO PRODIGIO!
Blanca Victoria Solórzano