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  • : El blog de Sergio Esteban Vélez
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  • : En este sitio, la cultura es protagonista. Se puede apreciar lo mejor del arte y de la literatura colombiana, a través de entrevistas a sus mayores representantes y de más de un centenar de artículos sobre el trabajo de los mismos. También hay un espacio para la Historia, la Política y la Lingüística, además de una compilación de la obra poética que el autor ha desarrollado desde su niñez, cuando ya publicaba libros y era admirado en su país como "el Niño Poeta".
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El color según los maestros

Guerra, Padura y Manet

9 enero 2011 7 09 /01 /enero /2011 20:14

SERGIO ESTEBAN VÉLEZ

El Mundo, 6 de enero de 2011

 

Esta mañana, abro mi ventana, y, al igual que desde hace más de un mes, el horizonte que contemplo está ahogado en blanco.  Montreal está bañada de nieve y el panorama es perfecto para la meditación.  Ahora los árboles no están cubiertos de hojas, sino de nívea escarcha. Los tejados, también cobijados por este omnipresente regalo del cielo.

Dentro de pocas semanas, es muy posible que la nieve, que se acumula en las fachadas de las casas y en los andenes, alcance alturas superiores a la de un adulto promedio.  “Bancs de neige” (bancos de nieve) llaman acá a esos gélidos “cerros”. 

Un triste sustituto para los cantos de las aves, que migraron casi todas, es el ruido de los “déneigeurs”, los vehículos recolectores de la nieve, gracias a los cuales las vías pueden seguir siendo útiles y las gentes pueden desplazarse hasta sus destinos habituales. Salvo en algunos días de tormentas de nieve, cuando las escuelas y otros numerosos establecimientos cierran, por seguridad.  Las ciudades pueden continuar funcionando “normalmente”.  Aunque las comillas que le pongo a esta palabra no serían necesarias para los nativos de estas latitudes, para quienes pasar la mitad del año a temperaturas bajo cero es absolutamente normal.  Esa es para ellos, la lógica de la vida. Y es muy posible que el rigor del clima haya sido un factor determinante para sus antepasados, a la hora de crear naciones ricas, productivas y bien controladas:  era necesario que fueran sumamente disciplinados, organizados, que optimizaran los recursos y que trabajaran solidariamente durante los días de verano, para lograr la sobrevivencia durante los penosos inviernos.  En nuestra América Latina, por el contrario, la naturaleza exuberante nos brinda todo sin que tengamos que hacer demasiado esfuerzo... ¡Y de factores como este se van moldeando las ídiosincrasias colectivas!

La nieve, esa materia prístina tan cantada por los poetas (y a la cual se ha debido el surgimiento de decenas de palabras en las lenguas “occidentales” del Norte, y  de centenares en las lenguas indígenas del Ártico) produce cambios drásticos en la vida de los habitantes del país que me acoge. No sólo porque uno se ve obligado a usar zapatos especiales ultraincómodos y antideslizantes, sino porque, a causa del frío, hay que portar chaquetas y abrigos grosísimos, que te hacen parecer un muñeco de Navidad, y guantes, gorros, bufandas, orejeras, interiores de lana y demás prendas protectoras.  Y el ritmo diario también cambia: se incrementan las actividades en recintos internos, la gente sólo sale al aire libre cuando es indispensable... con excepción de aquellos cuasi-inmunes a los vientos gélidos, que esperan el año entero a que la nieve llegue para poder practicar jubilosamente los deportes de invierno (recuerdo que, el año pasado, cuando se vivió el invierno más “caliente” en toda la historia del Canadá, los aficionados al esquí se quejaban de que no había suficiente nieve). 

El ambiente de las casas también varía: las ventanas siempre cerradas.  A causa de la nieve, los canadienses, particularmente prácticos, han adoptado la costumbre de quitarse los zapatos al entrar a las casas. Pero, dato curioso, es que muchos de ellos conservan este hábito a lo largo del año.

El temperamento de las personas también desciende: se les nota un permanente dejo nostálgico. La energía del público es muy distinta a la que impera en días estivales, cuando la gente prácticamente “enloquece” de alegría.   Y la fuerte calefacción, que es muy costosa y reseca bastante la piel, los pone de mal humor.  Lo mismo sucede con el hecho de tener que levantarse más temprano para retirar con pala la nieve depositada que bloquea la puerta de la casa y para “desnevar” los automoviles, ya que, no sé por qué, en el Quebec son muy escasos los garajes cubiertos. 

La gente espera, resignada, a que el mundo vuelva a nacer en la primavera.  Este es el único motivo para no hundirse de depresión: saber que, cuando ya estás en el extremo del desespero, luego de seis meses de frío extremo (de noviembre a abril), la Divina Providencia envía los primeros rayos primaverales... y comienza el deshielo. 

Sin embargo, no todos tienen fuerza psíquica suficiente para sobrellevar la rudeza del invierno. Paradójicamente, este, uno de los países con mejor calidad de vida, es, a la vez, uno de los que que presentan una tasa más alta de suicidios. Y dicen las estadísticas que el mes en el que estos se presentan en mayor número es noviembre, talvez por ser el período de menos intensidad lumínica en el año.  En diciembre, aunque la noche caiga más temprano (a eso de las cuatro de la tarde, en Montreal), la luminosidad es mayor que en noviembre, ya que el reflejo de la nieve perdura y su efecto obra aún en la noche, gracias a los reflectores de la ciudad... con la potencial ayuda anímica de un factor adicional, las luces navideñas, invento de los nórdicos para compensar la penumbra de estos días del año.

Personalmente, gozo del privilegio invaluable de vivir justo “al lado” de una puerta que conduce al metro de la ciudad y a la “ville intérieure”, la más grande ciudad intramuros con intercomunicaciones subterráneas, conectada por el  metro, a través del cual uno puede ir a centros comerciales, museos, teatros, entidades educativas, centros gubernamentales y hasta a templos religiosos, sin necesidad de salir al aire libre.   Gracias a esto, puedo, por ejemplo, ¡ir todos los días a la universidad sin tener que soportar interminables minutos a –20°!

El invierno hace de las suyas y gobierna las vidas de los pueblos del Norte.  Y aunque a su paso traiga depresión y dificultades, ha sido, al mismo tiempo, la flama que ha avivado la musa de muchas almas nórdicas “saudádicas”.  ¡Qué tal, por ejemplo, la obra inmensa de los compositores rusos, empezando por Tchaikovsky!  ¡Por esto solo, habrían valido la pena todas las nieves de la Historia! 

 

Sherbrooke

Stratford

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Published by Sergio Esteban Vélez - en Columnas de Opinión
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