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  • : El blog de Sergio Esteban Vélez
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  • : En este sitio, la cultura es protagonista. Se puede apreciar lo mejor del arte y de la literatura colombiana, a través de entrevistas a sus mayores representantes y de más de un centenar de artículos sobre el trabajo de los mismos. También hay un espacio para la Historia, la Política y la Lingüística, además de una compilación de la obra poética que el autor ha desarrollado desde su niñez, cuando ya publicaba libros y era admirado en su país como "el Niño Poeta".
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Guerra, Padura y Manet

22 junio 2010 2 22 /06 /junio /2010 12:36

 

 SERGIO ESTEBAN VÉLEZ

El Mundo, 19 de mayo de 2008

 

Blindness, la versión cinematográfica del Best-seller “Ensayo sobre la ceguera” del Nobel José Saramago fue escogida para dar apertura al Festival de Cannes 2008.

“Ensayo sobre la ceguera”, fue la película seleccionada para abrir la edición 61 del Festival de Cannes, que comenzó ayer y se cerrará el próximo 25 de mayo. 

Aunque, por lo general, en Cannes, las películas que abren el evento no contienden por los trofeos del Festival (pues la simple escogencia para inaugurarlo ya se considera un premio mayor), en esta ocasión, se hará una excepción con este filme.

El largometraje, basado en la novela homónima del Nobel portugués José Saramago (pero que internacionalmente se conocerá con el nombre de “Blindness”), es el nuevo producto del director brasileño Fernando Meirelles, aplaudido por la crítica por películas como “Ciudad de Dios” y “El jardinero fiel” (por estas dos últimas, nominado al Óscar).

La cinta reúne a un elenco internacional conformado por actores de renombre como Julianne Moore, Alice Braga, Gael García Bernal y Danny Glover, entre otros.

Los colombianos tendremos que esperar un poco para conocer la película, pues su estreno oficial será en Argentina, el 30 de octubre.  Así que, por el momento, lo que se espera es que haya un nuevo “boom” de la lectura de la novela original de Saramago. Oportuno es, entonces, evocar esta trama, una de las más sobrecogedoras del único Nobel de lengua portuguesa. 

En este grueso tomo, Saramago describe lenta y profundamente la desazón perenne de la más grande ceguera colectiva que alguien jamás hubiese imaginado.

Esta novela hace recordar la obra teatral “Los Ciegos” de otro Nobel de Literatura, el belga Maurice Maeterlinck.  La obra, pionera del teatro estático, nos muestra la desesperación de un grupo de ciegos inmóviles, que se internan en un sinnúmero de monólogos y diálogos absurdos, llenos de pánico, abandonados en medio de un bosque, con hambre y con la asechanza de las fieras. Finalmente, se dan cuenta de que su único protector, el anciano sacerdote, está muerto.  Uno, confortándose, piensa que, afortunadamente, es muy difícil que suceda algo tan aterrador.

El doctor Llinás dice que los colores no existen.  En el libro, Saramago lo confirma.  Los ojos de sus personajes son absortos por un blanco lechoso, como el de la Antártida. 

Todo comenzó un agitado día normal, en una convulsionada ciudad, a la que Saramago no da nombre, pero nos atrevemos a insinuar que podría ser Lisboa, por ser este el epicentro de casi toda la obra del autor y porque, al final del libro, se habla de las empinadas calles de aquella metrópolis desierta, y son bien conocidas las encaramadas vías de algunos barrios de Lisboa, como el bohemio, al cual se sube en tranvía (sin embargo, la película fue filmada en Canadá, Uruguay y Brasil). 

En esta ciudad imaginaria, de pronto, un hombre sale de su vehículo gritando: “No veo, estoy ciego”.  Aquél nunca había sufrido de los ojos.  Un transeúnte le ayuda a llegar a su casa.  Después, se daría cuenta de que aquel “caritativo” le ha robado el coche, y el ciego exclama: “Daría un año de mi vida por que este malhechor quedara ciego”.   El ciego va a visitar a un oftalmólogo: su ceguera no tenía razón ni raíz.  La ceguera además tenía la particularidad de que no era de tinieblas sino de luz incandescente. Todo lo veía blanco, como en medio de una niebla espesa.   El ciego, cuando caminaba, sentía que se hundía el suelo bajo sus pies.  La blancura insondable lo cubría todo.  Estaba en una especie de extraña dimensión sin direcciones ni referencias, sin norte ni sur...  Soñaba que estuviera soñando.  Esa luz, que se había convertido en un todo, en una omnipresencia, lo había hecho olvidar de la existencia de la noche.  Sin embargo, ante los ojos de cualquiera, sus ojos parecían normales y nadie creería que estaba ciego.  ¿Sería que su alma estaba empañada? Los ojos, dicen, son el espejo del alma. 

Un ciego inesperado que todo lo ve blanco: suena interesante para indagar, pero ¿qué tal pensar en que toda la ciudad, en pocos días, se vea sumergida en esa láctea ceguera?

Efectivamente, al día siguiente empezó a expandirse esta epidemia, como una más de las 7 plagas de Egipto: el oftalmólogo, el ladrón “caritativo”, la mujer fácil, el que estaba con ella, un viejo con cataratas, un niño estrábico, la esposa del primer ciego, la empleada del hotel, los policías...  todos quedaron ciegos, en un abrir y cerrar de ojos.  ¡Una ciudad entera! El oftalmólogo comprendió entonces la angustia de sus pacientes que tanto le habían dicho: “Doctor, me estoy quedando ciego”. 

Pero, ¿de dónde salía esta peste? ¿Sería esta una ceguera que se pegara por mirar a los ojos, como en el mal de ojo?  “Tampoco la muerte se pega y todos nos morimos”, dice Saramago.  Al tomar la epidemia carácter de catástrofe nacional, el Gobierno interna a los afectados en un abandonado edificio, hasta el que son trasladados los ciegos y los que se sabía quedarían ciegos, como bichos raros, como los leprosos del Medioevo.

Como en toda novela, el amor hizo su aparición triunfante, en este caso representado en el espíritu de sacrificio de la esposa del oftalmólogo, quien, sin estar ciega, fingió estarlo para poder ser internada con su esposo y velar por él.  Gran tortura sería para ella, pues viviría la peor pesadilla, en un lugar que cada vez se llenaba más de gente ciega que aguantaba desilusionada, no sed de Dios, sino hambre de comida...

La cuarentena en el hospital se convirtió en el centro de experimentación más desagradable que podamos imaginar: los hedores insoportables eran ya casi imperceptibles, pues el olfato, a las malas, se vuelve inmune a la inmundicia; la enfermedad crecía; la muerte asediaba. Por la noche, los ciegos restregaban sus sexos y besaban sus cuerpos asquerosos. El agua, putrefacta.  No eran capaces de asearse.  La mujer del oftalmólogo era la única que podía ver, pero habría preferido estar ciega, para no contemplar la realidad infrahumana.  Ella se convirtió en la adalid de la esperanza, sin permitir, claro está, que los demás supieran que no estaba ciega, o por lo menos, que sus ojos veían, pues sabemos que el alma no es ciega.  

Invidentes que, en cirugías, han salido en cuerpo astral, al regresar al físico han relatado que pueden ver perfectamente y describen todo lo que vieron, con lo cual dejan estupefactos a los testigos.  Asimismo, cuando sueñan, también ven: ese es su escape cotidiano a la ceguera.  Por eso, Aldous Huxley se volvió adicto al LSD: necesitaba que su cerebro alucinara para poder ver las imágenes que no podían percibir sus ojos casi invidentes.  Pero también hablaríamos de que el oído se agudiza al máximo y se convierte en la guía principal.  Pensemos en la diva Alicia Alonso, ciega, bailando “Don Quijote”, o en Andrea Bocelli lanzándose en paracaídas, o en Joaquín Rodrigo, completamente ciego, componiendo el “Concierto de Aranjuez”. 

Y como siempre algunos han querido aprovecharse de la desgracia de los otros...  En la historia, unos pocos ciegos de corazón de piedra, por medio de las armas se adueñaron de la comida del plantel y robaron todo el peculio de sus compañeros, para después, alimentarlos sólo a cambio de que las mujeres ciegas se acostaran con ellos. Todas tuvieron que someterse a indescriptibles violaciones...   pero ¿ya qué importaba el honor, si lo que los obsedía era la ceguera?  En este caso, no habría sido necesario que Edipo se sacara los ojos al darse cuenta de su incestuoso estatus. 

Llegamos a maquinar un replanteamiento de los sentidos.  Lo importante es la voluntad; lo decisivo es la esencia.  Si no, ¿cómo podemos explicar el caso de un Beethoven sordo?  Recordemos a Miguel Ángel casi ciego por las pinturas que le cayeron en los ojos, durante la ejecución de su obra magna en la Capella Sixtina; a Monet, casi ciego por las cataratas, pintando las enormes “Ninphées”, de Giverny; o en Degas, quien por la ceguera dejó de pintar y se dedicó esculpir los más hermosos cuerpos de adolescentes y bailarinas.  Y ni hablar de Obregón, quien, ante la inminencia de la ceguera, en vez de hundirse en penumbra, estalló en colorido (pero un colorido de desasosiego, como el de Munch). 

Volviendo al tema, cuando ya nada esperaban aquellos, sólo que Dios los guardara, un incendio repentino hace que abandonen el inmueble.  Ya no hay guardias que los atajen: todos han quedado ciegos.   Salen desesperados y se encuentran con una ciudad ciega.  El transporte se acabó...  Las farmacias, tiendas, templos, almacenes...  habían quedado desprotegidos. Ya no salía agua de los grifos. Las calles, llenas de muertos.  Los perros deambulaban sin dueño.  Nada era de nadie, era de quien lo tomase.  Las casas, inmersas en la inmundicia que había traído la ceguera colectiva, estaban con las puertas abiertas para quien quisiera entrar. Las familias de ciegos andaban, unidas de las manos, recorriendo la ciudad en busca de cualquier sólido putrefacto que les sirviera de alimento...  “No se orientaban, caminaban rozando las casas, con los brazos tendidos hacia adelante, como las hormigas que van en cadena”. 

Si Ricardo III había dicho: “mi reino por un caballo”, ¿qué no darían estos pobres por un poco de paz?  El perfume de un pan duro se había convertido, hablando elevadamente, en la esencia misma de la vida.   La esposa del oftalmólogo decía:  “No podéis saber lo que es tener ojos en un mundo de ciegos, no soy reina, no, soy simplemente  la que ha nacido para ver el horror.  Vosotros lo sentís, yo lo siento y, además, lo veo”.  

Mientras ella hablaba, seguramente unos ojos ciegos se clavaban en los ojos ciegos de otro.  Dos ciegos ven más que uno solo, dice Saramago.  

En la novela, un escritor ciego dice: “El bolígrafo es un buen instrumento de trabajo para escritores ciegos, no sirve para darle a leer lo que haya escrito, pero sí para saber dónde escribió. Basta con ir siguiendo con el dedo la depresión de la última línea escrita”. 

Ahora me pregunto por qué nuestros escritores que han perdido la vista nunca han escrito obras sobre su propia realidad: Carrasquilla continuó con su extraordinario estilo folclórico; Germán Arciniegas, con sus estudios históricos, y Meira del Mar, con sus poemas de amor.

La ceguera había llegado hasta al sumo punto de que, simbólicamente, Dios había enceguecido.  La Biblia dice que el hombre es a imagen y semejanza de Dios.  Tal vez por eso nuestros protagonistas encontraron en la iglesia: “a aquel hombre clavado en la Cruz con una venda blanca cubriéndole los ojos, y, a una mujer con el corazón traspasado por siete espadas y con los ojos también tapados por una venda blanca (...) todas las imágenes de la iglesia tenían los ojos vendados, las esculturas con un paño blanco atado alrededor de la cabeza, y los cuadros con una gruesa pincelada de pintura blanca, sólo había una mujer que no tenía los ojos tapados, porque los llevaba arrancados en una bandeja de plata”. 

Se evoca así a Santa Lucía.  Pero la historia cuenta que, tras los sufrimientos de esta santa y de su sacrificio al sacarse los ojos por amor al Altísimo, Dios se lo reconocería haciendo que, años después, le salieran nuevos ojos: hermosísimos.   Asimismo, en esta novela, después de tantas penalidades, el primero que perdió la vista sorpresivamente la recobró y gritó: “¡Veo, veo!”...  Y todos fueron recuperando la visión, pero en sus profundidades síquicas quedaron indelebles las huellas de esta amarga experiencia. Y su alma ascendió, y su aura creció, y se dieron cuenta de que no hay peor ciego que el que no quiere ver.  Recordamos entonces las palabras que pronunció Mefisto, cuando Fausto le preguntó quién era: “Soy una parte de aquella fuerza que siempre busca hacer el mal, pero termina haciendo el bien”.

 

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Published by Sergio Esteban Vélez - en Artículos de Cultura
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