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  • : El blog de Sergio Esteban Vélez
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  • : En este sitio, la cultura es protagonista. Se puede apreciar lo mejor del arte y de la literatura colombiana, a través de entrevistas a sus mayores representantes y de más de un centenar de artículos sobre el trabajo de los mismos. También hay un espacio para la Historia, la Política y la Lingüística, además de una compilación de la obra poética que el autor ha desarrollado desde su niñez, cuando ya publicaba libros y era admirado en su país como "el Niño Poeta".
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El color según los maestros

Guerra, Padura y Manet

27 mayo 2009 3 27 /05 /mayo /2009 03:59

Aprovechando la riqueza de sus tradiciones y de su arquitectura, Quito, primer Patrimonio Cultural de la Humanidad, se consolida, cada vez con mayores recursos, como la capital religiosa de América Latina.



Sergio Esteban Vélez en la Plaza Mayor de Quito

SERGIO ESTEBAN VÉLEZ

Quito, Ecuador

 

El Mundo, 30 de marzo de 2008

 

Para quienes consideran que la Semana Santa debe vivirse en un ambiente de espiritualidad, pero, a la vez, gustan de hacer turismo de alta categoría, en esos días, la solución perfecta es Quito, bien llamada “el claustro de América”.

Es conveniente recordar que, en la Gran Colombia, soñada y forjada por Bolívar (y disuelta, ante la angustiosa agonía de “el Libertador”), Bogotá era considerada “la universidad”; Caracas, “el cuartel”, y Quito, “el convento”. Y sigue siendo el gran oratorio del Continente, especialmente en su centro histórico, que cuenta con 45 iglesias, algunas de ellas entre las más sobresalientes creaciones arquitectónicas del Barroco Latinoamericano.

Además de la Catedral, sobresalen la iglesia de La Compañía y la de El Sagrario, ¡totalmente enchapadas en oro! Mientras tanto, los paisas, ¡nos tenemos que contentar con el sagrario de plata de La Candelaria, pues ya no están las tallas auríferas del Salón Dorado del Club Unión, hoy destruido y convertido en sucursal bancaria!

El pueblo ecuatoriano, que, en esta ciudad reúne todo lo mejor de la riqueza de América Latina, ha sabido conservar su acervo colonial y, cuando uno visita su centro histórico, el mejor cuidado de América Latina, se lamenta de que, en Medellín, hayamos demolido toda huella arquitectónica de nuestra remota historia, especialmente los edificios más bellos, como el Palacio Arzobispal, el Teatro Junín y el Teatro Bolívar (cosa particular, estos dos teatros fueron derruidos, en tiempos y por razones distintas, por Rodrigo Uribe Echavarría y Darío Londoño Villa, cuñados entre sí).

La multitud de erecciones religiosas, en Quito, se debe a que, desde su fundación, en 1534, se implantó en ella el mayor catolicismo, bajo la orientación de las órdenes clericales, que no sólo fundaron las mejores escuelas de Arte, sino que hicieron lo pertinente para crear un ambiente propicio para que muchas de las gentes de esta ciudad pasaran, sin exagerar, la mayor parte de su vida, orando en los templos quiteños. 

Y la fiebre de construcción de iglesias no ha cesado con los siglos, en Quito.  La mayor prueba de ello es el acucioso alzamiento de la Basílica del Voto Nacional, máximo ejemplo del Neogótico Quiteño, que comenzó a finales del siglo XIX y todavía no ha concluido.  En ella, son deslumbrantes las grandes gárgolas y los vitrales, inspirados en la fauna y flora del país. 

Indispensable también es dar una mirada al monasterio de San Agustín, conocido, por su decoración, como el Convento de Oro, y a las iglesias de San Francisco (con su plaza, el conjunto religioso más grande de Suramérica), La Merced y Santo Domingo, que exhibe una de las colecciones más finas de Arte Religioso.

 

Procesiones medievales

 

Prohibidas numerosas veces, por gobiernos anticlericales, las fiestas públicas de Semana Santa nunca se han alejado de la mente colectiva de los quiteños. 

Es aconsejable llegar un par de horas antes del inicio, para tomar buen puesto, pues las multitudes son arrasadoras.

Pocos son los lugares del mundo donde se ejecutan todavía algunas de las procesiones típicas de Quito, como el “Arrastre de Caudas”, el Miércoles Santo, que emula los homenajes que el Imperio Romano brindaba a los generales caídos.

En las demás procesiones, que rememoran los sucesivos momentos de la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo, sobresale la procesión de “Jesús del Gran Poder”, en la cual, cada año, alrededor de 800 cucuruchos y 150 verónicas desfilan frente a aproximadamente 75.000 personas.  En esta procesión, se pueden encontrar decenas de fieles que caminan descalzos, mientras otros cargan inmensas y pesadas cruces, para expiar sus penas.  A pesar de la indicación eclesiástica, a lo largo de los 12 kilómetros de duras cuestas, ¡son todavía muchos los que marchan mientras se flagelan con cadenas, ortigas, cactus y alambres de púas!

Sin embargo, a pesar de la belleza de los ornamentos, vestidos y tallas, para evitarse las molestias del tumulto, ¡Hay muchos, en Quito, que prefieren hacerle el seguimiento a la Semana Santa, a través del televisor!

 

El Festival de Música Sacra

 

Otro de los atractivos vivificantes de la ciudad quiteña, en los días de la Semana Mayor, es su famoso Festival de Música Sacra.

Este año, en su séptima versión, ha dejado en la retina del público una notable muestra de las creaciones musicales que pueden nacer, cuando el espíritu es guiado por el anhelo místico.

Constó de 40 conciertos, de una veintena de grupos y artistas invitados de Ecuador, España, República Dominicana, Argentina, Estados Unidos, Cuba, Francia, Alemania, Chile, Suiza y Canadá, que dejaron su impronta en los principales auditorios e iglesias de la ciudad, especialmente en el bellísimo Teatro Sucre, el principal de Quito.

 

Un templo inefable

 

Los expertos en Arquitectura Quiteña coinciden en que el mayor tesoro de la ciudad es la iglesia de la Compañía de Jesús, cumbre del Barroco Latinoamericano.

Construida por los jesuitas, entre 1605 y 1765, fue inspirada en los templos romanos de Il Gesú y San Ignacio.  También se le conoce como la “Capilla Sixtina de Quito”.

Fue levantada por innumerables artistas de la llamada Escuela Quiteña, quienes perpetuaron su habilidad, al tallar y dorar con fina lámina de oro de 23 kilates, cada centímetro de la iglesia.

Su fachada descuella también. Construida en piedra gris, de origen volcánico, todos sus espacios están finamente labrados, con la máxima minucia.

Bajo el precioso altar mayor (presidido por el gran retablo, obra del escultor Legarda, máximo artista de la ciudad, en aquel tiempo), se veneran los restos de Santa Mariana de Jesús Paredes y Flores, quien escogió este templo para sus incansables oraciones, especialmente a la Virgen de Loreto, de la cual era muy devota. Santa Marianita es aclamada como “la Azucena de Quito”, nombre con el que se le conoce, porque, además de su castidad a toda prueba, existe la leyenda de que, cuando se flagelaba, de la tierra en que caía su sangre, brotaban azucenas de inigualable belleza.

Sin duda, no es posible encontrar brillo paralelo, en alguna otra edificación de la Catolicidad. En este templo, es más notoria que en cualquier otro, la exquisita fusión de razas y tradiciones de América Latina. Los imponderables diseños matemáticos de los retablos de las cofradías y de los techos son un claro reflejo de la adoración incaica al oro, que representaba al dios Sol, y de la exactitud de este pueblo, en materia astronómica. Asimismo, es innegable la influencia del Churrigueresco español, que, ante la mínima variación, da visos del Plateresco.

Durante los últimos 23 años, ha vivido un importante proceso de restauración integral.

El que no la visite, ¡no puede decir que vio lo mejor de Quito!

 

 

Una calle que no se puede soslayar

 

La calle de las Siete Cruces, denominada así, porque a lo largo de ella existen siete templos, es una línea recta que une la loma de San Juan con el cerro llamado el “Panecillo” (por su forma), presidido por la imponente Virgen de Legarda, de más de 40 metros de altura.  En estas alturas, estaban ubicados los templos incas del Sol y de la Luna, respectivamente.

Esta callecita prehispánica guarda una historia milenaria, en donde se conjuga la tradición indígena con la majestuosidad de las iglesias católicas, como la Catedral, una deslumbrante mezcla de estilos artísticos, con arcos góticos, techo y altar barrocos, coros neoclásicos y fachada muy latinoamericana.

En este recorrido, encontrará también la capilla de Nuestra Señora de los Ángeles, las increíbles iglesias de El Sagrario y de La Compañía y el claustro e iglesia del Carmen Alto, donde vivió Santa Marianita (en la del Carmen Bajo, que posee las más bellas custodias de la ciudad, la marquesa de Carcelén sepultó secretamente el cadáver de su esposo el Gran Mariscal Sucre, cuyos restos estuvieron allí, hasta el siglo XX, cuando se trasladaron a la Catedral).

 

 

 

 

 

 

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Published by Sergio Esteban Vélez - en Artículos de Cultura
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