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  • : El blog de Sergio Esteban Vélez
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  • : En este sitio, la cultura es protagonista. Se puede apreciar lo mejor del arte y de la literatura colombiana, a través de entrevistas a sus mayores representantes y de más de un centenar de artículos sobre el trabajo de los mismos. También hay un espacio para la Historia, la Política y la Lingüística, además de una compilación de la obra poética que el autor ha desarrollado desde su niñez, cuando ya publicaba libros y era admirado en su país como "el Niño Poeta".
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El color según los maestros

Guerra, Padura y Manet

28 mayo 2013 2 28 /05 /mayo /2013 18:06

SERGIO ESTEBAN VÉLEZ

 

 


Se nos van muriendo personajes que fueron paradigmas y guías de la cultura hispana en Medellín. Y nos vamos quedando cada vez más huérfanos de las grandes mentes académicas que vivieron entre nosotros durante casi todo el siglo XX. Personajes como Alberto Aguirre, que nos orientaron con sus opiniones y críticas definitorias desde los púlpitos intelectuales de nuestra prensa, cuando en nuestros medios de comunicación brillaban la vocación y la conciencia del soporte a la cultura en la comunidad.

 

Alberto Aguirre, antioqueño culto como pocos, intelectual de alta categoría y criterios perfectamente definidos, nos dejó la semana pasada. 

 

De educado y refinado juicio, de conceptos inequívocos, de voz implacable cuando consideraba que sería débil tolerar el mal gusto o la mediocridad. Antipolítico, anticlerical, anti cualquier manifestación de la “cultura barata” y de las producciones artísticas o literarias de baja calidad, Alberto Aguirre formó parte de esa generación de humanistas que lo dio todo porque nuestra Antioquia hiciera esfuerzos visibles por fomentar la alta cultura. 

 

Y lo hizo no sólo como crítico, librero y editor, sino también como activo promotor de entidades culturales. El siguiente relato es una de tantas pruebas de ello: A finales de los 50, cuando flotaba en el ambiente la idea de las casas de la cultura del ministro francés André Malraux, Alberto Aguirre, junto a un grupo de eminentes y entusiastas amigos (Manuel Mejía Vallejo, Carlos Castro Saavedra, José Horacio Betancur, Luis Martel y Óscar Hernández), fundó en Medellín la “Casa de la Cultura”, que funcionó en un local, en Perú con Bolívar. Como no tenían ningún respaldo económico externo, el alquiler del local debía ser pagado por los socios, de sus propios sueldos de periodistas y empleados.
Aquellos jóvenes cultores se dedicaron al ambicioso cometido de crear bibliotecas populares en todos los barrios de la ciudad y, para tal efecto, establecieron comités en las diversas comunas y organizaron reinados, eventos culturales y pequeños festivales (con venta de empanadas incluida), para recoger fondos para el incipiente proyecto. Simultáneamente, hicieron una gran campaña para incentivar la donación de libros (con premios especiales, por ejemplo, para la cuadra que más donara) y acudieron a personas claves en los barrios, para que prestaran salones de sus casas, para el funcionamiento de las bibliotecas.

 

 Al final, habían logrado fundar casi 30 bibliotecas, con las uñas, no sólo sin el apoyo del gobierno, sino pese a la persecución del mismo, que los consideraba “intelectuales de izquierda”. Como podría esperarse, dada la falta de respaldo oficial, pasados unos años, tuvieron que dejar de lado tan nobles ideales y dedicarse a sostener a sus familias.

 

Con tesón de calendario y constancia de cronómetro, Alberto Aguirre entregó sus autorizadas consideraciones y sus abundantes aportes al desarrollo de la cultura, a través de tantos años, que terminó por convertirse en un personaje que hacía parte del paisaje de nuestra Medellín.

 

Extrañaremos sus sabias instrucciones, sus copiosos conocimientos, su escala calificativa, su honestidad a toda prueba, como, desde cuando los giros de la vida lo llevaron a claudicar de la parquedad del negocio, extrañamos el recurso bibliográfico que nos ofreció, durante decenios, en sus librerías.

 

En palabras de su amiga, la escritora Olga Elena Mattei: “Nos seguirá haciendo falta su presencia al fondo de los mostradores, a la hora de las tertulias de trastienda de los colegas escritores, y el generoso espacio que nos daba en sus columnas y en sus vitrinas. Allí disfrutábamos de los amables encuentros con él y con la acogedora e inteligente Aurita.  Nos pesará por siempre que no dimos a tiempo las gracias que quedamos debiendo”.

 

El Mundo, 12 de septiembre de 2012

 

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Published by Sergio Esteban Vélez - en Columnas de Opinión
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